Durante los últimos años,
a partir de que perdí ese empleo que desempeñé durante más de seis años en una
empresa farmacéutica, he vivido un estrés postraumático cuya afectación ha sido
muy severa. He vuelto a caer en la improductividad y los síntomas de la
patología tan grave que padezco (Trastorno Límite de la Personalidad [TLP]) han
estado presentes.
También he cobrado
conciencia de que, durante mi vida, desde mi más temprana infancia, he sido la
clase de persona cuyas características — apreciadas, deseables, poco comunes—
hacen sentir mal a otras; esto se llama envidia, por si hiciera falta decirlo.
Parece difícil explicar
eso, porque no fui un buen estudiante, sino todo lo contrario, pese a quien
conviviera conmigo percibía en mí un cociente intelectual muy evidentemente
superior al promedio. Durante mi adolescencia empecé a convertirme en un
deportista, adopté muy buenos hábitos de higiene (nutrición y todo lo
relacionado con cuidado de la salud), contando con una buena constitución—genética—
lo cual me brindó la apariencia de un deportista de alto rendimiento, algo que
nunca fui. La verdad es que nunca destaqué en la competición porque mis
capacidades son muy modestas; el entrenamiento y la disciplina elevan esas
capacidades solamente en cierta medida.
La idea que deseo
expresar es que a lo largo de toda mi vida (me encuentro en la séptima década,
con 62 años de edad), he sido objeto de muchas agresiones —perpetradas la mayor
parte del tiempo de manera cobarde— sin que yo haya dado el menor motivo.
Llevo en mi mente miles
de recuerdos, que brotan de súbito una y otra vez; lo cual sucede todo el
tiempo, síntoma de mi grave neurosis; obsesión, sobre-pensar, un término que
parece haber sido acuñado en tiempos recientes.
De esas muchas vivencias,
brotaron dos en mi mente durante estos últimos días, los primeros de este mes
de noviembre, del año 2026.
Entre diciembre de 2002 y
hasta mediados de enero de 2003 (es decir, durante un mes y medio), trabajé en
una tienda departamental, para contar con un poco de dinero durante la “temporada
navideña”. Cinco años antes había trabajado durante dos meses y medio en esa
maquiladora electrónica donde un “amigo” me pegó una puñalada por la espalda
(movido por la envidia), algo que no fue otra cosa que un homicidio en grado de
tentativa.
Este empleo temporal
sería denigrante, por supuesto, pero por diversas razones, obtener algo mejor
había resultado una imposibilidad. Se me asignó el departamento de “Blancos”,
ropa de cama (sábanas, cobertores, colchas, además de toallas y similares). Atendía
a los clientes que buscaban algún artículo en particular, o que se acercaban
movidos por la curiosidad, tal vez esperando encontrar artículos en oferta.
En una ocasión, una mujer que aparentaba hallarse en su temprana edad madura requirió mi ayuda, buscando sábanas. Mencionó las dimensiones del colchón individual, y a su acompañante le pareció cómico que su cónyuge supiera más del tema que el empleado; dijo entonces:
—Mi esposa sabe más que el
empleado, que a eso se dedica— esbozando una muy amplia sonrisa que hizo
resaltar la hinchazón —abotagamiento, inflamación— de su rostro y su cuello. Su
anatomía presentaba abundante adiposidad y como resultado de eso, su imagen era
la de un individuo del sexo masculino —varón—, carente de virilidad.
El empleado que atendió a
la cónyuge de este individuo deforme proyectaba la imagen de un hombre joven
(38 años de edad) delgado, físicamente apto, razonablemente fuerte; su
masculinidad resultaba evidente contando con esas características.
Ese contraste entre el
empleado y el esposo de la mujer que buscaba esos artículos en el departamento
de Blancos, provocó frustración, malestar, sufrimiento psíquico intenso en ese
ente deforme de características mórbidas, y eso lo motivó para agredir a alguien
que no le dio ningún motivo; algo que sucede con muchísima frecuencia porque individuos
como ese ya son mayoría en poblaciones enfermas.
Unos 30 o 31 años antes,
cuando yo contaba con siete u ocho años de edad, acudí un sábado a la institución
educativa donde cursaba el segundo o tercer año de primaria. Se realizaría un
evento que sería dirigido por maestros de educación física. Una de esas
actividades consistiría en atravesar tramos de longitudes diversas dentro de
sacos unidos entre sí, algo que los alumnos —los participantes— haríamos de rodillas,
como gatean los bebés antes de aprender a caminar.
Dije a mi madre que no
usaría pantalones deportivos cortos, shorts,
porque el roce con esa superficie un tanto rasposa lastimaría la piel de mis
rodillas.
Ya en la institución, en
el campo de futbol soccer, el maestro de educación física me confrontó. Ese
individuo parecía hallarse en sus tempranos años 20s, lo que significaría que
había nacido a principios de la década de 1950.
—¿Por qué no te pusiste
tus shorts? — me preguntó. No recuerdo si respondí algo.
—Para esto se usa esa
prenda, los shorts; faltó que te pusieras tu faldita, como mariquita — exclamó este
individuo, realizando movimientos de cadera hacia los lados, de gran amplitud.
Estos son solamente dos
de miles de vivencias de agresión de que he sido objeto a lo largo de mi
historia de vida. Las llevo en mi memoria y brotan de repente; algo que no he
sido capaz de manejar, controlar.
Y alcanzar la sanación
implica percatarme de que eso puede cambiar, ya no tiene por qué afectarme más.
¿Cómo conseguir eliminar/suprimir ese síntoma?
Conociendo la naturaleza
humana, de ahí surge mi interés en la obra —legado— de Erich Fromm, uno de los
padres del psicoanálisis, al que yo llamo “mi gran maestro”.
El primer caso mencionado
—en esa tienda departamental—, describe a un individuo que se encontraba en la
edad madura. Su sobrepeso, anatomía con abundante tejido adiposo —además de la
hinchazón en su cuello y en su rostro— no se debe a su edad, sino a no vivir
con buenos hábitos de higiene (nutrición principalmente, además de
sedentarismo), lo cual inhibe también el funcionamiento de todo tipo de
glándulas, la segregación de todo tipo de hormonas, particularmente, de la
hormona sexual masculina: la testosterona. Por eso, además de su deformidad
anatómica y el deterioro de su piel, proyecta la apariencia de un individuo
asexuado, tirando a afeminado. El tejido adiposo sobre su pecho hace que sus
tetas sean muy parecidas a los senos de una mujer carente de atributos físicos;
entiéndase, fea.
¿Qué indica que ese
individuo haya agredido a un empleado que no le dio el menor motivo? Cobardía,
por supuesto; un sufrimiento mental, psíquico, cuyo origen es haberse fallado
miserablemente a sí mismo, haber optado por vivir como un ratón emasculado;
haber optado por convertirse en su peor enemigo.
Esa es razón suficiente
para que no me afecte más ese recuerdo.
En el caso del maestro de
educación física (incidente ocurrido unos 30 años antes de la agresión recién
mencionada, en una tienda departamental), un individuo muy joven (tal vez 20
años de edad), agrede a un niño pequeño, indefenso, llamándole incluso “mariquita”
y diciéndole que debió usar “una faldita”.
¿Por qué hizo eso?
Mecanismo psicológico de
defensa: Proyección.
Si vive, ese individuo
tendría alrededor de 75 o 76 años de edad, acercándose al inicio de la novena
década de su vida (cuando cumpla 80, en un futuro no lejano). Parecería
razonable suponer que su anatomía habría sufrido un deterioro extremo, a tal
grado es posible que viva como un semi-inválido, de masculinidad prácticamente inexistente;
su actitud —en extremo cobarde— ante la vida habrá hecho de él un ente de
características que rayan en lo repugnante.
¿Por qué permitir que me
afecte lo que hizo un individuo que optó por convertirse en su propio verdugo,
como un ratón que se emascula a sí mismo?
Este tipo de incidentes
se han dado a lo largo de toda mi vida. Aprender sobre la parte destructiva de
la naturaleza humana (leyendo y estudiando la obra de Erich Fromm,
principalmente), me permite sofocar el malestar que lleva consigo esa parte
negativa de mi historia de vida, lo cual constituiría una parte muy importante
de mi proceso de sanación; en un futuro no lejano, podría incluso sentir pena —lástima—
por todos esos individuos que optaron por agredirme, de muy diversas maneras,
manifestando su miseria personal, y por añadidura, exhibiéndose muy
impúdicamente.
Mi estilo de vida —haberme
convertido en un deportista, con buenas prácticas de nutrición y todo lo que
tiene que ver con el cuidado de la salud—, ha hecho posible que, a mi edad, mi
organismo funcione de una manera que podría considerarse excepcional, mi
anatomía presenta un índice masa muscular/tejido adiposo, que parecería óptimo.
Se me han realizado pruebas clínicas (química sanguínea, biometría hemática y
función hepática), los resultados han sido casi perfectos. Pocos hombres de la
mitad de mi edad (e incluso menores) obtienen esos resultados cuando esos
exámenes les son practicados.
Eso no es otra cosa que
una victoria total, contundente y absoluta sobre individuos cobardes,
deshonestos e indecentes que se convirtieron en la clase de personas que no
necesitan que nadie les haga daño, optaron por volverse autosuficientes. Hubo
quien incluso me condujo a una confrontación contra mi voluntad —sin que yo siquiera
tuviera conciencia de ello—, a mansalva (lo cual implica una cobardía extrema)
y esa violencia pudo haberme costado la vida; o como mínimo, pudo haberme
arruinado.
A riesgo de sonar
narcisista, puedo decir que he vencido a todos mis antagonistas, sin una sola
excepción.
Así llega la sanación, y
trae consigo la solución al problema de mi existencia; encontrar sentido a mi
vida.
Agradezco a quien me haga
el favor de leer lo que escribo

















