El domingo pasado entrené en mi bicicleta, cuadro de aluminio muy pesado, con llantas muy anchas y que se inflan a una presión menor a lo acostumbrado (alrededor de 120 libras por pulgada cuadrada), y por ello, el esfuerzo es mayor a lo acostumbrado.
Durante
muchos años usé otra bicicleta, también cuadro de aluminio, pero mucho más
ligero (marca Cannondale), con llantas angostas y que se inflan a más alta
presión 120 (psi [libras por pulgada cuadrada]). Una vez que fui despojado de
mi empleo en esa farmacéutica —donde fui objeto de acoso laboral y se manejó el
asunto como si yo fuera el agresor y la peor alimaña que jamás pasó por el
lugar—, hace ya más de cinco años (fui despedido un 17 de agosto de 2021,
martes), incrementé mis esfuerzos aún más; había comenzado a hacer eso en enero
de ese año, 2021, se aceleró mi metabolismo, caí en un estado de agotamiento
físico y un estrés postraumático muy severo. La afectación fue grave, tanto en
lo mental (psíquico) como en lo físico.
Perdí
mucho peso, que primero descendió a 65 kg, después a 60 kg con 1.78 m de
estatura. Durante los últimos seis meses, tal vez más, he reducido mucho el
entrenamiento en bicicleta, simple y sencillamente porque el agotamiento me
obligó a ello. No obstante, he aumentado (si bien, no en gran medida), el
entrenamiento de fuerza, musculación, que se compone de unos cuantos
ejercicios: lagartijas (planchas), ejercicios con mancuernas y una barra,
usando una banca de nombre benchpress, algo así, unos dos o tres días por
semana; más que eso no, pues debe ser complementario, nunca la parte medular de
la actividad física.
Mi
ingesta calórica es altísima, se compone principalmente de una mezcla de cereal
(arroz) y leguminosa (frijol), a la que agrego un huevo y cebolla morada con
ajo, crudos. Consumo también mucha papa (carbohidrato complejo), carne de res;
otro cereal (avena), sin azúcar, con fruta, principalmente papaya y últimamente
he agregado melón.
He
intentado liberarme del síntoma más problemático de la grave neurosis que
padezco, pero lo consigo durante periodos de tiempo de unas pocas horas, en
ocasiones el efecto benéfico se prolonga a un día, pero regresa y me provoca un
malestar que me abruma.
Ayer
lunes 28 de septiembre me sentí muy mal. Agotamiento físico por los esfuerzos
de la semana anterior (entrenamiento en bicicleta, pese a haber recorrido pocos
kilómetros, a lo que agregué ejercicios de fuerza), dormí mucho durante el día
y durante la noche. Al amanecer del martes seguía sintiéndome mal; ya no tanto
en lo físico, pero sí en lo anímico.
Preparé
y comí mi “almuerzo nutritivo” (esa mezcla de arroz, frijol, un huevo con
cebolla roja, ajo y sal de grano), corté en trocitos y cocí un par de papas que
por descuido había dejado crudas la semana pasada (había preparado una cantidad
considerable, alrededor de 1.5 kg), bebí una taza de café (que he consumido en
mínima cantidad durante los últimos meses, desde la última semana de abril,
sustituyéndolo por té), y de pronto me sentí mejor. Me había abrumado la
conciencia de que durante muchos años (desde principios de 1998,
independientemente de lo que haya sucedido antes), viví en la desesperación,
después de haber sido apuñalado por la espalda por mi amigo David en AVEX Electronics de M., y todo lo que sucedió
después.
Mientras
comía mi almuerzo nutritivo y después pelaba un par de papas y las cortaba en
trocitos para cocerlas en la estufa, cobré conciencia de que pese a toda la
adversidad que me he visto obligado a enfrentar, la parte positiva de mi existencia
es muy significativa, tanto que podría ser considerada excepcional.
Recordé
a un hombre ejemplar, un estadounidense, Glenn Cunningham, que vivió entre 1909
y 1988 (es decir, cerca de 78 años) y otros personajes que deben ser
considerados héroes, como Wilm Hosenfeld, el oficial alemán nazi que salvó la
vida de tres judíos en Polonia y de unos 60 polacos no judíos; de Hans y Sophie
Scholl, con Cristoph Probst y los otros miembros de La Rosa Blanca; Patrice
Lumumba, el primer Primer Ministro de El Congo; con otros hombres y mujeres
excepcionalmente valientes que se apegaron a la ética, a la honestidad y a la
decencia, lo que más admiro y puede motivarme para seguir con mi vida.
No
menos importante, lo que he aprendido leyendo la obra de Erich Fromm, uno de los
padres del psicoanálisis, que dice que el ser humano debe conocerse a sí mismo
(lo cual involucra soledad y aislamiento, que aterra a muchísimas personas y
por ello ni siquiera lo intentan) y desarrollar sus potencialidades.
Hoy
lunes 29 de septiembre, cerca de las 11 horas, me siento mejor. Procuraré
llevar en mente las ideas arriba expresadas para superar mi inmovilidad (uno de
los síntomas más problemáticos de la grave neurosis que me aqueja) e intentaré
volver a trabajar, intentaré usar la escritura como actividad creativa (otra de
las enseñanzas de Erich Fromm) y continuaré ejercitándome, evitando hacerlo de
manera compulsiva.
Nunca
es tarde, pese a que me encuentro en la séptima década de mi vida; más aun
tomando en cuenta que con 62 años de edad, mi organismo funciona
excepcionalmente bien (a riesgo de sonar narcisista), por una genética favorable
—lo cual no tiene ningún mérito, eso es algo que me dio la vida, la naturaleza—
y por haber optado por vivir con buenos hábitos de higiene, régimen alimentario,
actividad física (deporte) y esforzarme no solamente en lo que me resultó fácil
(lectura y escritura, por contar con un talento para ello), sino también en lo
que parecía difícil y muy difícil (números, desde aritmética elemental hasta
matemáticas nivel ingeniería); algo que muy pocas personas hacen.
Mientras
haya vida habrá esperanza






















