Un buen número de individuos débiles en lo mental
(independientemente de su constitución en lo físico, sus características
anatómicas), impotentes en lo vital, me han agredido, también movidos por la
envidia. En ciertos casos, esa violencia tiene una explicación (si bien, no una
justificación), pues se trató de personas que fueron víctimas de la injusticia
y la desigualdad social, vivieron en pobreza. En muchos casos, no fue así; se
trató de individuos que, si bien no provenían de familias pudientes, contaron
con circunstancias favorables en lo económico y pese a ello, decidieron no
esforzarse para desarrollar sus potencialidades y así llegar a respetarse y a
amarse a sí mismos.
Esforzarse, no nada más en lo que resulta fácil, sino
también en lo que resulta difícil y muy difícil permite al ser humano superar
el sentimiento de insignificancia en un mundo gigantesco, cuya complejidad es
de tamaño descomunal.
Desde mi más temprana infancia me sentí muy motivado
para aprender a leer y a escribir. Logré eso muy rápidamente al inicio de mi
educación básica (primaria), y en todo aquello que tenía que ver con lectura y
escritura, siempre destaqué; mas en aquello que tenía que ver con números,
aprender resultaba de difícil a imposible, necesitaba una educación especial,
un maestro particular, pero viví en desatención y violencia perpetrada por mis
padres.
Un origen de violencia en el ser humano es la envidia;
otro origen, los celos. He aprendido esto de leer a Erich Fromm (El Corazón del
Hombre), que en el capítulo 2 (que se titula Diferentes Formas de Violencia)
menciona esas y otras causas, como agresión defensiva (una violencia que se
justifica, por razones obvias), etcétera.
Volviendo al asunto de violencia cuyo origen es la
envidia, me llama la atención lo irracional que resulta esa baja pasión.
El megalómano de nombre David, padecía lo que yo creo
(no puedo asegurarlo) es una mutación, algo que le heredaron sus padres y quién
sabe cuántos de sus antepasados, una carencia de masa muscular muy grave que lo
condenó a ser extremadamente débil. Cuando se dio cuenta de que yo era un
deportista (mi actividad y una genética favorable me daba la apariencia de un
deportista de alto rendimiento), comenzó a odiarme. Fingió ser mi amigo, pero
manifestaba una violencia verbal extrema y arranques de furia de intensidad
homicida que lo hacían parecer una mujer menopáusica o presa de un brote
psicótico. Por si hiciera falta, me permitiré mencionar que su cobardía era
también extrema.
Un médico psiquiatra (de tres que me hicieron mucho
daño), no parecía sentir envidia, sino necesidad de vengarse, no de quien lo lastimó,
de quien le hizo daño, sino de alguien vulnerable que confiara en él e incluso
llegara a sentir gratitud y afecto por prestarle su “ayuda” profesional. Su
aspecto era el de un indígena, por añadidura, sus características
(constitución, genética) eran pésimas, —lo cual no se debía a su origen étnico,
racial— en una cultura a la vez clasista y racista. Tiene sentido suponer que
desde su infancia sufrió violencia, que compañeros de la escuela y en muchos
entornos le llamaban indito, aborigen, de lo cual yo no era
responsable; nunca lo consideré inferior ni manifesté ese tipo de violencia. Él
intentó arruinarme, o incluso, sus acciones pudieron haber contribuido a que me
venciera la desesperación y atentara contra mi vida.
Cuando he sido objeto de acoso laboral (me sucedió en
esa empresa farmacéutica donde trabajé durante seis años y tres meses), el
acosador se sintió amenazado, intimidado, por mis características, pese a que
él ocupaba un puesto de jefatura y su remuneración era mucho mayor que la mía
(más del doble); él era 19 años menor que yo; una diferencia considerable, casi
dos décadas. Quienes participaron en el acoso (violencia vicaria, monos
voladores) tenían a su jefe narciso (y afeminado) en un pedestal —de hecho,
estaban perdidamente enamorados de él, lo cual implica por supuesto, (como
mínimo) una homosexualidad latente—.
Pero, ¿cómo manejar todo esto, y más? ¿Cómo eliminar
ese síntoma tan problemático, sobre-pensar, cuyo origen son esos miles de
recuerdos que brotan en mi memoria la mayor parte del tiempo, mientras estoy
despierto?
Debo escribir sobre las victorias contundentes que he
logrado al enfrentar esa violencia, que, si bien me dañó en gran medida, no me
aniquiló; tampoco arruinó mi vida.
Los he vencido a todos. Debo escribir de manera concisa
sobre esos antagonistas, cómo logré derrotarlos y la victoria contundente que
implica encontrarme en la séptima década de mi vida (62 años de edad), en
mejores condiciones que muchísimos hombres (podría decir, mejor que la mayoría,
a riesgo de parecer narcisista), incluso mejor que muchos individuos jóvenes.
Mi padre fue un sádico torturador despiadado, un
narcisista maligno (un psicópata), un depravado, incestuoso y más. Viví en
vulnerabilidad casi total y sin percatarme de ello, lo odié. Ese odio fue de lo
más acertado, pues inconscientemente, me dio la energía y la determinación para
ser muy diferente a él, no se cumplieron sus profecías (yo me convertiría en un
individuo despreciable, una piltrafa humana); mientras que él vivía aterrado
durante muchos años porque se dirigía hacia un precipicio o hacia una fosa en
llamas y le resultaba imposible detenerse.
Si escribo las ideas arriba expresadas, de manera
concisa y clara y después las leo en voz alta y grabo ese discurso, al
escucharlo, esas ideas anidarán en mi psiquis y eso me permitirá asimilar esa
parte de mi existencia; cuando lo consiga, habré alcanzado la sanación.
Lo voy a intentar
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