Vivencia difícil, cargada de violencia, de mi historia
de vida
Vacaciones de
verano, durante mi temprana adolescencia, pubertad. La maestra de la materia
Español, me había reprobado porque me detestaba, yo había cursado el segundo
año de secundaria, asistía a un curso de regularización entre semana. Mi padre
jugaba golf, razonablemente bien; yo practicaba ese deporte porque él lo había
decidido, no porque yo deseara hacer tal cosa; si bien, debo agregar que en
cierta medida lo disfrutaba.
Se celebró un
torneo, el cupo era limitado, no había lugar para mí. Mi padre me cedió su
lugar y por supuesto, por ello no le fue posible participar; mi hándicap era el
más alto, 36. La competencia se llevó durante un fin de semana, los días sábado
y domingo. No gané ni quedé en segundo ni en tercer lugar; fallé
miserablemente, según mi padre.
Era la noche del
domingo, no muy tarde, tal vez las 21 horas. Al día siguiente yo debía asistir
a ese plantel donde cursaba la secundaria, al curso de verano, regularización
de esa materia que había reprobado, Español. Yo ocupaba una habitación que no
compartía con ninguna de mis tres hermanas, un pequeño privilegio siendo el
único hijo varón. Mi madre se hallaba en su habitación, tal vez habiendo ya
conciliado el sueño, como mis hermanas en otra habitación. Yo me encontraba en
mi dormitorio, con la puerta abierta. Al ver a mi padre subir las escaleras,
sonreí porque sentí que eso era lo que debía hacer, aunque ver a mi verdugo no fuera
agradable, en lo más absoluto.
El narcisista
maligno, psicópata, interpretó la sonrisa de su terrible hijo (deportista
fracasado, que hacía todo mal) como una agresión, de un vástago que se burla de
su sufrido padre. Se enfureció por ello y se plantó frente a mí, expresando con
furia de intensidad homicida que yo era lo más terrible que pudo haberle sucedido
en su existencia, nunca fui capaz de brindarle ninguna satisfacción.
Yo había cumplido
14 años de edad, mi padre se acercaba a 41; en ese momento de la historia, un
individuo de esa edad podía ser considerado todavía joven. Manifestando su odio
(de intensidad homicida) con su discurso, su mirada, la expresión de su rostro,
mi padre —un hombre fuerte, muy violento, peleador temible— me atemorizó y yo
comencé a llorar.
Yo había sido
educado con ideas tradicionales (milenarias) como “los hombres no lloran”.
Además del malestar que sentía al ser agredido por un individuo contra el que no
podía defenderme, de ninguna manera, sentí bochorno, vergüenza, turbación.
—No chille,
cabrón— dijo ese individuo terrible, violento, sádico, torturador despiadado.
El hijo de la gran
puta se fue, no sé a dónde, a pasar la noche quién sabe con quién.
Mi madre había
despertado, se acercó a mí y me preguntó qué había pasado, el porqué de mi
llanto. Yo respondí y ella me dijo:
—No le hagas caso.
Los hijos no
venimos al mundo a satisfacer las expectativas de nadie, a darle ningún tipo de
satisfacción a nuestros padres; tampoco a ser su servidumbre. Menciono esto
último porque mi padre (igual que muchos otros, mayoría), asignaba tareas a su
hijo como lavar sus automotores —automóvil o camioneta pick up, (y ahora Town
& Country— y otras), por el estilo.
En otra ocasión,
cuando yo me hallaba en mi tardía adolescencia, viviendo ya en otra ciudad, mi
padre me llevó (con una de mis hermanas) a una pista de atletismo, un domingo
en la mañana. Yo había practicado la carrera pedestre durante unos tres años,
participaba en carreras medio fondo (1500 m) y fondo (5000 m), pero no
destacaba porque pese a ser muy dedicado, muy disciplinado y contando con una
gran motivación para competir, mis capacidades eran muy modestas. Esto porque
pese a la apariencia que proyectaba (de deportista de alto rendimiento), mi
capacidad cardiopulmonar y muscular (de mis piernas, principalmente), no daban
para mucho.
Mientras nos
dirigíamos a ese lugar (a esa pista de atletismo), mi padre nos decía a mi
hermana y a mí que en una competencia, solamente hay un triunfador, un
individuo exitoso; el que consigue el primer lugar; todos los demás —segundo,
tercero, cuarto lugar; y de ahí para abajo son una bola de fracasados—. “Un
honroso segundo lugar” es una expresión detestable, merecedora de desprecio.
Yo participé en una
carrera de 5000 metros, 12.5 vueltas a la pista (que mide 400 m). Último lugar,
hice el ridículo. Los atletas que ocuparon los primeros lugares eran algunos
años mayores que yo, sus capacidades —tanto de los músculos de sus piernas,
como de pulmones y corazón— eran muy superiores a las mías. Me sentí
terriblemente mal, incapaz de comprender que haber ocupado ese último lugar
(incluso fui rebasado en dos ocasiones y muy probablemente corrí una vuelta menos
a la pista, es decir, una distancia total de 4600 m.,) y cuando me acerqué a mi
padre, él expresó con un desprecio absoluto que lo que yo había hecho no servía
absolutamente para nada.
Semanas después, mi
padre volvió a agredirme, mencionando incluso que los competidores que ocuparon
los tres primeros lugares en esa carrera de 5000 metros eran “pati-cortos”, la
longitud de sus piernas era considerablemente menor que la longitud de las
mías.
El narcisista maligno,
psicópata, además de pendejo e hijo de ramera, ignoraba que la longitud de las
piernas no tiene nada que ver con la capacidad de un atleta o deportista para
su desplazarse en carrera pedestre. Los seres humanos tenemos en nuestros
músculos una combinación de fibras de contracción lenta y fibras de contracción
rápida. En quienes son muy veloces, predominan las fibras de contracción
rápida, algo que no tiene nada que ver con su estatura. Además, tratándose de
medio fondo o fondo —y gran fondo, por supuesto—, es muy importante la
capacidad cardiopulmonar, a diferencia de las carreras de velocidad, sprints.
Exigir a un hijo
que destaque en competencia deportiva (o académica, en cualquier actividad que
implique tal cosa, competir), no es una manifestación de amor, sino de lo más
opuesto a eso: es una manifestación de narcisismo patológico.
He traído al mundo a un individuo de características formidables,
a un prodigio humano; eso demuestra mi superioridad.
Pierre de
Coubertin, barón, pedagogo e historiador, concibió la realización de Juegos
Olímpicos en la era moderna, muy lejos en el tiempo de los que se celebraron en
la Antigua Grecia. Su objetivo fue promover la amistad entre las juventudes del
mundo, no convertir el evento en un sustituto de la guerra.
Lo importante no es ganar, lo importante es competir,
dijo este hombre ejemplar
Cito una vez más a
Erich Fromm. Este gran humanista dice que vivir compitiendo es algo insano,
indeseable, porque dificulta o incluso imposibilita sentir empatía y
solidaridad por otro ser humano; si cada individuo con el que nos encontramos
es —al menos potencialmente— un antagonista.
Creo yo que además
de eso, el deporte (especialmente el alto rendimiento), fomenta otra
característica indeseable (y potencialmente muy destructiva) del ser humano: el
narcisismo patológico, tanto individual como social (de grupo). Por eso,
detesto el Campeonato Mundial de Futbol (la última edición se celebró hace
algunos meses), así como prácticamente todo lo que es deporte espectáculo,
cuando curiosamente, ver por televisión unos Juegos Olímpicos me motivó para
convertirme en un deportista.