domingo, 16 de agosto de 2026

Alcanzar la sanación, primera parte

 

Ayer sábado dormí muchas horas durante el día, también comí una barbaridad. Ha sido así durante mucho tiempo, supongo que la razón de eso es que me estoy recuperando de un agotamiento físico, mi metabolismo se aceleró en gran medida y perdí mucho peso.

Mañana 17 de agosto se cumplirán cinco años de que se consumó una enorme injusticia, fui despedido en esa empresa farmacéutica, Maver (segunda ave, después de AVEX, muchos años antes). Desde entonces he vivido un trastorno por estrés postraumático muy severo porque lo que sucedió —haber sido agredido sistemáticamente durante mucho tiempo, ser violentado por negarme a aceptar que mi agresor permaneciera impune— es muy representativo de lo que ha sido mi historia de vida. Mi padre, un narcisista maligno, me torturó psicológicamente desde mi más temprana infancia, etc.

Abandoné la atención psiquiátrica hace años, antes de ser despedido. Ese es otro asunto importante, médicos psiquiatras me hicieron mucho daño, intentaron arruinarme o incluso provocar que por desesperación atentara contra mi vida; los fármacos no me ayudaron y en cambio provocaron que subiera mucho de peso, que no sintiera nada (como un autómata) y también que careciera de la voluntad para hacer nada.

Para acabarla de completar, en una institución pública de salud mental se me violentó de una manera terrible, una psicóloga cometió faltas gravísimas e incluso incurrió en conductas delictivas y las autoridades de esa institución le obsequiaron toda la impunidad del mundo.

Durante los últimos años me he percatado de que he vivido despertando envidia en muchas personas (la mayoría del género masculino, varones), pese a nunca haber sido un buen estudiante y por haber sido un deportista, aunque en realidad jamás destaqué. Muy recientemente he pensado en la posibilidad de que muchos de esos antagonistas (a los que yo llamo “ratones emasculados”), como muchísimos “hombres”, llevan consigo (como mínimo) una homosexualidad latente y en parte, esa furia que manifestaban contra mí tenía su origen en esas tendencias no naturales; una atracción erótica por ese compañero, “amigo” o conocido al que detestaban u odiaban; esto es, hacia mi persona.

Uno de los individuos que más daño me hicieron (ese antagonista de nombre David) me odió y manifestó eso en muchas ocasiones una furia contra mí de intensidad homicida (siempre de una manera muy cobarde e histérico), porque me identificó como alguien que sí hizo lo que él pudo haber hecho y decidió no hacer: esforzarse para superar sus deficiencias, convertir sus debilidades en fortalezas. Esto lo aprendí mirando videos en YouTube sobre la obra y el legado de Carl Gustav Jung, uno de los padres del psicoanálisis; un genio, por supuesto.

No he sido rechazado, detestado u odiado por mis defectos —que, por supuesto sí tengo, soy un ser humano—, sino por mis características positivas, cualidades.

Hace muchos años me atendió una psicóloga de nombre Leticia, de forma presencial, durante un poco más de dos años en una institución pública donde incluso no se me cobraba por el servicio. Ella fue muy competente y me ayudó mucho. Algo que me dijo quedó en mi mente: “tu pensamiento te controla”. Leticia identificó mi grave patología (neurosis, un trastorno límite de la personalidad), pero desafortunadamente para mí, no me dijo cuál era el origen de eso, tortura psicológica.

El más problemático de los síntomas es la obsesión, brotan en mi mente miles de recuerdos de violencia perpetrada por muchas personas, no porque yo quiera que suceda eso, sino porque no lo puedo evitar. Como dije antes, no pienso volver a tomar jamás ningún tipo de fármaco psiquiátrico, trátese de antidepresivos, ansiolíticos, estabilizadores del estado de ánimo, antipsicóticos, etc. Me propuse investigar y determinar cuál es el origen de esa violencia que ha dominado mi vida. He leído a Erich Fromm, podría decir que incluso he estudiado su obra (si bien, no tengo todos sus libros). Además, lo admiro porque fue un gran humanista, hijo único de judíos ortodoxos, se convirtió en lo que él llamó un ateo místico”.

Mi padre murió hace 18 años y ocho meses. Los acontecimientos durante mis años 30s, (la puñalada por la espalda que me pegó David, con lo que siguió, mi familia la completó) dieron lugar a que mi vida cayera a un precipicio, viví muchos años en la desesperación y no me quité la vida nada más porque no me atreví; usando palabras más claras, no me quité la vida por cobarde. La cobardía no es algo que predomina en mí, pero finalmente soy un ser humano.

Volviendo al asunto de mi padre, he vivido odiándolo y especialmente durante estos últimos cinco años, he vivido como si lo tuviera junto a mí. Después de buscar información sobre la parte destructiva del ser humano, empecé a asimilar ese conocimiento y así ha disminuido ese síntoma tan problemático, recordar muchísimas vivencias de agresión, violencia, perpetrada por mi padre y por muchas otras personas, cuyo origen es la debilidad mental, la impotencia vital, la cobardía manifestada como incapacidad para aceptar la verdad. Creo que el objetivo del psicoanálisis es que el terapeuta y el paciente busquen juntos la verdad y cuando lo logran, cuando encuentran la verdad, se llega a la sanación.

Por ello afirmo que la incapacidad para aceptar la verdad es el origen de la enfermedad mental, el individuo empieza a llevar una activa vida de fantasía y eso le sucede a la mayoría de las personas. Vivimos en un mundo que en el que no se tolera la verdad y algún personaje célebre dijo una vez: “¿eres dado a hablar con la verdad?, prepárate para quedarte solo”.

Mi padre y esos antagonistas que me hicieron mucho daño (David y el psiquiatra de nombre Flavio), con otras decenas de alfeñiques (tanto en lo físico como en lo mental/cognitivo), optaron por vivir como cobardes y así se permitieron desarrollar patologías (principalmente narcisistas) y manifestar conductas vergonzosas, negándose a percibir que la persona a la que agredieron no los despojó de nada; fueron ellos quienes se convirtieron en sus mayores enemigos.

Autosuficientes, gente que no necesita que nadie le haga daño. Hace tiempo me topé con una idea genial (tal vez en la red social X, antes Twitter), que decía algo así como: Yo no voy a permitir a nadie que arruine mi vida, si yo me la puedo arruinar; si no puedo, le pediré a alguien que me eche la mano.

Yo viví señalado, estigmatizado y en el oprobio durante muchísimos años, sin merecer eso, sino lo contrario. Me esforcé en lo difícil y en lo muy difícil, desde mi infancia, durante mi adolescencia y durante mi juventud. No merecería el desprecio de nadie, sino lo contrario; merecería respeto y reconocimiento.

Continuaré en la siguiente entrada

No hay comentarios:

Publicar un comentario