lunes, 13 de julio de 2026

Antagonista David, segunda parte

 


Perdí el contacto con David durante unos cuatro años. Cuando volvimos a encontrarnos (en la institución donde fuimos compañeros, Universidad Jesuita), le informé que practicaba el ciclismo de ruta. Comenzamos a frecuentarnos, si bien, eso sucedía de manera muy esporádica. La convivencia con él siempre fue muy difícil, porque no podía (ni siquiera intentaba) disimular el odio que le despertaba observar mis características anatómicas, la potente musculatura de mis piernas y mi figura atlética.

Después de pasar por el periodo más difícil de toda mi vida, David me contrató para mi primer empleo. Yo pensaba que encontrar un solo amigo como él en la vida hacía que mi existencia fuera muy afortunada. Ingresé a mi primer empleo, con 33 años y medio de edad, un 17 de noviembre. Mi desempeño fue considerado excelente y eso hizo que se gestara en mi “amigo” una furia de intensidad homicida. En la última semana de enero del año siguiente (es decir, apenas unas nueve semanas más tarde), David me atacó haciendo uso de una violencia verbal extrema, intentó vejarme, denigrarme, humillarme. El primer día hábil de febrero presenté mi renuncia, mi vida cayó a un precipicio.

He odiado a ese mal individuo, no lo he buscado para cobrársela —vengarme— porque no quiero arruinar mi vida, acabar privado de la libertad. Quisiera cambiar eso, dejar de odiar a ese individuo débil en extremo que vivió padeciendo una patología narcisista muy grave, megalomanía.

El origen de eso es su debilidad mental, tan grave como su debilidad física; tal vez incluso aún más grave. A todas luces, su sufrimiento tiene su origen en su anatomía, algo antinatural que hace de él un mutante; persona gordi-flaca, distrofia muscular.

Él me pegó (me apuñaló) por la espalda, mi familia completó la agresión meses más tarde. Cuando sucedió eso, a mi padre le quedaban nueve años de vida, y viviría torturándome hasta el último día de su existencia. Cuando murió mi progenitor, mi situación no cambió (no mejoró) mucho, seguí viviendo en la desesperación. Intenté trabajar, lo hice, pero todo resultó inútil. A partir de que renuncié a ese primer empleo de toda mi vida, en febrero de 1998, tuvieron que pasar más de 17 años, antes de que pudiera conseguir algo a lo que pudiera llamar empleo, que no fueran ocupaciones denigrantes porque involucraban labores para las que no se requiere casi nada de capacidad mental/intelectual, como “operador”, eufemismo de la palabra obrero.

David es un ejemplo típico de un individuo que evitó enfrentar la realidad, la verdad, lo cual dio origen a su patología en extremo grave, su megalomanía; y al cometer esa vileza, traicionar a un hombre que confió en él, a quien llamó “amigo”, se dirigió hacia un precipicio, asegurando así su autodestrucción.

Cuando recuerdos de él broten en mi mente, en mi memoria, un mecanismo mental me permitirá suprimir el malestar muy severo que me ha aquejado al recordar a un individuo como ese. Ya no me expresaré de su persona usando adjetivos, palabras, muy ofensivas, como “ultra cobarde”, “ultra maricón”, “histérico nivel mujer menopáusica o postmenopáusica”, etc.

Ya en la séptima década de mi vida (con 62 años de edad), mi anatomía es la de un hombre delgado pero fuerte, físicamente apto, la proporción masa muscular/tejido adiposo de mi anatomía es poco común incluso en hombres que tienen la mitad de mi edad; mi nivel intelectual/cultural es poco común, etc.

 Dice Erich Fromm (mi gran maestro) que el ser humano lleva consigo tendencias biófilas y tendencias necrófilas. Eso da lugar a un conflicto interior y de ahí surge la creatividad. En algunos individuos predominan las tendencias necrófilas; mi padre y David son ejemplos de eso —con muchos otros, nunca escasos—; y en mí (a riesgo de parecer narcisista) predominan las tendencias biófilas.

He sido considerado violento, la razón de ello es que he sido emocionalmente inestable. En parte así nací (parte de mi constitución), en gran parte el origen de ello es la violencia que dominó mi vida, perpetrada principalmente por mi padre y por individuos que tenían mucho en común con él. La verdad es que no soy tan violento.

Ahora que he sido capaz de asimilar mi realidad, mi historia de vida, y estoy a punto de eliminar ese síntoma tan problemático de la grave neurosis que me ha aquejado durante tantos años (décadas), la obsesión —muchísimos recuerdos de violencia perpetrada en mi contra—, puedo alcanzar la sanación; ello permitirá dar cauce a la creatividad, algo característico del ser humano, según Erich Fromm, mi gran maestro.

Espero que así sea  

Antagonista David, primera parte

 


Ingresé en la universidad un año tarde, pues en preparatoria (bachillerato) perdí un año, por haber sido expulsado de una institución en la que se consideraba a uno de los más grandes genocidas (Adolfo Hitler) y a sus secuaces, héroes incomprendidos de la historia, porque habían combatido el comunismo.

David era un año menor que yo. Él era un excelente estudiante, yo era lo más opuesto a eso, se me dificultaba aprender casi todo, me había matriculado en una licenciatura que no era para mí (ingeniería) porque había percibido a quienes se dirigían a cursar estudios que no llevaban números (matemáticas) como débiles, y yo no quería ser eso, débil. Fue un error, pero no me arrepiento porque aprender matemáticas, física y otras materias de ingeniería me fortaleció en gran media, algo que hice como autodidacta.

David y yo fuimos compañeros durante el primer semestre, en un grupo único del turno vespertino. Al inicio del segundo, él se cambió al turno matutino porque el maestro que nos asignaron para el segundo curso de matemáticas no resultó de su agrado. Volvimos a coincidir en el cuarto semestre, los primeros tres semestres eran “tronco común” y a partir de cuarto, llevábamos las materias de la licenciatura en cuestión, ingeniería electrónica.

Él se graduó al cabo de los ocho semestres reglamentarios, habiendo destacado, uno de los mejores alumnos de su generación. En contraste, yo no había acreditado siquiera la mitad de las materias del plan de estudio y mi familia (mis padres) no sabían eso. Mi desempeño había sido terriblemente deficiente.

Unos años antes, cuando cursábamos el primero o el segundo semestre, un día vi a David en una pista de atletismo en un lugar muy lejano a nuestro plantel educativo. Yo había entrenado en ese lugar durante años, intentando convertirme en un corredor de medio fondo. David recorrió una distancia de 100 metros con un acompañante. La velocidad era extremadamente baja, como alguien que camina apresuradamente. Él llevaba puesta una camiseta deportiva de manga corta y unos pantalones deportivos, conocidos coloquialmente con el nombre “pants”. Por ello no pude ver su anatomía, y al cruzar la meta, la expresión del rostro de David era de agonía como si realizara un esfuerzo extremo.  

Años más tarde, en el verano en que él cumplió 21 años de edad, llegué a su casa en compañía de una de mis hermanas. Bajé del auto y accioné el timbre. Dialogaba con esa hermana cuando volví la cabeza y vi a alguien en el umbral de la puerta. Un individuo septuagenario, vistiendo pantalones cortos y camiseta sin mangas y por ello resultaba visible buena parte de su anatomía: huesos cubiertos de piel, un anciano que padecía una desnutrición grave. Él habló y reconocí la voz de David, lo cual hizo que me percatara de mi error, no era un anciano septuagenario que aparentaba padecer una inanición que pronto lo llevaría a la tumba, era ese compañero y “amigo” un año menor que yo.  

Durante la segunda mitad del año 1997, David me citó en su vivienda un día entre semana, durante la tarde. Él había terminado su jornada laboral a las 17 h, se hallaba con su esposa y su hijo, de dos o tres meses de edad, y se había quitado la camisa y la corbata que debía usar en su lugar de trabajo. Llevaba puesta una camiseta sin mangas (ropa interior), sus brazos eran débiles, flácidos en extremo, y bajo las axilas comenzaban los rollos de grasa, tejido adiposo (llamados coloquialmente “lonjas”), pese a que su peso corporal andaría en 70 kg con 1.83 m de estatura.

Persona “gordiflaca”, término coloquial que describe una anatomía anormal, cuyo origen podría ser una mutación, distrofia muscular.

Es por eso que David me odiaba. Muchos años antes (durante la década de los años 1980s, tal vez en 1984 o 1985) él me había visitado en mi casa, yo vestía prendas deportivas (practicaba la carrera pedestre) y había observado mis características anatómicas, la musculatura de mis piernas y el tono muscular por arriba de mi cintura.

El más terrible de mis antagonistas, mi padre

 


Mi padre nació 26 años y ocho meses antes que yo. Cuarto de seis hijos varones (sin hermanas, sexo femenino), su padre era un hombre de carácter autoritario extremo. Según Erich Fromm, el carácter autoritario se compone de una parte sádica y otra masoquista; el individuo sádico necesita someter a otros, el individuo masoquista necesita ser sometido.

Ese padre de mi progenitor, mi abuelo paterno, golpeaba a sus hijos salvajemente, cuando se disponían a tomar un baño, habiéndose despojado de sus prendas de ropa, desnudos, lo cual elevaba su sufrimiento por la intensidad del dolor resultante.

Mi abuela materna murió cuando mi padre contaba con unos 13 años de edad. Su padre volvió a contraer nupcias y por el conflicto entre mi padre y su madrastra, su padre lo echó de casa. No sé si eso es cierto.

Naturaleza humana, destructividad, necesidad de venganza, agresión desplazada… Mi padre sabía que yo no podía ser responsable de nada de lo arriba mencionado, la razón parece obvia y por ello no voy a mencionarla. No le importaba que yo no hubiera causado ese sufrimiento del que mi padre fue víctima (en el supuesto de que sea cierto, o lo sea al menos en parte), pues él no buscaba quién se la hizo, sino en quién desahogar la furia que ese sufrimiento le provocaba.

¿Qué hacer cuando alguno de los miles de recuerdos de vivencias difíciles con ese terrible progenitor que tuve broten en mi mente, en mi memoria?

Puedo asimilar mi historia de vida, cobrar conciencia de que fui capaz de vencer una adversidad terrible que pudo haber matado a otros hombres (muchos me han juzgado sin ningún derecho, sin elementos), me fortalecí, fui capaz de enfrentar la verdad —evité refugiarme en la fantasía, desarrollar una patología narcisista muy grave—, evaluarme a mí mismo de una manera objetiva y realizar esfuerzos (en algunos casos titánicos) durante periodos de tiempo muy prolongados, para fortalecerme.

Fui mucho más fuerte que mi padre, lo vencí contundentemente. Percibir a ese individuo como mentalmente débil, impotente en lo vital, y cobarde —tres características terribles del ser humano— puede convertirse en un mecanismo mental que me permitirá suprimir ese síntoma tan problemático de la neurosis que padezco: la obsesión.

Al pensar en él, o expresar algo, ya sea de manera verbal o escrita, seré capaz de referirme a mi padre como alguien a quien “se le salía la materia fecal (mierda) por el hocico”, o como un “sádico, torturador, despiadado, que se valía del llanto para manipular a quien tuviera cerca”, también como un “depravado, incestuoso que incluso atacó sexualmente a una hija (intentó violarla) y abusó sexualmente de tres hijos que tuvo con una concubina” —llevando una vida doble, algo característico de un psicópata.

Puedo pensar en él como en un individuo que por cobardía evitó percibir la verdad, se hizo prisionero a sí mismo, intentó anestesiar su sufrimiento psíquico mediante el abuso de alcohol etílico, lo cual lo llevó a una tumba prematura; su hígado se deshizo.

En algún momento dejaré de odiarlo —no lo perdonaré, no puedo hacer tal cosa—, sentiré indiferencia por él y tal vez algún día sienta pena (lástima) por ese individuo que decidió no evitar convertirse en una piltrafa humana.

Cuando eso suceda, habré alcanzado la sanación.

Mi interés en el tema de la destructividad humana, violencia. Segunda parte

 


Mi padre murió hace 18 años y siete meses. Lo vi por última vez dos años y cuatro meses antes de su deceso, no fui a su funeral y hasta el día de hoy, no he sido capaz de dejar de odiarlo.

Debo decir que odiar a un enemigo no es algo incorrecto, en lo más absoluto. Ese individuo terrible, mi padre, fue un narcisista maligno, un psicópata. Durante mi temprana infancia, me hizo responsable de todo lo que estaba mal en su vida —sin tomar en cuenta de que la mayor parte de su problemática se originó años, décadas, antes de que yo llegara al mundo—, y siendo todavía un niño, me hizo responsable de todo lo que estaba mal en el mundo, a lo largo de toda la historia de la humanidad. Vivió torturándome psicológicamente; mi madre no se percataba de ello, en el mejor de los casos.

Odiar a mi padre —que parecería un ser demoniaco, sádico torturador despiadado, por añadidura depravado en lo sexual y manipulador— fue algo muy acertado, se dio de manera natural, porque —sin que yo tuviera conciencia de ello— me dio la energía y la determinación para ser muy diferente a él, y lo conseguí. No se cumplieron sus profecías; él decía que en la edad adulta me convertiría en un individuo inculto, analfabeto funcional, mamarracho, deforme en mi anatomía (sobrepeso, obesidad, abundante tejido adiposo, abdomen abultado, lonjas, tetas, etc.,), adicto a tabaco y alcohol, a fármacos y drogas no legales; terriblemente irresponsable, le fallaría miserablemente a mi familia, a mi cónyuge y a mis hijos, etc.

Mi grave patología, neurosis (resultante de la violencia que dominó mi vida desde mi temprana infancia) se manifiesta de diversas formas. Una de ellas es recordar en todo momento y en todo lugar, vivencias de violencia de todas las etapas de mi historia de vida, en las que los personajes más frecuentes son mi padre y otros individuos que padecían patologías narcisistas de diversa gravedad.

Uno de los individuos que me hicieron más daño fue un compañero de la universidad. Su nombre es David, lo vi por última vez el día que presenté mi renuncia al primer empleo de toda mi vida, que desempeñé durante menos de tres meses, porque siendo mi jefe directo, intentó vejarme, denigrarme. El objeto de esa violencia (en extremo cobarde) fue su muy grave patología narcisista. Lo vi por última vez un lunes 2 de febrero de 1998, es decir, hace 28 años y cinco meses. No sé si desde esa fecha ha transcurrido un solo día en que no haya pensado en él. Me atacó (como lo había hecho antes, en numerosas ocasiones) con una furia de intensidad homicida, manifestando su cobardía extrema (porque sabía que yo no iba a responder a su agresión, física ni verbalmente, por las consecuencias que eso tendría), como una mujer menopáusica o posmenopáusica en un ataque de histeria.

Mi padre y ese megalómano despreciable de nombre David, son dos de los personajes más importantes que en mi historia de vida me atacaron con furia de intensidad homicida, lo que me hicieron pudo haberme costado la vida, o como mínimo, pudo haberme arruinado.

Necesito dejar de odiar. ¿Cómo conseguir eso?

Se me ocurrió que puedo asimilar esa violencia (y la violencia perpetrada contra mí por muchas otras personas) como parte de la naturaleza humana, la parte destructiva. De ahí surgió mi interés por el tema, e incluso en fecha reciente traduje material que encontré sobre Erich Fromm, una conferencia que dio en la ciudad de Nueva York sobre el tema, a finales del año 1968.

Mencionaré algo muy importante en la siguiente entrada, sobre ese antagonista terrible, David. Su debilidad era extrema, no solamente en su físico, sino también en lo mental. Merecería lástima.

Mi interés en el tema de la destructividad humana, violencia. Primera parte

 


En fecha reciente, busqué información en internet sobre naturaleza humana, la parte negativa, la destructividad del ser humano.

He leído a Erich Fromm, parte de su obra. En El Corazón del Hombre, menciona las diferentes formas de violencia (capítulo 2), entre las más importantes, celos y envidia.

Desde mi infancia (o tal vez desde mi adolescencia) me percaté de que un número de personas mostraban actitudes de hostilidad y agresividad hacia mi persona sin razón aparente. Eso continuó a lo largo de las diferentes etapas de mi vida. Al llegar a la pubertad, mi rostro se llenó de acné y por ello fui objeto de burlas y agresiones que tienen que ver con eso. También comencé en la adolescencia a convertirme en un deportista (practicando la carrera pedestre), actividad que realicé durante unos 10 años y me vi obligado a abandonar por lesiones en los tendones de Aquiles, por correr sobre superficies duras (asfalto, cemento, concreto hidráulico).

Con unos 26 años de edad, empecé a practicar el ciclismo de ruta. Competí durante algunos años y tampoco destaqué, más que en una medida muy modesta (carreras domingueras de unos 100 km de recorrido); gané una, en varias quedé entre los tres primeros lugares, en muchas, entre los 10 primeros lugares. Algo que no quedó registrado en ningún archivo, porque no conlleva la menor importancia.

Mis capacidades físicas son muy modestas. El entrenamiento fortalece tanto músculos voluntarios como otros músculos —corazón y pulmones— pero el avance es limitado; la inmensa mayoría de los seres humanos no contamos con la posibilidad de llegar al alto rendimiento. Yo fui un deportista (lo sigo siendo, pero hace muchos años abandoné la competición) de capacidades muy limitadas, pero mi apariencia era la de alguien que compite en Juegos Olímpicos, Campeonatos Mundiales —en carrera pedestre, medio fondo— o en carreras clásicas y de etapas en Europa, como el Tour de Francia, el Giro de Italia, la Vuelta a España, el Giro en Suiza, etc.

No destaqué, pero sí dediqué mucha energía a esa actividad deportiva, y —simultáneamente— me interesó mucho vivir con buenos hábitos, consumir alimentos nutritivos, sanos, evitar el consumo de aquello que no es tal cosa y en cambio resulta no nutritivo y tóxico. La imagen que proyectaba (y eso no ha cambiado mucho, pese a que ya me encuentro en la séptima década de mi vida, con 62 años de edad) era la de un deportista de los que destacan al más alto nivel.

No sé de dónde vinieron mis ancestros, la verdad, no quiero saber. Parece tener sentido suponer que vinieron de Europa central (tal vez a finales del s. XIX, parte de la comitiva de un emperador importado del imperio Austrohúngaro). Mi piel es muy blanca, mi fisonomía no es la de un mestizo –que es lo que soy y no pretendo ser otra cosa. He aprendido a amar a mi país y siento desprecio por esos conciudadanos míos que pretenden encarnar a lo que antes de la independencia fueron peninsulares y criollos, hoy llamados coloquialmente Whitexicans. No soy eso.

Desde mi temprana infancia, muchas personas me identificaron como muy inteligente. Aprendí a leer muy rápidamente, apenas un mes y medio después de iniciar el primer año de mi educación básica, primaria. Destaqué en todo lo que tenía relación con lectura y escritura, pero todo lo que tenía que ver con números (matemáticas), mi desempeño era deficiente en extremo, prácticamente deplorable. Nací neuro-divergente, padeciendo un trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) que nunca se detectó, crecí en desatención por parte de mi madre y objeto de una violencia terrible perpetrada por un narcisista maligno —un psicópata—, mi padre.

Desde mi más temprana infancia me interesó mucho la lectura, pasé mucho tiempo leyendo y eso representó un estudio autodidacta de mi lengua materna, el español.

Fallé en mis estudios, pero me convertí en un autodidacta, aprendí matemáticas, física y materias de ingeniería; mi formación académica es muy sólida. También aprendí así —como autodidacta, principalmente— una lengua extranjera, el inglés, y me convertí en un traductor inglés-español, y así me he ganado la vida, por temporadas.

A riesgo de sonar narcisista, puedo decir que he enfrentado una adversidad muy severa (a la que muchos hombres no habrían sobrevivido), me he fortalecido, haciendo uso de un mecanismo psicológico de defensa: Compensación.

Todo esto ha contribuido a que la imagen que proyecto, con características como un nivel intelectual/cultural poco común, despierten envidia en muchas personas; así ha sido a lo largo de mi historia de vida. En muchos casos (decenas, tal vez cientos de ocasiones) las agresiones de que fui objeto no fueron graves, pero el efecto fue severo, por ser tan numerosas; mas hubo individuos que me detestaron o me odiaron, fingieron ser amigos o terapeutas (médicos psiquiatras) dispuestos a ayudarme. También fui objeto de acoso laboral (evito usar la palabra víctima porque no quiero parecer un manipulador, no lo soy) y las consecuencias de eso fueron tan graves que pudieron haberme costado la vida, o como mínimo, pude haber acabado arruinado por abuso de sustancias (adicciones a drogas legales y no legales).

Continuaré en la siguiente entrada

Qué hacen las personas envidiosas cuando no pueden competir contigo | Carl Jung



Existe algo más perturbador que el fracaso, y es percatarse que otra persona se ha convertido en lo que el observador evitó convertirse.

Eso es el efecto espejo

No es el éxito lo que ofende a las personas envidiosas, sino la existencia de quien lo ha conseguido, porque cuando esa persona se ha superado, se ha convertido en evidencia; evidencia de que la disciplina fue una posibilidad, de que el valor se hallaba disponible, de que los pretextos fueron elección propia. En el momento en que la vida de un triunfador se convierte en evidencia, la comodidad empieza a derrumbarse, porque la presencia de la persona observada deja de ser neutral; se convierte en la confesión que siempre jamás estuvieron dispuestos a hacer.

La envidia es el tributo que la mediocridad paga al genio, y cuando el envidioso se da cuenta de que no puede competir contigo, deja de competir, de intentar superarte, y empieza a intentar manchar tu imagen. La mayoría de las personas no entienden lo que es la envidia, piensan que es resentimiento; no es tal cosa.

El resentimiento dice: no me gusta lo que tú tienes; la envidia dice: no puedo soportar lo que tu existencia dice de mí. Esa es una herida más profunda, una humillación más privada, porque la envidia no es detonada por tus logros solamente, es detonada por tu postura, por tu dedicación, por tu orden, por tu negativa a traicionarte a ti mismo buscando la aprobación de otros. Es eso lo que hace sentir mal al envidioso, no los aplausos que recibes, tus títulos, tu éxito evidente; sino la estructura sobre la que todo eso descansa.

Carl Jung llegó a comprender que la mayoría de las personas pasan sus vidas evitando. Los seres humanos no se sienten perturbados por lo que perciben en el exterior, sino por lo que eso les despierta dentro de sí mismos. Jung llamó a esto la sombra, el yo rechazado, el yo negado, el yo no vivido. Todo lo que una persona pudo haber desarrollado, pero evitó hacerlo. Todo aquello en lo que deseaba convertirse, pero optó por no intentar; todo aquello de lo que era capaz, pero sepultó bajo la comodidad, el temor, la conformidad o la cobardía. Y cuando alguien más empieza a personificar esa posibilidad soterrada, la sombra se inquieta. Es entonces cuando la envidia se convierte en algo psicológicamente peligroso, porque la persona que la siente no percibe con claridad a quien envidia; la percibe de manera simbólica. No es solamente una persona, sino un recordatorio; un recordatorio de su vacilación, su compromiso, sus años desperdiciados, sus potencialidades no desarrolladas. Luego, es necesario comprender esto claramente, no odian a quienes envidian, en realidad no, odian la versión de sí mismos que ven reflejada en la otra persona, que es simplemente la pantalla en la que ellas proyectan su vida no vivida.

Es por eso que sus reacciones parecen irracionales, porque lo son. En lugar de decir, “me avergüenzo por haberme traicionado al optar por no desarrollar mi potencial”, dicen, “piensas que eres superior a todos”. En lugar de decir, “tu valor evidencia mi pasividad”, empiezan a adjudicarte defectos. Eso es proyección, eso es el discurso de sombra. Y eso por ello que el proceso al que Jung llamó individuación perturba a la multitud inconsciente; porque la mente despierta no predica, demuestra.

Así, cuando las personas envidiosas se dan cuenta de que no pueden competir contigo, no pueden eclipsarte, no pueden superarte en nada, se adaptan y sus métodos se vuelven más tenebrosos.

Silencio selectivo

La primera jugada rara vez es agresión; la primera jugada es ausencia, silencio selectivo.

Ellos observan cuidadosamente, cuando tú enfrentas dificultades, ellos están presentes; cuando dudas de ti mismo, ellos muestran calidez; cuando sientes incertidumbre, ellos están disponibles. Pero cuando ganas, cuando tu victoria es evidente, ellos desaparecen. No hay felicitaciones, reconocimiento ni energía.

A primera vista parece algo sin mucha importancia, casi inofensivo. Pero el silencio es información, especialmente cuando es selectivo. Porque las personas genuinas sienten alegría cuando sus esfuerzos son recompensados, podrían no ser capaces de entender tu proceder, pero pueden reconocer la sinceridad.

Las personas envidiosas no pueden

Tu éxito ejerce presión sobre la imagen que ellas tienen de sí mismas. Por ello, en lugar de celebrar tus logros, se retiran emocionalmente, para protegerse. Esto no es neutralidad, es una negativa encubierta. La intención es que su silencio disminuya tu disfrute, que sientas su ausencia y empieces a devaluarte a ti mismo.

No lo hagas. Su silencio no es un veredicto, es evidencia; evidencia de que tu crecimiento ha entrado en un territorio en el que la comparación empieza a manifestarse. Si el silencio no cumple su función, ponen en práctica la reducción. Este es el efecto atenuador. Es un ritual pasivo agresivo ideado para hacer que tu avance parezca accidental, no un resultado merecido, no producto de la disciplina, nada excepcional.

Escucharás frases de este tipo: “sincronía perfecta, tuviste suerte; debe ser agradable, veremos si resiste el paso del tiempo”.

Superficialmente, estos parecen comentarios de poca importancia, pero psicológicamente, no son comentarios; son intentos por corregir. La mente envidiosa no puede permitir que tus logos continúen siendo evidencia de mérito, por ello, redefine tu logro como producto del azar, porque ese fruto es resultado de esfuerzo; mientras que su carencia de éxito es consecuencia de haber elegido no hacer nada. Eso les resulta intolerable.

Así, ellos niegan tu disciplina, suprimen el tiempo que te tomó esforzarte, se burlan de tu apasionamiento; hacen que los patrones que tú has establecido para ti mismo parezcan trivialidad. Lo que ellos llaman suerte, la mayor parte del tiempo es preparación, que ha sido percibida demasiado tarde; lo que ellos llaman obsesión, frecuentemente es concentración, que ellos nunca desarrollaron; y lo que ellos califican como poco profundo, frecuentemente es algo que requiere una capacidad de la que ellos carecen.

Ahora la envidia se convierte en estrategia, porque cuando se percatan de que no pueden superarte en una confrontación uno a uno, buscan hacerse acompañar por otros individuos. Esto es reclutamiento de sombra, no te atacan directamente, porque eso sería demasiado revelador. En lugar de ello, hacen propagar la idea de que sienten preocupación, preocupación sutil, preocupación fingida, preocupación como arma.

“No sé, ha cambiado, espero que el éxito no se le haya subido a la cabeza; no es mi intención perjudicarlo, es preocupación lo que siento”.

No, esto no es preocupación, es siembra de narrativa, una estrategia sutil. La intención no es destruirte de manera fulminante; la intención es generar confusión, hacer que otros titubeen, hacer que tu presencia resulte indeseable, que otros duden de tus intenciones antes de que si quiera empieces a hablar. Debido a que las personas inseguras comprenden lo que sucede de manera instintiva, si no pueden conseguir que tu valor se vea disminuido, intentarán disminuir la confianza que despiertas en otras personas. Para ello reclutan a individuos mentalmente débiles; no con hechos, sino con entonación; no con evidencia, sino con implicación.

Esta es una de las armas más antiguas de la historia, la intención no es acusar, sino contaminar.

Cuando no pueden deformar la realidad, empiezan a atacar tu reputación. Eso es reclutamiento de sombra, que resulta especialmente insidioso, porque disfraza el desprecio como compasión, la farsa de la empatía.

Cuando la gente envidiosa ya no puede negar tu éxito, empieza a lamentarlo. De pronto se convierten en filósofos.

“Sí, ¿pero es feliz realmente? Parece una existencia solitaria, se ha vuelto demasiado intenso, demasiado serio; yo no querría vivir así”.

Observemos la jugada

No pueden despojarte de tu éxito, entonces intentan hacer que tu éxito parezca algo muy desafortunado, trágico. ¿Por qué? Porque la compasión es un anestésico psicológico.

 

Si consiguen convencerse a sí mismos de que tu crecimiento te obligó a pagar un precio demasiado alto, tu humanidad, sienten que ya no son menos que tú. Ahora se sienten en equilibrio, normales, sanos. Pero es así como la mediocridad se protege a sí misma, no atacando a aquello que representa grandeza, sino asociando esos logros con pérdida emocional.

En ocasiones la senda de la individuación es de soledad, pero la soledad no siempre es una herida que duele; en ocasiones, es filtración.

La última jugada es la más reveladora, Distorsión de Carácter

Cuando la gente envidiosa acepta que no puede eclipsar tu desempeño, no puede minimizar tus victorias, no puede aislarte en la medida en que ellas quisieran, su objetivo es atacar la identidad. Reescriben tu historia. De pronto tu confianza se ha convertido en narcisismo, tus límites se convierten en crueldad, tu determinación se convierte en obsesión; tu privacidad se convierte en manipulación, tu ambición se convierte en codicia, tu calma se convierte en conspiración.

Esto no es desacuerdo, esto es una guerra de narrativa, la cual depende siempre de invertir los valores. Necesitan que tú te conviertas en el individuo indeseable, pues si continúas proyectando la imagen de una persona competente, decente, su amargura no puede ser ocultada. Así fabrican una versión de lo que tú eres que justifica su hostilidad; una versión más fría, más áspera, una versión más susceptible de provocar resentimiento.

No te sientas agobiado por eso. Quienes no pueden alcanzar tu nivel, frecuentemente intentan dañar tu imagen. Requiere menos esfuerzo que la superación y requiere de menos tiempo que confrontarse a sí mismos.

Aquí aparece la parte medular, la que la mayoría de las personas jamás llegan a dominar.

El instinto del yo herido es explicar, defender la intención, corregir lo que se ha registrado, obligar a las personas a que entiendan. Pero Maquiavelo te diría algo más distante emocionalmente.

Nunca busques la claridad en espacios dominados por la distorsión.

¿Por qué?

Porque la reacción concede legitimidad, la explicación invita a la negociación.

Defenderse implica vulnerabilidad, y la gente envidiosa aprovecha la oportunidad para aproximarse. Buscan tus palabras, tus emociones, tu energía, tu participación.

¡No se las des!

La ley más elevada es la indiferencia estratégica; no es pasividad, no es debilidad; es precisión. No respondes a todas las falsedades, no tomas en cuenta todos los rumores; así te vuelves inalcanzable, no físicamente, sino psicológicamente.

Dejas de buscar la justicia, de probar tu inocencia; no intentas más manifestar tu profundidad de pensamiento ante gente que se ha comprometido con la superficialidad.

Eso es soberanía

En el momento en que tu paz interior se vuelve más valiosa que tu necesidad de ser entendido, tus principios se hacen inmunes a la confusión pública.

El verdadero poder no consiste en controlar lo que otros dicen, el verdadero poder ya no necesita participar en lo que se dice; eso es dominio, es negarse a entregar tu sistema nervioso.

Entonces, esta es la interrogante

¿Estás dispuesto a permitir que ellos se equivoquen en lo que a ti respecta para conservar tu integridad? Si eres uno de los estrategas silenciosos, si entiendes que el verdadero poder es la calma, disciplinada e inalcanzable… continúa tu camino, sigue avanzando sin dar explicaciones.

 



What Jealous People Do When They Can’t Compete with You – Carl Jung (from YouTube)

 


There is something more disturbing than failure, it is seeing someone become what you refused to become.

That is the mirror effect

Your success is not what offends jealous people, your existence is, because when you rise you become evidence. Evidence that discipline was possible, that courage was available, that excuses were a choice. At the moment your life becomes proof, their comfort begins to collapse, because your presence is no longer neutral. It becomes a confession they never wanted to make.

Jealousy is the tribute that mediocrity pays to genius, and when they realize they cannot compete with you, they stop trying to surpass you, and start trying to stain you. Most people misunderstand jealousy. They think it is simple resentment. It is not.

Resentment says, “I do not like what you have”. Jealousy says, “I cannot bear what your existence says about me”. That is a deeper wound, a more private humiliation, because jealousy is not triggered by your reward alone. It is triggered by your alignment, your focus, your order, your refusal to betray yourself for approval. That is what unsettles them, not your applause, not your title, not your visible success, but the structure beneath it.

Carl Jung understood something most people spend their lives avoiding. Human beings are not most disturbed by what they see outside themselves; they are disturbed by what awakens inside themselves. Jung called this the shadow, the rejected self, the denied self, the unlived self. Everything a person could have developed, but did not. Everything they wanted to become, but abandoned. Everything they were capable of, but buried beneath comfort, fear, conformity or cowardice. And when someone else begins to embody that buried possibility, the shadow stirs. This is where jealousy becomes psychologically dangerous, because the jealous person does not experience you clearly. They experience you symbolically. You are not just a person to them. You are a reminder, a reminder of your hesitation, their compromise, their wasted years, their unrealized power. So understand this clearly, they do not hate you, not really. They hate the version of themselves they see in your reflection. You are simply the screen onto which they project their unlived life.

This is why their reactions feel irrational, because they are. Instead of saying, I am ashamed that I betrayed my own potential, they say, you think you are better than everyone. Instead of saying, your courage reveals my passivity, they begin inventing defects in you. That is projection, that is the shadow speaking. And this is why the process Jung called individuation disturbs the unconscious crowd. Because the awakened mind does not preach, it proves.

So when jealous people realize they cannot outwork you, cannot outshine you, cannot outgrow you, they adapt, and their methods become darker.

I.                Selective Silence

The first move is rarely aggression, it is absence, selective silence.

Watch carefully, when you struggle, they are present. When you doubt yourself, they are warm. When you are uncertain, they are available. But when you win, truly win, they disappear. No congratulations, no acknowledgement, no energy.

At first it looks small, almost harmless. But silence is information, especially when it is selective. Because genuine people feel joy when they see effort rewarded, they may not fully understand your path, but they can recognize sincerity.

Jealous people cannot.

Your success applies pressure to their self-image. So instead of celebrating you, they emotionally withdraw to protect themselves. This is not neutrality; it is covert refusal. They hope their silence will shrink your moment. They hope you will feel their absence and begin to dim yourself.

Do not. Their silence is not a verdict. It is evidence. Evidence that your growth has entered territory where comparison begins. If silence fails, they move to reduction. This is the dimming effect. A passive aggressive ritual designed to make your breakthrough feel accidental, not earned, not disciplined, not exceptional.

You will hear it in small phrases: Perfect timing, you just got lucky.  Must be nice. Let’s see if it lasts.

On the surface these are minor comments, but psychologically, they are not comments. They are correction attempts. The jealous mind cannot allow your success to remain evidence of merit. So it reframes your achievement as chance, because if your achievement was built, then their lack of achievement was chosen. And that is intolerable.

So they subtract your discipline, they erase your years; they mock your intensity. They trivialize your standards. What they call luck is often preparation, observed too late. What they call obsession is often focus. They never developed. And what they call not that deep is often a depth they are too shallow to enter.

Now the jealousy becomes strategic, because once they realize they cannot outdo you one on one, they seek numbers. This is shadow recruitment; they do not attack you directly. That would reveal too much. Instead, they circulate concern, subtle concern, performative concern, weaponized concern.

I don’t know, they’ve changed. I just hope success isn’t getting to their head. I’m not saying anything bad. I’m just worried.

No, this is not concern. It is narrative seeding, a soft campaign. The goal is not to destroy you instantly; the goal is to create fog around you, to make others hesitate, to make your presence feel heavy; to make people question your intention before you even speak. Because insecure people understand something instinctively. If they cannot lower your value, the will try to lower your social trust. And they recruit weaker minds, not with facts, but with tone, not with evidence, with implication.

This is one of the oldest social weapons in history. Not accusation, contamination.

When they cannot beat your reality, they begin editing your reputation. That is shadow recruitment. This one is especially insidious, because it disguises contempt as compassion, the performance of pity.

When jealous people can no longer deny your success, they begin mourning it. Suddenly, they become philosophers.

Yes, but are they really happy? That life seems lonely. They’ve become too intense. They are too serious now. I wouldn’t want that kind of life.

Notice the move.

They cannot make you unsuccessful, so they try to make your success look miserable. Why? Because pity is a psychological anesthetic.

If they can convince themselves that your growth cost you your humanity, then they are no longer behind.

They are balanced, they are normal, they are healthy. But this is how mediocrity protects itself. Not by attacking greatness directly, but by associating greatness with emotional loss.

Sometimes the path of individuation is lonely, but loneliness is not always a wound. Sometimes it is filtration.

The final move is the most revealing. Character distortion.

When jealous people accept that they cannot outshine your work, cannot reduce your wins, cannot isolate you enough socially, they go after identity. They rewrite your story. Suddenly your confidence becomes narcissism, your boundaries become cruelty, your focus becomes obsession. Your privacy becomes manipulation, your ambition becomes greed, your calm becomes calculation.

This is not disagreement; this is narrative warfare. And narrative warfare always depends on moral inversion. They need you to become the villain, because if you remain competent and decent, their bitterness has nowhere to hide. So they build a version of you that justifies their hostility, a colder version, a harsher version, an easier version to resent.

Do not be shocked by this. People who cannot reach your level will often attempt to lower your image. It is cheaper than growth, and faster than self-confrontation.

Now comes the pivot, the part most people never master.

The instinct of the wounded ego is to explain, to defend the intention, to correct the record, to force people to understand. But Machiavelli would tell you something colder.

Never fight for clarity in rooms immersed in distortion.

Why?

Because reaction grants legitimacy.

Explanation invites negotiation.

Defense implies vulnerability, and jealous people feed on access. They want your words, your emotion, your energy, your participation.

Do not give it!

The higher law is strategic indifference; not passivity, not weakness, precision. You do not respond to every lie. You do not chase every rumor. You become unreachable, not physically, psychologically.

You stop auditioning for fairness, you stop performing innocence; you stop explaining your depth to people committed to surface.

This is sovereignty.

The moment your peace becomes more valuable than being understood, the moment your standards become immune to public confusion.

Real power is not controlling what they say. Real power is no longer needing to participate in what they say. That is dominance. It is refusing to surrender your nervous system to it.

So here is the question.

Are you willing to let them be wrong about you to keep your piece? If you are one of the silent strategists, if you understand that true power is calm, disciplined and unreachable, comment sovereign below, and walk forward without explanation.