De pronto se apagó la furia, el resentimiento, el
odio; con el deseo (o la necesidad) de vengarme de personas que me hicieron
daño.
A decir verdad, no sé si verdaderamente se extinguió
esa furia —con todo lo que conlleva— o solamente disminuyó.
He reducido el tiempo de uso de mi Smart TV, al
mínimo; he seguido traduciendo textos y entrevistas de Noam Chomsky, pero no he
comenzado todavía a escribir sobre mi sanación, que puedo alcanzar si soy capaz
de asumir mi historia de vida —la violencia que ha dominado mi existencia— con
sus causas, el origen de eso —la parte negativa de la naturaleza humana, la
destructividad, perpetrada principalmente por mis padres y con la participación
de muchas otras personas—.
Debo incluir en esos escritos la parte rescatable de
mi historia de vida, esto es, las características positivas, poco comunes —cualidades—
que presento, en buena parte porque durante mi tardía adolescencia y temprana
juventud fui capaz de autoevaluarme de una manera objetiva, decidí esforzarme
para superar mis muy graves deficiencias (sobre todo académicas, intelectuales),
así lo hice y eso me fortaleció en gran medida.
Hoy —en apariencia tarde, con 62 años de edad (nací en
abril de 1964)— he aprendido a convertirme en mi mejor compañía, a estar
conmigo. La soledad ya no me lastima, mucho menos me atemoriza o me aterra.
Si consigo liberarme de un peso descomunal —el
resentimiento, la furia, con el deseo irrefrenable de cobrar venganza—, mi
creatividad aflorará de manera natural, lo cual sofocará la parte destructiva
que llevo conmigo. Con esto quiero decir que he sido proclive a la violencia,
emocionalmente inestable por padecer una grave patología mental, un trastorno
(límite) de la personalidad; pero, a decir verdad, no soy tan violento, mucho
menos peligroso —como se me ha descrito, incluso se ha propagado información sobre
mi persona, violando la ley de protección de datos personales— pero debo
apartar eso de mi mente porque es parte del síntoma más problemático de la
neurosis que padezco: la obsesión.
No soy peligroso,
lo que sucede es que no soy inofensivo; quien no se meta conmigo no tiene nada
que temer de mí.
Ayer sábado, al caer la noche salí con mi mascota, mi
perrita Clara, a un breve paseo a pie, nos dirigimos a un parque frecuentado
por muchas personas porque se encuentra en una zona densamente poblada. Me topé
con una pareja en mi rango de edad, que caminaba con su mascota, una perrita de
talla pequeña. El tipo proyectaba una mala imagen, caminaba con dificultad; a
mi parecer, el evidente deterioro de su salud no se debía a su edad avanzada,
sino a vivir con malos hábitos. La señora me preguntó por mi mamá (octogenaria,
nacida en enero de 1942, 22 años antes que yo), a lo que yo respondí que se
encuentra en un estado vecino, a unos 300 km de distancia; omití decir que
ahora vive con una hermana cuatro años menor que yo y con su familia en un
destino de playa. El tipo me preguntó (o más bien afirmó) por mi mascota, mi
perrita Clara.
—Ya tiene mucho tiempo contigo, ¿verdad?
— Sí, nueve años— respondí yo.
Individuo de mal aspecto, actitud hostil que se
reflejaba en la expresión de su rostro y en el tono de su voz; tantas personas
así.
A riesgo de parecer narcisista, diré que yo proyecto
una imagen poco común, en un sentido positivo, que incluso podría parecer
excepcional, principalmente debido a la precariedad de tantísimas personas —una
descomposición social masiva, algo terrible—.
La envidia aflora por todas partes porque abundan los
ratones emasculados, roedores eunucos que decidieron castrarse a sí mismos,
abrazaron y cultivaron la debilidad —tanto física como mental— con su
impotencia vital.
Esa baja pasión, la envidia que mi presencia ha
despertado en otras personas (sobre todo del sexo masculino), ha sido una de
las causas de la violencia que ha dominado mi historia de vida. Durante los
últimos años (casi cinco, a raíz de que perdí mi empleo en una empresa
farmacéutica, un martes 17 de agosto de 2021) he vivido un estrés postraumático
y han brotado en mi mente decenas o cientos de recuerdos de todas las épocas de
mi vida, en que muchos individuos me agredieron sin que yo les diera el menor motivo.
¿Cómo explicar esto? Pese a que muchas personas me
identificaron como muy inteligente desde mi temprana infancia, nunca fui un
buen estudiante. Durante mi niñez fui muy activo en lo físico, pero no
practiqué ningún deporte como tal, mas en mi adolescencia comencé a convertirme
en un deportista y con una genética favorable (algo que no conlleva ningún
mérito, es algo que me dio vida) y mediante la adopción de buenos hábitos de
alimentación y todo lo que tiene que ver con higiene, me desarrollé bien.
Proyectaba la imagen de un deportista de alto rendimiento, pero cuando competí,
mi desempeño fue en extremo modesto; en realidad nunca destaqué.
Durante mi tardía adolescencia (cursando la
preparatoria, bachillerato) me evalué a mí mismo de una manera objetiva y
llegué a la conclusión de que presentaba deficiencias académicas graves en
extremo; no había aprendido siquiera aritmética, sabía sumar y multiplicar,
pero no restar ni dividir.
Me matriculé en una licenciatura en ingeniería al
ingresar a la universidad —lo cual parecería un absurdo— y mi desempeño fue
(como cabría esperar), terrible. Unos años más tarde, me discipliné y empecé a
pasar muchas horas en mi dormitorio estudiando como autodidacta y así logré
dominar la aritmética, aprendí álgebra, geometría analítica, cálculo
diferencial e integral, con lo que sigue, materias de física e ingeniería, etc.
Eso me fortaleció en gran medida y a ello atribuyo mi
capacidad para evitar el abuso de sustancias, drogas legales (tabaco y alcohol)
y no legales (que a mi parecer no es necesario mencionar). No afloraba en mi
psiquis un dolor de gran intensidad, cuyo origen habría sido percibir en mí a
un individuo débil y cobarde, que decidió no esforzarse en aquello que parecía
difícil y muy difícil, optando en cambio por refugiarse en la fantasía,
desarrollando así una patología narcisista muy grave, como hicieron
antagonistas míos, algunos de los cuales me agredieron y lo que me hicieron
pudo incluso haberme costado la vida.
Además, mi fisonomía no es la de un mestizo —eso soy y
nunca he pretendido ser otra cosa—, sino la de un hombre de raza caucásica. No
sé de dónde vinieron mis antepasados, tal vez de un imperio que mandó a mi país
en el siglo XIX a un miembro de su realeza para que se convirtiera en emperador
en una nación recién independizada, por petición de los conservadores,
partidarios de la mayor injusticia y desigualdad social; lo más indeseable para
mí, necrófilos que parecerían seres demoniacos.
Mi piel es muy blanca, mi estatura se encuentra arriba
del promedio y mi anatomía es la de un hombre delgado, físicamente apto,
razonablemente fuerte. Quien entabla un diálogo conmigo percibe en mí a un hombre
con un nivel intelectual / cultural poco común. Rodeado de individuos del sexo
masculino, varones (hombres) que no viven con buenos hábitos, consumen bebidas
azucaradas, refresco, refresco negro (de cola), bebidas alcohólicas, alimentos
ultra-procesados (carentes de nutrientes y en cambio tóxicos), tabaco e incluso
fármacos y drogas no legales; individuos que llevan vidas sedentarias, etc., la
imagen que proyecto lastima a muchos y no pocos manifiestan conductas de
agresión y hostilidad, la mayor parte del tiempo de manera cobarde.
La parte positiva de mi existencia es prueba
contundente de que no soy un perdedor, un paria, un lacra; en cambio podría ser
considerado lo contrario, pero eso es algo que tampoco debe merecer mi
atención. Nunca he vivido en un concurso de popularidad, he mostrado tendencias
a ser asocial, un solitario y un inadaptado.
Hubo un momento en que esa soledad, esa incapacidad
para hacerme de un círculo social e incluso de una pareja provocó tanto dolor
psíquico que pudo haber sido el detonante para que pusiera fin a mi vida. Hoy
me siento bien en soledad, no busco a nadie, siento que podría seguir así
durante el tiempo que me quede de vida.
Lo más importante es trascender, como el resto de los
seres humanos. Esto no es una manifestación de megalomanía (delirios de
grandeza), sino lo que según Erich Fromm (uno de los padres del psicoanálisis,
mi gran maestro) caracteriza al ser humano, esa necesidad de trascender.
Puedo usar la escritura para manifestar esa creatividad.
Lo voy a intentar.




















