martes, 14 de julio de 2026

Antagonista de nombre David, parte del origen de su problema; un hermano mayor. Segunda parte

 


David tenía dos hermanos y dos hermanas. Su hermano mayor, de nombre Jorge, estudió arquitectura en una universidad católica. Debe haber sido también un estudiante muy destacado, pues su desempeño profesional lo llevó a ocupar un puesto de dirección en una de las constructoras más importantes de este país, México, propiedad del cuñado de un ex presidente, uno de los primeros mandatarios que más daño hicieron a la Nación. Artífice del neoliberalismo, acordó un tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá (TLCAN) y ello trajo consigo una catástrofe a las economías (y a las poblaciones, por supuesto) de los tres países.

El sexenio de ese presidente terminó en 1994, pero conservó buena parte de su peso político, y pese a que el siguiente primer mandatario (Ernesto Zedillo Ponce de León) fue muy antagónico con él, eso no cambió.


En algún momento, Carlos Salinas de Gortari contrajo nupcias con una mujer de nombre Ana Paula Gerard, y un hermano de ella, propietario de una de las constructoras más grandes del país, pudo edificar obra pública, sacando cantidades astronómicas de dinero al erario, saqueando a la Nación, mientras más y más personas caían en la pobreza y en la miseria, por la catástrofe económica que trajo a la población ese tratado de libre comercio arriba mencionado.



Jorge, hermano mayor de David, llegó a esa constructora y se convirtió en el director general y socio, es decir, el hombre más importante, excepto por el dueño, por supuesto. Así debe haber obtenido altos porcentajes de las cantidades astronómicas de dinero saqueadas al erario de este país en que tantos millones de habitantes vivían en la desesperación; lo cual provoca (entre otras cosas) un aumento en la delincuencia organizada. Carlos Monsiváis, un mexicano ejemplar (QEPD), llamó a esas víctimas de la injusticia y la desigualdad: una cantera inagotable para la delincuencia organizada.

Jorge, como David y sus otros hermanos, nació también con esa característica terrible, esa mutación, la distrofia muscular y una anatomía repleta de grasa y carente en extremo de músculo. Sus padres promovieron la competencia entre sus hijos, David fue vencido contundentemente por su hermano mayor y eso incrementó su sufrimiento psíquico, y su proclividad a esa patología narcisista de gravedad extrema, su megalomanía.



¿Qué es Jorge? Un delincuente que no es considerado tal cosa, porque ese saqueo al erario no está tipificado como delito. ¿Cuál fue su motivación, su precariedad física, su anatomía antinatural, repleta de grasa y de músculo tan escaso que no resulta visible?

Eso no se resuelve ni con todo el dinero del mundo y en cambio, cometer vilezas incalificables (contribuir a arruinar las vidas de millones de personas), trae consigo la mayor miseria que un ser humano puede elegir como estilo de vida.

Ese individuo, Jorge, hermano mayor de David, es una parte importante del origen de su patología mental, que destruye a un ser humano que optó por no fortalecerse, lo cual equivale a debilitarse todavía más, en la mayor medida posible.

La debilidad y la miseria humana parecen no conocer límites. Esto es un ejemplo de eso, algo terrible, por si hiciera falta decirlo.

Fin de la historia

Antagonista de nombre David, parte del origen de su problema; un hermano mayor. Primera parte

 


Hace muchos años descubrí el origen de ese odio de intensidad homicida que sentía David hacia mi persona. Lo he señalado en entradas anteriores, la vida le jugó rudo. Persona gordiflaca, la proporción masa muscular/tejido adiposo en su anatomía es terrible, la masa muscular es tan escasa que no resulta visible, mientras que el tejido adiposo predomina, pese a tratarse de una persona delgada, sin sobrepeso.


David decía ser mi amigo, en realidad jamás lo fue. Eso resultaba una imposibilidad porque nadie puede ser amigo de un individuo al que odia; mucho menos estaría dispuesto a ayudar a ese antagonista. A riesgo de sonar narcisista, mencionaré una vez más que por haber empezado a convertirme en un deportista en mi adolescencia, por haber adoptado buenos hábitos de salud e higiene (nutrición, principalmente) y una genética favorable, mi aspecto era el de un deportista de alto rendimiento, algo que nunca fui, ni remotamente. Pero así me veía, esa era la imagen que proyectaba.

Mi antagonista David, nació con algo que se conoce como distrofia muscular, su debilidad física era extrema y por haber adoptado una postura cobarde —negarse a aceptar la verdad, hacer una evaluación objetiva de sí mismo—, se refugió en la fantasía y desarrolló una patología narcisista de gravedad extrema. Fue un buen estudiante, al cursar su licenciatura de ingeniería electrónica fue siempre un buen estudiante, uno de los mejores de su generación. Se tituló poco tiempo después de haber egresado (tal vez un año más tarde), estudió una maestría en finanzas, ejerció evitando aquello para lo que estaba bien dotado: el diseño electrónico. La razón de eso es que su patología narcisista hizo que se dejara seducir por las jerarquías, sus delirios de grandeza lo llevaron a soñar que un día sería un Chief Executive Officer (CEO) en una corporación de importancia mundial. Se dirigió a la maquiladora electrónica, consiguió a finales de 1997 una gerencia (en AVEX Electronics de M) y contrató al hombre que odiaba (a quien llamaba amigo) para demostrarle que, en lo intelectual, él (David) era como el Everest, mientras que su amigo, era del tamaño de una partícula subatómica.

Ese amigo inadaptado falló en la universidad y la razón de eso no fue un IQ bajo, sino dificultades muy graves que intentó superar, pero la violencia que había dominado su vida le había imposibilitado lograr tal cosa. Ese subalterno sorprendió a propios y extraños con su excelente desempeño. David se dio cuenta de que en áreas del intelecto (como el conocimiento de una lengua extranjera, el inglés), su antagonista lo superaba total y absolutamente, pese a no haber salido del país más que en su infancia (cuando no hablaba una palabra de ese idioma), mientras que David había hecho muchos viajes al exterior e incluso había vivido un año en Londres.

Eso despertó la furia del alfeñique cuya debilidad física tenía su origen en esa mutación, la distrofia muscular, y su debilidad mental (también extrema) en su cobardía para aceptar su realidad, lo que era. Intentó vejar, denigrar, humillar a ese hombre al que llamó amigo, y por ello ese hombre, objeto de su violencia verbal extrema, decidió renunciar y entonces su vida cayó a un precipicio.

lunes, 13 de julio de 2026

Antagonista David, segunda parte

 


Perdí el contacto con David durante unos cuatro años. Cuando volvimos a encontrarnos (en la institución donde fuimos compañeros, Universidad Jesuita), le informé que practicaba el ciclismo de ruta. Comenzamos a frecuentarnos, si bien, eso sucedía de manera muy esporádica. La convivencia con él siempre fue muy difícil, porque no podía (ni siquiera intentaba) disimular el odio que le despertaba observar mis características anatómicas, la potente musculatura de mis piernas y mi figura atlética.

Después de pasar por el periodo más difícil de toda mi vida, David me contrató para mi primer empleo. Yo pensaba que encontrar un solo amigo como él en la vida hacía que mi existencia fuera muy afortunada. Ingresé a mi primer empleo, con 33 años y medio de edad, un 17 de noviembre. Mi desempeño fue considerado excelente y eso hizo que se gestara en mi “amigo” una furia de intensidad homicida. En la última semana de enero del año siguiente (es decir, apenas unas nueve semanas más tarde), David me atacó haciendo uso de una violencia verbal extrema, intentó vejarme, denigrarme, humillarme. El primer día hábil de febrero presenté mi renuncia, mi vida cayó a un precipicio.

He odiado a ese mal individuo, no lo he buscado para cobrársela —vengarme— porque no quiero arruinar mi vida, acabar privado de la libertad. Quisiera cambiar eso, dejar de odiar a ese individuo débil en extremo que vivió padeciendo una patología narcisista muy grave, megalomanía.

El origen de eso es su debilidad mental, tan grave como su debilidad física; tal vez incluso aún más grave. A todas luces, su sufrimiento tiene su origen en su anatomía, algo antinatural que hace de él un mutante; persona gordi-flaca, distrofia muscular.

Él me pegó (me apuñaló) por la espalda, mi familia completó la agresión meses más tarde. Cuando sucedió eso, a mi padre le quedaban nueve años de vida, y viviría torturándome hasta el último día de su existencia. Cuando murió mi progenitor, mi situación no cambió (no mejoró) mucho, seguí viviendo en la desesperación. Intenté trabajar, lo hice, pero todo resultó inútil. A partir de que renuncié a ese primer empleo de toda mi vida, en febrero de 1998, tuvieron que pasar más de 17 años, antes de que pudiera conseguir algo a lo que pudiera llamar empleo, que no fueran ocupaciones denigrantes porque involucraban labores para las que no se requiere casi nada de capacidad mental/intelectual, como “operador”, eufemismo de la palabra obrero.

David es un ejemplo típico de un individuo que evitó enfrentar la realidad, la verdad, lo cual dio origen a su patología en extremo grave, su megalomanía; y al cometer esa vileza, traicionar a un hombre que confió en él, a quien llamó “amigo”, se dirigió hacia un precipicio, asegurando así su autodestrucción.

Cuando recuerdos de él broten en mi mente, en mi memoria, un mecanismo mental me permitirá suprimir el malestar muy severo que me ha aquejado al recordar a un individuo como ese. Ya no me expresaré de su persona usando adjetivos, palabras, muy ofensivas, como “ultra cobarde”, “ultra maricón”, “histérico nivel mujer menopáusica o postmenopáusica”, etc.

Ya en la séptima década de mi vida (con 62 años de edad), mi anatomía es la de un hombre delgado pero fuerte, físicamente apto, la proporción masa muscular/tejido adiposo de mi anatomía es poco común incluso en hombres que tienen la mitad de mi edad; mi nivel intelectual/cultural es poco común, etc.

 Dice Erich Fromm (mi gran maestro) que el ser humano lleva consigo tendencias biófilas y tendencias necrófilas. Eso da lugar a un conflicto interior y de ahí surge la creatividad. En algunos individuos predominan las tendencias necrófilas; mi padre y David son ejemplos de eso —con muchos otros, nunca escasos—; y en mí (a riesgo de parecer narcisista) predominan las tendencias biófilas.

He sido considerado violento, la razón de ello es que he sido emocionalmente inestable. En parte así nací (parte de mi constitución), en gran parte el origen de ello es la violencia que dominó mi vida, perpetrada principalmente por mi padre y por individuos que tenían mucho en común con él. La verdad es que no soy tan violento.

Ahora que he sido capaz de asimilar mi realidad, mi historia de vida, y estoy a punto de eliminar ese síntoma tan problemático de la grave neurosis que me ha aquejado durante tantos años (décadas), la obsesión —muchísimos recuerdos de violencia perpetrada en mi contra—, puedo alcanzar la sanación; ello permitirá dar cauce a la creatividad, algo característico del ser humano, según Erich Fromm, mi gran maestro.

Espero que así sea  

Antagonista David, primera parte

 


Ingresé en la universidad un año tarde, pues en preparatoria (bachillerato) perdí un año, por haber sido expulsado de una institución en la que se consideraba a uno de los más grandes genocidas (Adolfo Hitler) y a sus secuaces, héroes incomprendidos de la historia, porque habían combatido el comunismo.

David era un año menor que yo. Él era un excelente estudiante, yo era lo más opuesto a eso, se me dificultaba aprender casi todo, me había matriculado en una licenciatura que no era para mí (ingeniería) porque había percibido a quienes se dirigían a cursar estudios que no llevaban números (matemáticas) como débiles, y yo no quería ser eso, débil. Fue un error, pero no me arrepiento porque aprender matemáticas, física y otras materias de ingeniería me fortaleció en gran media, algo que hice como autodidacta.

David y yo fuimos compañeros durante el primer semestre, en un grupo único del turno vespertino. Al inicio del segundo, él se cambió al turno matutino porque el maestro que nos asignaron para el segundo curso de matemáticas no resultó de su agrado. Volvimos a coincidir en el cuarto semestre, los primeros tres semestres eran “tronco común” y a partir de cuarto, llevábamos las materias de la licenciatura en cuestión, ingeniería electrónica.

Él se graduó al cabo de los ocho semestres reglamentarios, habiendo destacado, uno de los mejores alumnos de su generación. En contraste, yo no había acreditado siquiera la mitad de las materias del plan de estudio y mi familia (mis padres) no sabían eso. Mi desempeño había sido terriblemente deficiente.

Unos años antes, cuando cursábamos el primero o el segundo semestre, un día vi a David en una pista de atletismo en un lugar muy lejano a nuestro plantel educativo. Yo había entrenado en ese lugar durante años, intentando convertirme en un corredor de medio fondo. David recorrió una distancia de 100 metros con un acompañante. La velocidad era extremadamente baja, como alguien que camina apresuradamente. Él llevaba puesta una camiseta deportiva de manga corta y unos pantalones deportivos, conocidos coloquialmente con el nombre “pants”. Por ello no pude ver su anatomía, y al cruzar la meta, la expresión del rostro de David era de agonía como si realizara un esfuerzo extremo.  

Años más tarde, en el verano en que él cumplió 21 años de edad, llegué a su casa en compañía de una de mis hermanas. Bajé del auto y accioné el timbre. Dialogaba con esa hermana cuando volví la cabeza y vi a alguien en el umbral de la puerta. Un individuo septuagenario, vistiendo pantalones cortos y camiseta sin mangas y por ello resultaba visible buena parte de su anatomía: huesos cubiertos de piel, un anciano que padecía una desnutrición grave. Él habló y reconocí la voz de David, lo cual hizo que me percatara de mi error, no era un anciano septuagenario que aparentaba padecer una inanición que pronto lo llevaría a la tumba, era ese compañero y “amigo” un año menor que yo.  

Durante la segunda mitad del año 1997, David me citó en su vivienda un día entre semana, durante la tarde. Él había terminado su jornada laboral a las 17 h, se hallaba con su esposa y su hijo, de dos o tres meses de edad, y se había quitado la camisa y la corbata que debía usar en su lugar de trabajo. Llevaba puesta una camiseta sin mangas (ropa interior), sus brazos eran débiles, flácidos en extremo, y bajo las axilas comenzaban los rollos de grasa, tejido adiposo (llamados coloquialmente “lonjas”), pese a que su peso corporal andaría en 70 kg con 1.83 m de estatura.

Persona “gordiflaca”, término coloquial que describe una anatomía anormal, cuyo origen podría ser una mutación, distrofia muscular.

Es por eso que David me odiaba. Muchos años antes (durante la década de los años 1980s, tal vez en 1984 o 1985) él me había visitado en mi casa, yo vestía prendas deportivas (practicaba la carrera pedestre) y había observado mis características anatómicas, la musculatura de mis piernas y el tono muscular por arriba de mi cintura.

El más terrible de mis antagonistas, mi padre

 


Mi padre nació 26 años y ocho meses antes que yo. Cuarto de seis hijos varones (sin hermanas, sexo femenino), su padre era un hombre de carácter autoritario extremo. Según Erich Fromm, el carácter autoritario se compone de una parte sádica y otra masoquista; el individuo sádico necesita someter a otros, el individuo masoquista necesita ser sometido.

Ese padre de mi progenitor, mi abuelo paterno, golpeaba a sus hijos salvajemente, cuando se disponían a tomar un baño, habiéndose despojado de sus prendas de ropa, desnudos, lo cual elevaba su sufrimiento por la intensidad del dolor resultante.

Mi abuela materna murió cuando mi padre contaba con unos 13 años de edad. Su padre volvió a contraer nupcias y por el conflicto entre mi padre y su madrastra, su padre lo echó de casa. No sé si eso es cierto.

Naturaleza humana, destructividad, necesidad de venganza, agresión desplazada… Mi padre sabía que yo no podía ser responsable de nada de lo arriba mencionado, la razón parece obvia y por ello no voy a mencionarla. No le importaba que yo no hubiera causado ese sufrimiento del que mi padre fue víctima (en el supuesto de que sea cierto, o lo sea al menos en parte), pues él no buscaba quién se la hizo, sino en quién desahogar la furia que ese sufrimiento le provocaba.

¿Qué hacer cuando alguno de los miles de recuerdos de vivencias difíciles con ese terrible progenitor que tuve broten en mi mente, en mi memoria?

Puedo asimilar mi historia de vida, cobrar conciencia de que fui capaz de vencer una adversidad terrible que pudo haber matado a otros hombres (muchos me han juzgado sin ningún derecho, sin elementos), me fortalecí, fui capaz de enfrentar la verdad —evité refugiarme en la fantasía, desarrollar una patología narcisista muy grave—, evaluarme a mí mismo de una manera objetiva y realizar esfuerzos (en algunos casos titánicos) durante periodos de tiempo muy prolongados, para fortalecerme.

Fui mucho más fuerte que mi padre, lo vencí contundentemente. Percibir a ese individuo como mentalmente débil, impotente en lo vital, y cobarde —tres características terribles del ser humano— puede convertirse en un mecanismo mental que me permitirá suprimir ese síntoma tan problemático de la neurosis que padezco: la obsesión.

Al pensar en él, o expresar algo, ya sea de manera verbal o escrita, seré capaz de referirme a mi padre como alguien a quien “se le salía la materia fecal (mierda) por el hocico”, o como un “sádico, torturador, despiadado, que se valía del llanto para manipular a quien tuviera cerca”, también como un “depravado, incestuoso que incluso atacó sexualmente a una hija (intentó violarla) y abusó sexualmente de tres hijos que tuvo con una concubina” —llevando una vida doble, algo característico de un psicópata.

Puedo pensar en él como en un individuo que por cobardía evitó percibir la verdad, se hizo prisionero a sí mismo, intentó anestesiar su sufrimiento psíquico mediante el abuso de alcohol etílico, lo cual lo llevó a una tumba prematura; su hígado se deshizo.

En algún momento dejaré de odiarlo —no lo perdonaré, no puedo hacer tal cosa—, sentiré indiferencia por él y tal vez algún día sienta pena (lástima) por ese individuo que decidió no evitar convertirse en una piltrafa humana.

Cuando eso suceda, habré alcanzado la sanación.

Mi interés en el tema de la destructividad humana, violencia. Segunda parte

 


Mi padre murió hace 18 años y siete meses. Lo vi por última vez dos años y cuatro meses antes de su deceso, no fui a su funeral y hasta el día de hoy, no he sido capaz de dejar de odiarlo.

Debo decir que odiar a un enemigo no es algo incorrecto, en lo más absoluto. Ese individuo terrible, mi padre, fue un narcisista maligno, un psicópata. Durante mi temprana infancia, me hizo responsable de todo lo que estaba mal en su vida —sin tomar en cuenta de que la mayor parte de su problemática se originó años, décadas, antes de que yo llegara al mundo—, y siendo todavía un niño, me hizo responsable de todo lo que estaba mal en el mundo, a lo largo de toda la historia de la humanidad. Vivió torturándome psicológicamente; mi madre no se percataba de ello, en el mejor de los casos.

Odiar a mi padre —que parecería un ser demoniaco, sádico torturador despiadado, por añadidura depravado en lo sexual y manipulador— fue algo muy acertado, se dio de manera natural, porque —sin que yo tuviera conciencia de ello— me dio la energía y la determinación para ser muy diferente a él, y lo conseguí. No se cumplieron sus profecías; él decía que en la edad adulta me convertiría en un individuo inculto, analfabeto funcional, mamarracho, deforme en mi anatomía (sobrepeso, obesidad, abundante tejido adiposo, abdomen abultado, lonjas, tetas, etc.,), adicto a tabaco y alcohol, a fármacos y drogas no legales; terriblemente irresponsable, le fallaría miserablemente a mi familia, a mi cónyuge y a mis hijos, etc.

Mi grave patología, neurosis (resultante de la violencia que dominó mi vida desde mi temprana infancia) se manifiesta de diversas formas. Una de ellas es recordar en todo momento y en todo lugar, vivencias de violencia de todas las etapas de mi historia de vida, en las que los personajes más frecuentes son mi padre y otros individuos que padecían patologías narcisistas de diversa gravedad.

Uno de los individuos que me hicieron más daño fue un compañero de la universidad. Su nombre es David, lo vi por última vez el día que presenté mi renuncia al primer empleo de toda mi vida, que desempeñé durante menos de tres meses, porque siendo mi jefe directo, intentó vejarme, denigrarme. El objeto de esa violencia (en extremo cobarde) fue su muy grave patología narcisista. Lo vi por última vez un lunes 2 de febrero de 1998, es decir, hace 28 años y cinco meses. No sé si desde esa fecha ha transcurrido un solo día en que no haya pensado en él. Me atacó (como lo había hecho antes, en numerosas ocasiones) con una furia de intensidad homicida, manifestando su cobardía extrema (porque sabía que yo no iba a responder a su agresión, física ni verbalmente, por las consecuencias que eso tendría), como una mujer menopáusica o posmenopáusica en un ataque de histeria.

Mi padre y ese megalómano despreciable de nombre David, son dos de los personajes más importantes que en mi historia de vida me atacaron con furia de intensidad homicida, lo que me hicieron pudo haberme costado la vida, o como mínimo, pudo haberme arruinado.

Necesito dejar de odiar. ¿Cómo conseguir eso?

Se me ocurrió que puedo asimilar esa violencia (y la violencia perpetrada contra mí por muchas otras personas) como parte de la naturaleza humana, la parte destructiva. De ahí surgió mi interés por el tema, e incluso en fecha reciente traduje material que encontré sobre Erich Fromm, una conferencia que dio en la ciudad de Nueva York sobre el tema, a finales del año 1968.

Mencionaré algo muy importante en la siguiente entrada, sobre ese antagonista terrible, David. Su debilidad era extrema, no solamente en su físico, sino también en lo mental. Merecería lástima.

Mi interés en el tema de la destructividad humana, violencia. Primera parte

 


En fecha reciente, busqué información en internet sobre naturaleza humana, la parte negativa, la destructividad del ser humano.

He leído a Erich Fromm, parte de su obra. En El Corazón del Hombre, menciona las diferentes formas de violencia (capítulo 2), entre las más importantes, celos y envidia.

Desde mi infancia (o tal vez desde mi adolescencia) me percaté de que un número de personas mostraban actitudes de hostilidad y agresividad hacia mi persona sin razón aparente. Eso continuó a lo largo de las diferentes etapas de mi vida. Al llegar a la pubertad, mi rostro se llenó de acné y por ello fui objeto de burlas y agresiones que tienen que ver con eso. También comencé en la adolescencia a convertirme en un deportista (practicando la carrera pedestre), actividad que realicé durante unos 10 años y me vi obligado a abandonar por lesiones en los tendones de Aquiles, por correr sobre superficies duras (asfalto, cemento, concreto hidráulico).

Con unos 26 años de edad, empecé a practicar el ciclismo de ruta. Competí durante algunos años y tampoco destaqué, más que en una medida muy modesta (carreras domingueras de unos 100 km de recorrido); gané una, en varias quedé entre los tres primeros lugares, en muchas, entre los 10 primeros lugares. Algo que no quedó registrado en ningún archivo, porque no conlleva la menor importancia.

Mis capacidades físicas son muy modestas. El entrenamiento fortalece tanto músculos voluntarios como otros músculos —corazón y pulmones— pero el avance es limitado; la inmensa mayoría de los seres humanos no contamos con la posibilidad de llegar al alto rendimiento. Yo fui un deportista (lo sigo siendo, pero hace muchos años abandoné la competición) de capacidades muy limitadas, pero mi apariencia era la de alguien que compite en Juegos Olímpicos, Campeonatos Mundiales —en carrera pedestre, medio fondo— o en carreras clásicas y de etapas en Europa, como el Tour de Francia, el Giro de Italia, la Vuelta a España, el Giro en Suiza, etc.

No destaqué, pero sí dediqué mucha energía a esa actividad deportiva, y —simultáneamente— me interesó mucho vivir con buenos hábitos, consumir alimentos nutritivos, sanos, evitar el consumo de aquello que no es tal cosa y en cambio resulta no nutritivo y tóxico. La imagen que proyectaba (y eso no ha cambiado mucho, pese a que ya me encuentro en la séptima década de mi vida, con 62 años de edad) era la de un deportista de los que destacan al más alto nivel.

No sé de dónde vinieron mis ancestros, la verdad, no quiero saber. Parece tener sentido suponer que vinieron de Europa central (tal vez a finales del s. XIX, parte de la comitiva de un emperador importado del imperio Austrohúngaro). Mi piel es muy blanca, mi fisonomía no es la de un mestizo –que es lo que soy y no pretendo ser otra cosa. He aprendido a amar a mi país y siento desprecio por esos conciudadanos míos que pretenden encarnar a lo que antes de la independencia fueron peninsulares y criollos, hoy llamados coloquialmente Whitexicans. No soy eso.

Desde mi temprana infancia, muchas personas me identificaron como muy inteligente. Aprendí a leer muy rápidamente, apenas un mes y medio después de iniciar el primer año de mi educación básica, primaria. Destaqué en todo lo que tenía relación con lectura y escritura, pero todo lo que tenía que ver con números (matemáticas), mi desempeño era deficiente en extremo, prácticamente deplorable. Nací neuro-divergente, padeciendo un trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) que nunca se detectó, crecí en desatención por parte de mi madre y objeto de una violencia terrible perpetrada por un narcisista maligno —un psicópata—, mi padre.

Desde mi más temprana infancia me interesó mucho la lectura, pasé mucho tiempo leyendo y eso representó un estudio autodidacta de mi lengua materna, el español.

Fallé en mis estudios, pero me convertí en un autodidacta, aprendí matemáticas, física y materias de ingeniería; mi formación académica es muy sólida. También aprendí así —como autodidacta, principalmente— una lengua extranjera, el inglés, y me convertí en un traductor inglés-español, y así me he ganado la vida, por temporadas.

A riesgo de sonar narcisista, puedo decir que he enfrentado una adversidad muy severa (a la que muchos hombres no habrían sobrevivido), me he fortalecido, haciendo uso de un mecanismo psicológico de defensa: Compensación.

Todo esto ha contribuido a que la imagen que proyecto, con características como un nivel intelectual/cultural poco común, despierten envidia en muchas personas; así ha sido a lo largo de mi historia de vida. En muchos casos (decenas, tal vez cientos de ocasiones) las agresiones de que fui objeto no fueron graves, pero el efecto fue severo, por ser tan numerosas; mas hubo individuos que me detestaron o me odiaron, fingieron ser amigos o terapeutas (médicos psiquiatras) dispuestos a ayudarme. También fui objeto de acoso laboral (evito usar la palabra víctima porque no quiero parecer un manipulador, no lo soy) y las consecuencias de eso fueron tan graves que pudieron haberme costado la vida, o como mínimo, pude haber acabado arruinado por abuso de sustancias (adicciones a drogas legales y no legales).

Continuaré en la siguiente entrada