A Flavio lo vi por
última vez en septiembre de 2006, no en su consultorio particular, sino en la
institución de salud pública donde trabajaba. Él conocía mi historia de vida,
la violencia que perpetró mi padre contra mí —un narcisista maligno, psicópata—
las dificultades extremas que me vi obligado a enfrentar sin ayuda de nadie,
por haber nacido sin visión en un ojo (el izquierdo), neuro-divergente, con un
TDAH que nunca se diagnosticó, desatención por parte de mi madre, etc.
Tuvo que haber
identificado mi muy grave neurosis, trastorno límite de la personalidad (TLP) y
haber hablado con mis padres, proporcionándoles incluso material del DSM III o
DSM IV (lo que correspondiera) para que comprendieran la gravedad de mi
trastorno y el peligro que implicaba. El índice de suicidios es muy alto, como
lo es el abuso de sustancias (adicciones a drogas legales como el alcohol y el
tabaco, y a drogas no legales), etc. Flavio sabía que yo había empezado a
enfrentar la muy severa adversidad que dominaba mi vida desde la infancia,
durante mi adolescencia, y que en mi temprana juventud me había convertido en
un autodidacta para aprender matemáticas, física, materias de ingeniería; y una
lengua extranjera, el inglés.
En ese momento,
septiembre de 2005, en que yo contaba con 42 años de edad y mi hermana menor
había muerto el último día de abril, dejando huérfanos a un hijo que llegaba a
la pubertad y a dos niñas en la temprana infancia, me dijo Flavio que mi
situación —una pesadilla que con mucha frecuencia se convertía en un infierno,
al morir mi hermana me percaté de que había perdido la voluntad de vivir, por
segunda vez— me dijo que mi situación era lo que cabría esperar. Yo había
expresado la idea de que había intentado regresar a la maquiladora electrónica
ingresando como operador (eufemismo de obrero) básico, para una vez adentro informarles
de mi escolaridad (ingeniería inconclusa) pero con una muy buena formación
académica y mi dominio de una lengua extranjera; capaz de hablar, leer,
escribir en inglés y traducir al español.
Todo lo hice bien,
lo cual no sirvió para nada. Cometí el error de aceptar traducir procedimientos
de trabajo de una empresa cliente, que se me pagaría como tiempo extra de
operador (básico) en Solectron (hoy Flex), entre marzo y abril de 2004 (en que
cumplí 40 años de edad) y no tuve la suerte de toparme con alguien que me
ayudara a colocarme en un puesto mejor que el que ocupaba —operador básico, una
pesadilla. Flavio me interrumpió y exclamó:
—¿Suerte? Se dice
que el hombre es el arquitecto de su propio destino.
La perversidad de
este señor resultó pasmosa. Parece tener sentido suponer que habría sido muy
satisfactorio para él que yo acabara quitándome la vida, o como mínimo,
arruinado por adicción al alcohol o drogas no legales.
Meses antes yo le
había pedido que me atendiera en una situación de emergencia, en su consultorio
en un lugar donde vive una hermana de él, en una calle de nombre Isabel la
Católica. Le hablé del sufrimiento psíquico que me aquejaba y le dije: quisiera matarme. El peligro no era algo
menor, había hecho grandes esfuerzos —titánicos— y todo resultó inútil, una
constante a lo largo de la mayor parte de mi vida. Este médico psiquiatra
infame me pidió el número de teléfono de mi padre, que vivía en un estado
vecino, a unos 300 km de distancia, para comunicarle mi situación.
Y con esos
antecedentes y todo lo que sabía de mí, habiéndome atendido durante once años
(si bien de forma discontinua), me asestó un golpe, una puñalada, en un momento
terrible de mi vida. Mi trastorno tenía su origen en la tortura psicológica
perpetrada por mi padre –un narcisista maligno, psicópata– desde mi más
temprana infancia; con las dificultades que implicaba lo antes mencionado,
haber nacido sin vista en un ojo, neuro-divergente, padeciendo un TDAH, etc.
¿Por qué me trajo
a la mente ese padecimiento de David, el prurito anal? Porque cuando Flavio
cometió esa vileza, hallándonos él y yo en su oficina en ese hospital público,
él parecía evitar sentarse sobre su ano; imagino que padecía hemorroides.
¿Tiene algo que
ver con la teoría de Sigmund Freud? Yo no podría responder a esa interrogante.
Quisiera pensar
que ha llegado el momento de dejar en el pasado a esos dos individuos
terribles, ambos casos de debilidad extrema, no solamente en lo físico
(anatomía), sino también en lo mental y por añadidura, lisiados de espíritu.
No se trata de
olvidar, pues sin memoria no somos nada; por eso resulta aterrador el
Alzheimer, o la demencia senil. La intención es asimilar todo eso como parte de
mi historia de vida y el hecho de que fui capaz de enfrentar una adversidad a
la que muchos hombres no habrían sobrevivido.
Por el sufrimiento
que ha dominado mi existencia, me volví muy vengativo. Quisiera cambiar eso, sé
bien que eso no es ético y mi intención (y una tendencia natural en mí) es
hacer lo correcto. Además, dice Erich Fromm (mi gran maestro) que ese rasgo, la
búsqueda de la venganza, es parte de la personalidad improductiva.
Me viene a la
mente una idea importantísima en relación con los comportamientos terribles de
estos dos antagonistas: la violencia no es fuerza, sino lo contrario, la
violencia es debilidad.
Fin de la historia

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