martes, 7 de abril de 2026

Dos antagonistas terribles, algo anal los dominaba. Segunda parte

 


A Flavio lo vi por última vez en septiembre de 2006, no en su consultorio particular, sino en la institución de salud pública donde trabajaba. Él conocía mi historia de vida, la violencia que perpetró mi padre contra mí —un narcisista maligno, psicópata— las dificultades extremas que me vi obligado a enfrentar sin ayuda de nadie, por haber nacido sin visión en un ojo (el izquierdo), neuro-divergente, con un TDAH que nunca se diagnosticó, desatención por parte de mi madre, etc.

Tuvo que haber identificado mi muy grave neurosis, trastorno límite de la personalidad (TLP) y haber hablado con mis padres, proporcionándoles incluso material del DSM III o DSM IV (lo que correspondiera) para que comprendieran la gravedad de mi trastorno y el peligro que implicaba. El índice de suicidios es muy alto, como lo es el abuso de sustancias (adicciones a drogas legales como el alcohol y el tabaco, y a drogas no legales), etc. Flavio sabía que yo había empezado a enfrentar la muy severa adversidad que dominaba mi vida desde la infancia, durante mi adolescencia, y que en mi temprana juventud me había convertido en un autodidacta para aprender matemáticas, física, materias de ingeniería; y una lengua extranjera, el inglés.

En ese momento, septiembre de 2005, en que yo contaba con 42 años de edad y mi hermana menor había muerto el último día de abril, dejando huérfanos a un hijo que llegaba a la pubertad y a dos niñas en la temprana infancia, me dijo Flavio que mi situación —una pesadilla que con mucha frecuencia se convertía en un infierno, al morir mi hermana me percaté de que había perdido la voluntad de vivir, por segunda vez— me dijo que mi situación era lo que cabría esperar. Yo había expresado la idea de que había intentado regresar a la maquiladora electrónica ingresando como operador (eufemismo de obrero) básico, para una vez adentro informarles de mi escolaridad (ingeniería inconclusa) pero con una muy buena formación académica y mi dominio de una lengua extranjera; capaz de hablar, leer, escribir en inglés y traducir al español.

Todo lo hice bien, lo cual no sirvió para nada. Cometí el error de aceptar traducir procedimientos de trabajo de una empresa cliente, que se me pagaría como tiempo extra de operador (básico) en Solectron (hoy Flex), entre marzo y abril de 2004 (en que cumplí 40 años de edad) y no tuve la suerte de toparme con alguien que me ayudara a colocarme en un puesto mejor que el que ocupaba —operador básico, una pesadilla. Flavio me interrumpió y exclamó:

—¿Suerte? Se dice que el hombre es el arquitecto de su propio destino.

La perversidad de este señor resultó pasmosa. Parece tener sentido suponer que habría sido muy satisfactorio para él que yo acabara quitándome la vida, o como mínimo, arruinado por adicción al alcohol o drogas no legales.

Meses antes yo le había pedido que me atendiera en una situación de emergencia, en su consultorio en un lugar donde vive una hermana de él, en una calle de nombre Isabel la Católica. Le hablé del sufrimiento psíquico que me aquejaba y le dije: quisiera matarme. El peligro no era algo menor, había hecho grandes esfuerzos —titánicos— y todo resultó inútil, una constante a lo largo de la mayor parte de mi vida. Este médico psiquiatra infame me pidió el número de teléfono de mi padre, que vivía en un estado vecino, a unos 300 km de distancia, para comunicarle mi situación.

Y con esos antecedentes y todo lo que sabía de mí, habiéndome atendido durante once años (si bien de forma discontinua), me asestó un golpe, una puñalada, en un momento terrible de mi vida. Mi trastorno tenía su origen en la tortura psicológica perpetrada por mi padre –un narcisista maligno, psicópata– desde mi más temprana infancia; con las dificultades que implicaba lo antes mencionado, haber nacido sin vista en un ojo, neuro-divergente, padeciendo un TDAH, etc.

¿Por qué me trajo a la mente ese padecimiento de David, el prurito anal? Porque cuando Flavio cometió esa vileza, hallándonos él y yo en su oficina en ese hospital público, él parecía evitar sentarse sobre su ano; imagino que padecía hemorroides.

¿Tiene algo que ver con la teoría de Sigmund Freud? Yo no podría responder a esa interrogante.

Quisiera pensar que ha llegado el momento de dejar en el pasado a esos dos individuos terribles, ambos casos de debilidad extrema, no solamente en lo físico (anatomía), sino también en lo mental y por añadidura, lisiados de espíritu.

No se trata de olvidar, pues sin memoria no somos nada; por eso resulta aterrador el Alzheimer, o la demencia senil. La intención es asimilar todo eso como parte de mi historia de vida y el hecho de que fui capaz de enfrentar una adversidad a la que muchos hombres no habrían sobrevivido.

Por el sufrimiento que ha dominado mi existencia, me volví muy vengativo. Quisiera cambiar eso, sé bien que eso no es ético y mi intención (y una tendencia natural en mí) es hacer lo correcto. Además, dice Erich Fromm (mi gran maestro) que ese rasgo, la búsqueda de la venganza, es parte de la personalidad improductiva.

Me viene a la mente una idea importantísima en relación con los comportamientos terribles de estos dos antagonistas: la violencia no es fuerza, sino lo contrario, la violencia es debilidad.

Fin de la historia


Dos antagonistas terribles, algo anal los dominaba. Primera parte

 


Durante la segunda mitad del año 1997, un compañero de la universidad, de nombre David, obtuvo un puesto de gerencia en una empresa de la maquiladora electrónica, que iba llegando al país, a un territorio al que algunos le dieron el nombre Silicon Valley del lugar; algo por demás inadecuado, absurdo, rayando en lo patético.

Eso porque en el lugar donde se encuentra el verdadero Valle del Silicio, se desarrollaban tecnologías muy avanzadas de la electrónica digital. El silicio es un metal semiconductor, con el que se hacen las obleas diminutas que con tecnologías de punta son convertidas en la parte medular de todo tipo de circuitos integrados, algunos de complejidad gigantesca, como los microprocesadores y similares.

La maquiladora existe porque quienes la concibieron buscaron elevar el lucro a su máxima expresión, pagar a los trabajadores salarios míseros y por el mayor número de horas posible, sin pagar impuestos, reparto de utilidades, con los trabajadores sometidos a condiciones laborales terribles, expuestos a todo tipo de abusos.

Ese antagonista, David, me dio en aquella época, durante la segunda mitad de ese año 1997, material del tema “control de calidad” para que lo estudiara; él me contrataría como auditor. Entre ese material habían unos videocasetes, formato VHS (hoy obsoletos, ya en desuso). Yo concebí la idea de copiar ese material en video, para lo cual necesitaría una segunda video casetera y videocasetes en blanco. David me prestó su videocasetera para que me la llevara a casa y un videocasete en el que un médico había grabado un análisis clínico al se había sometido ese antagonista terrible al que yo consideraba mi amigo (error descomunal), para determinar el origen de un padecimiento: prurito anal.

Yo copié ese material sobre control de calidad, que finalmente no me fue útil porque mi “amigo” me contrató para ocupar un puesto diferente, que tenía que ver con seguridad e higiene en la empresa; pero eso es otro asunto.

He leído sobre psicoanálisis, un tema que me ha fascinado, pero la verdad es que no he prestado mucha atención a la teoría de Freud sobre esas etapas del desarrollo, oral, anal, fálica, genital. Solamente recuerdo lo más elemental del asunto, en parte porque he leído casi exclusivamente a Erich Fromm, un gran humanista, genio, al que yo tengo en alta estima.

David debió haber sido bautizado con el nombre de Goliat, salvo que su debilidad física era extrema, un defecto verdaderamente terrible.

Al violentarme de una manera terrible, durante la última semana del mes de enero de 1998, manifestó una patología narcisista verdaderamente muy grave. Por ser una de las personas que más daño me hizo en mi muy difícil historia de vida (plagada de violencia), se ha convertido en uno de esos individuos cuyos recuerdos brotan en mi mente de manera cotidiana porque lo que me hizo me pudo haber costado la vida.

De pronto recordé lo arriba mencionado, un padecimiento anal, eso trajo a mi mente a otro de mis peores antagonistas, un médico psiquiatra que en esa época me atendía en su consultorio particular, Flavio.

He mencionado antes, en otros espacios (blogs), que ese médico psiquiatra es un delincuente, un individuo dominado por el resentimiento, odio contra la vida, porque creció en un entorno racista y su aspecto no es el de un mestizo, sino el de un indígena; un indígena de características muy precarias, no por ese origen étnico, racial, ya que ese tipo de individuos existen en todas las culturas del mundo, sean de origen europeo, asiático (raza mongólica), polinesio, nativo de América, Oceanía, África, lo que sea; así como en contraste, existen individuos de características excepcionales en todos esos entornos, culturas.

Para que quede clara esa idea arriba expresada, hace falta hacer énfasis en que su precariedad no tiene nada que ver con su origen racial indígena. Tiene en común con David esa precariedad física extrema, algo de lo que no se puede culpar a nadie; la vida —la naturaleza— es así.

David carecía de masa muscular, tan escasa en su anatomía que no resultaba visible, mientras que la proporción de tejido adiposo era muy alta. A quienes presentan este rasgo se les ha dado el nombre de “personas gordi-flacas”. Una vez lo vi vistiendo pantalones cortos y camiseta sin mangas (él había dormido una siesta durante la tarde, contaba con 21 años de edad), cuando abrió la puerta de su vivienda. Yo me quedé estupefacto, no supe quién era ese anciano septuagenario que parecía padecer una muy grave desnutrición (aparentaba 3.5 veces su edad cronológica). Al escuchar su voz lo reconocí y la impresión que me causó quedó en mi memoria.

Once años más tarde, en septiembre de 1997 (unos dos meses antes de contratarme), David me citó en su casa un día entre semana, por la tarde, después de las 17 horas. Él contaba con 32 años de edad, había llegado de su trabajo, donde debía vestir camisa y corbata, se había despojado de esas prendas y vestía una camiseta sin mangas, ropa interior. Sus brazos eran delgados y flácidos en extremo, debajo de las axilas se acumulaba la adiposidad, conocida coloquialmente como “lonjas”.


Etapa anal, de la teoría del desarrollo psicosexual de Sigmund Freud

 


Tomado de Wikipedia en inglés, traducido al español, por supuesto

 

Etapa anal

Tomado de Wikipedia, la enciclopedia libre

Psicoanálisis

La etapa anal es la segunda fase en la teoría de Sigmund Freud de desarrollo psicosexual, la cual toma lugar aproximadamente entre los 18 meses y los tres años de edad. En esta etapa, la zona erógena anal se convierte en el foco primario de la energía libidinal del infante. El contexto social principal para la experiencia es el proceso de control de esfínteres, en el cual el placer sexual es asociado con el control de movimientos intestinales. La etapa anal es la segunda de las cinco etapas de desarrollo psicosexual: oral, anal, fálica, latente y genital.

De acuerdo con la teoría de Freud, la personalidad se desarrolla a lo largo de una serie de etapas, con un enfoque en las áreas erógenas, durante la niñez. Una personalidad sana en la edad adulta depende de que esas etapas de la infancia hayan sido resueltas de manera con éxito. Si asuntos de una etapa en particular no han sido resueltos, puede darse una fijación, con potencial de conducir a tendencias neuróticas o perturbaciones psicológicas. Una fijación en esta etapa puede dar como resultado una personalidad demasiado rígida o trastornada.

Información general

La etapa anal, en la psicología freudiana, es el periodo del desarrollo humano que se da entre en el rango de edad edad entre uno y tres años. En este periodo, el infante inicia el control de esfínteres, que trae consigo una fascinación del niño con la zona erógena del ano. La zona erógena se enfoca en el intestino y el control de la vejiga. Así, Freud pensaba que la libido se enfocaba principalmente en controlar la vejiga y los movimientos del intestino. La etapa anal coincide con el inicio de la capacidad del niño para controlar su esfínter anal, y por tanto su capacidad para retener o dejar ir las heces a voluntad. Si durante esta etapa el niño consigue superar el conflicto, obtendrá una sensación de logro e independencia.

Conflicto

Esta es la segunda de las etapas psicosexuales de Freud, misma que representa un conflicto con el ello, el yo, y el superyó. El infante enfrenta este conflicto aparejado con las exigencias de sus padres. Una finalización exitosa de esta etapa depende de cómo interactúen los padres con el infante durante la enseñanza del uso del retrete. Si un progenitor elogia al niño y lo premia por su uso apropiado y en los momentos adecuados, el infante habrá superado la etapa con éxito. Sin embargo, si un progenitor ridiculiza o castiga al niño cuando se encuentra en esta etapa, el infante podría responder de forma negativa.

El papel del padre

Como se mencionó antes, la capacidad del niño para tener éxito en esta etapa depende de sus padres en su totalidad y del modo como aborden al enseñarle el uso del retrete. Freud creía que los padres deben promover el uso del retrete con elogios y recompensas. El uso de refuerzo positivo después de usar en los momentos adecuados favorece los resultados positivos. Esto ayudará a reforzar el sentimiento de que el niño es capaz de controlar su vejiga. Los padres pueden conseguir que el resultado de esta etapa se convierta en una experiencia positiva, la que a su vez, conducirá a que se convierta en un adulto competente, productivo y creativo. Esta etapa también es importante en las futuras relaciones del niño con la autoridad.

De acuerdo con la Teoría Psicosexual de Freud, los padres deben ser muy cuidadosos en su trato hacia los niños durante esta etapa sensible, durante la cual, los niños ponen a prueba a sus padres, las figuras de autoridad, sobre el poder con que cuentan, en oposición al grado de libertad con que cuenta el niño para tomar sus propias decisiones.

Personalidad anal-retentiva

Las interacciones progenitor-hijo pasivas en exceso en la etapa anal conducen al desarrollo de una personalidad anal-expulsiva. Debido a que los padres del niño fueron poco consistentes o negligentes al enseñarle a controlar sus propios movimientos intestinales, el niño podría aliviar la necesidad en momentos no apropiados y al hacerlo ensuciar sus prendas, como un acto de rebeldía contra el uso del retrete. En la edad adulta, desearán compartir sus cosas con sus semejantes y obsequiárselas. Pueden ser en ocasiones caóticos, desorganizados y rebeldes. También podrían mostrar desconsideración hacia los sentimientos de otras personas.