miércoles, 14 de octubre de 2026

Sobre tener hijos, disminución de los índices de natalidad. Quinta parte

 

Tener hijos para que el sistema capitalista, que ha degenerado en neoliberalismo, empiece a envenenarlos desde que nacen; incluso tal vez desde antes de su llegada. Corporaciones gigantescas inundan el comercio con productos (alimentos y bebidas carentes de nutrientes y en cambio tóxicos, basura venenosa) y organismos como la Organización Mundial de Comercio (World Trade Organization) se encargan de imponer reglamentos para impedir que los gobiernos de las naciones que lo integran difundan información sobre sus efectos en la salud, y así sus habitantes dañen su salud; frecuentemente de manera irremediable. 



Gerber, leche Nido y similares cuando son bebés. Durante su niñez, cereales de caja, mermeladas, sustancias untables como mantequilla de cacahuate, Nutella, etc.; botanas como Sabritas, Barcel; bebidas azucaradas (jugos), refresco, refresco negro; cereales de caja (Kellog’s y similares), etc.

 

Chatarra, más bien basura, tóxica, carente de nutrientes, veneno.


Enfermedad cardiaca, diabetes, cáncer. Genera utilidades gigantescas a quienes producen y comercializan esos productos, después a prestadores de servicios médicos e industria farmacéutica.

Cultura de la muerte, necrofilia, término de Erich Fromm.

Así, traer hijos al mundo equivale a convertirlos en carne de cañón para que magnates y similares los aniquilen en vida, lentamente, incurriendo incluso en los actos de mayor depravación que pueden existir:

Paidofilia: prácticas sexuales con menores de edad, abuso sexual e incluso violación.

Necrofilia, como parafilia; prácticas sexuales con cadáveres.

Antropofagia, canibalismo.

Escatología, prácticas sexuales en las que se involucra diuresis (orinar) y evacuación (defecación) entre las personas que participan.


Sodoma y Gomorra son mitología, no así las orgías romanas. Eso nunca cambió, la Isla Epstein horrorizó (comprensiblemente) a muchas personas, pero eso siempre ha existido.



Soy ateo. Así como no necesitamos un Ser Superior, tampoco necesitamos a Satanás (o Belcebú, o como le quieran llamar) ni a su legión de Ángeles Caídos (rememorando a John Milton). En el ser humano se encuentra el potencial para el bien y para el mal.

Mi postura no es pesimista, mucho menos catastrofista; más bien es realista.

Hay un aspecto positivo, que mencionaré en otro momento. Agradezco a quien haga el favor de leer lo que escribo.

Sobre tener hijos, disminución de los índices de natalidad. Cuarta parte

 

Otras buenas razones para evitar tener hijos:

Desaparecen personas de todas las edades —desde bebés hasta ancianos—, como si se las tragara la tierra; en muchas ocasiones, jamás se vuelve a saber de ellas.


Catástrofe neoliberal, en lo económico. Comenzó con Miguel de la Madrid Hurtado, primer mandatario de mi país entre 1982 y 1988, c el ingreso al GATT (General Agreement on Tariffs and Trade); continuó con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), al final del sexenio de Carlos Salinas de Gortari (Gnomo Diabólico); Ernesto Zedillo Ponce de León tomó la estafeta (pese a ser muy antagónico con su antecesor); continuaron Vicente Fox Quezada (infame, el primer mandatario más débil de la historia de esta nación); Felipe Calderón (Comandante Borolas); Enrique Peña Nieto; terminó cuando en diciembre de 2018 asumió la Primera Magistratura un hombre con una postura totalmente opuesta a la de sus predecesores, etc.

Un hombre y una mujer se unen en matrimonio, o en concubinato, lo que sea. Si no trabajan ambos, muy probablemente no contarán con el dinero suficiente que es necesario para vivir. ¿Quién se hará cargo del (la) pequeño(a)? Guardería…

El Amor de los Padres y “Una Familia Unida”


En su libro Tener o Ser, Erich Fromm cita a un científico estadounidense, Lloyd de Mause:


Experimentar amor en el modo de tener implica encerrar, aprisionar o dominar al objeto “amado”. Es sofocante, debilitador, mortal, no dador de vida. Lo que la gente llama amor la mayoría de las veces es un mal uso de la palabra, para ocultar que en realidad no ama. Puede dudarse que muchos padres amen a sus hijos. Lloyd de Mause afirmó que durante los pasados dos milenios de historia occidental, ha habido informes de crueldad para con los hijos, desde tortura física y psíquica, descuido, franca posesividad y sadismo tan terribles que puede creerse que los padres amantes son la excepción y no la regla.

La inmensa mayoría de las familias son en extremo disfuncionales. Para tantas personas, el lugar donde está su familia es el más inhóspito del mundo. Por añadidura, con mucha frecuencia se dan lo que Erich Fromm denomina “vínculos incestuosos”; no se rompe el cordón umbilical, y “familia muégano”.

Siendo un hombre muy joven, con 24 años de edad, yo decidí que jamás tendría hijos, sí contraería nupcias (algo que hasta el día de hoy no he hecho, si bien, no hay una edad límite para ello), pero tener descendencia, definitivamente no.

Leyendo la biografía de Erich Fromm —hijo único de padres judíos ortodoxos—, me enteré de que el matrimonio de sus padres fue muy disfuncional, él vivió en una atmósfera de tensión, se casó en dos ocasiones, pero nunca tuvo descendencia.

Hablando de mí, puedo decir que he deseado que la población de mi país y del mundo disminuya, pero sin homicidios, genocidios, limpieza étnica, epidemias; nada de eso.

Podría suceder de manera natural, cuando cientos —tal vez miles— de millones de personas se percaten de que abstenerse de reproducirse puede ser una opción perfectamente válida y muy deseable.

En esta tercera década del siglo XXI, con avances tecnológicos como la robótica y la inteligencia artificial, muchas labores podrán ser realizadas por robots, y se prescindirá de seres humanos. Muy probablemente, filantrópatas como el dueño de la mayor compañía de software de todo el mundo, haciendo equipo con una Organización Mundial de la Salud (WHO), han utilizado armas químico-biológicas para reducir la población mundial entre un 10 y un 15 por ciento (como él lo expresó), muy probablemente faltando a la verdad, y el verdadero objetivo sería entre un 85 y un 90 por ciento.

No es eso lo que yo deseo.

Mi intención ha sido expresar ideas, agradezco a quien haga el favor de leer mi prosa.

Sobre tener hijos, disminución de los índices de natalidad. Tercera parte

 Vivencia difícil, cargada de violencia, de mi historia de vida


Vacaciones de verano, durante mi temprana adolescencia, pubertad. La maestra de la materia Español, me había reprobado porque me detestaba, yo había cursado el segundo año de secundaria, asistía a un curso de regularización entre semana. Mi padre jugaba golf, razonablemente bien; yo practicaba ese deporte porque él lo había decidido, no porque yo deseara hacer tal cosa; si bien, debo agregar que en cierta medida lo disfrutaba.

Se celebró un torneo, el cupo era limitado, no había lugar para mí. Mi padre me cedió su lugar y por supuesto, por ello no le fue posible participar; mi hándicap era el más alto, 36. La competencia se llevó durante un fin de semana, los días sábado y domingo. No gané ni quedé en segundo ni en tercer lugar; fallé miserablemente, según mi padre.

Era la noche del domingo, no muy tarde, tal vez las 21 horas. Al día siguiente yo debía asistir a ese plantel donde cursaba la secundaria, al curso de verano, regularización de esa materia que había reprobado, Español. Yo ocupaba una habitación que no compartía con ninguna de mis tres hermanas, un pequeño privilegio siendo el único hijo varón. Mi madre se hallaba en su habitación, tal vez habiendo ya conciliado el sueño, como mis hermanas en otra habitación. Yo me encontraba en mi dormitorio, con la puerta abierta. Al ver a mi padre subir las escaleras, sonreí porque sentí que eso era lo que debía hacer, aunque ver a mi verdugo no fuera agradable, en lo más absoluto.

El narcisista maligno, psicópata, interpretó la sonrisa de su terrible hijo (deportista fracasado, que hacía todo mal) como una agresión, de un vástago que se burla de su sufrido padre. Se enfureció por ello y se plantó frente a mí, expresando con furia de intensidad homicida que yo era lo más terrible que pudo haberle sucedido en su existencia, nunca fui capaz de brindarle ninguna satisfacción.

Yo había cumplido 14 años de edad, mi padre se acercaba a 41; en ese momento de la historia, un individuo de esa edad podía ser considerado todavía joven. Manifestando su odio (de intensidad homicida) con su discurso, su mirada, la expresión de su rostro, mi padre —un hombre fuerte, muy violento, peleador temible— me atemorizó y yo comencé a llorar.

Yo había sido educado con ideas tradicionales (milenarias) como “los hombres no lloran”. Además del malestar que sentía al ser agredido por un individuo contra el que no podía defenderme, de ninguna manera, sentí bochorno, vergüenza, turbación.

—No chille, cabrón— dijo ese individuo terrible, violento, sádico, torturador despiadado.

El hijo de la gran puta se fue, no sé a dónde, a pasar la noche quién sabe con quién.

Mi madre había despertado, se acercó a mí y me preguntó qué había pasado, el porqué de mi llanto. Yo respondí y ella me dijo:

—No le hagas caso.

Los hijos no venimos al mundo a satisfacer las expectativas de nadie, a darle ningún tipo de satisfacción a nuestros padres; tampoco a ser su servidumbre. Menciono esto último porque mi padre (igual que muchos otros, mayoría), asignaba tareas a su hijo como lavar sus automotores —automóvil o camioneta pick up, (y ahora Town & Country— y otras), por el estilo.

En otra ocasión, cuando yo me hallaba en mi tardía adolescencia, viviendo ya en otra ciudad, mi padre me llevó (con una de mis hermanas) a una pista de atletismo, un domingo en la mañana. Yo había practicado la carrera pedestre durante unos tres años, participaba en carreras medio fondo (1500 m) y fondo (5000 m), pero no destacaba porque pese a ser muy dedicado, muy disciplinado y contando con una gran motivación para competir, mis capacidades eran muy modestas. Esto porque pese a la apariencia que proyectaba (de deportista de alto rendimiento), mi capacidad cardiopulmonar y muscular (de mis piernas, principalmente), no daban para mucho.

Mientras nos dirigíamos a ese lugar (a esa pista de atletismo), mi padre nos decía a mi hermana y a mí que en una competencia, solamente hay un triunfador, un individuo exitoso; el que consigue el primer lugar; todos los demás —segundo, tercero, cuarto lugar; y de ahí para abajo son una bola de fracasados—. “Un honroso segundo lugar” es una expresión detestable, merecedora de desprecio. 

Yo participé en una carrera de 5000 metros, 12.5 vueltas a la pista (que mide 400 m). Último lugar, hice el ridículo. Los atletas que ocuparon los primeros lugares eran algunos años mayores que yo, sus capacidades —tanto de los músculos de sus piernas, como de pulmones y corazón— eran muy superiores a las mías. Me sentí terriblemente mal, incapaz de comprender que haber ocupado ese último lugar (incluso fui rebasado en dos ocasiones y muy probablemente corrí una vuelta menos a la pista, es decir, una distancia total de 4600 m.,) y cuando me acerqué a mi padre, él expresó con un desprecio absoluto que lo que yo había hecho no servía absolutamente para nada.

Semanas después, mi padre volvió a agredirme, mencionando incluso que los competidores que ocuparon los tres primeros lugares en esa carrera de 5000 metros eran “pati-cortos”, la longitud de sus piernas era considerablemente menor que la longitud de las mías.

El narcisista maligno, psicópata, además de pendejo e hijo de ramera, ignoraba que la longitud de las piernas no tiene nada que ver con la capacidad de un atleta o deportista para su desplazarse en carrera pedestre. Los seres humanos tenemos en nuestros músculos una combinación de fibras de contracción lenta y fibras de contracción rápida. En quienes son muy veloces, predominan las fibras de contracción rápida, algo que no tiene nada que ver con su estatura. Además, tratándose de medio fondo o fondo —y gran fondo, por supuesto—, es muy importante la capacidad cardiopulmonar, a diferencia de las carreras de velocidad, sprints.

Exigir a un hijo que destaque en competencia deportiva (o académica, en cualquier actividad que implique tal cosa, competir), no es una manifestación de amor, sino de lo más opuesto a eso: es una manifestación de narcisismo patológico.

He traído al mundo a un individuo de características formidables, a un prodigio humano; eso demuestra mi superioridad.

Pierre de Coubertin, barón, pedagogo e historiador, concibió la realización de Juegos Olímpicos en la era moderna, muy lejos en el tiempo de los que se celebraron en la Antigua Grecia. Su objetivo fue promover la amistad entre las juventudes del mundo, no convertir el evento en un sustituto de la guerra.

Lo importante no es ganar, lo importante es competir, dijo este hombre ejemplar

Cito una vez más a Erich Fromm. Este gran humanista dice que vivir compitiendo es algo insano, indeseable, porque dificulta o incluso imposibilita sentir empatía y solidaridad por otro ser humano; si cada individuo con el que nos encontramos es —al menos potencialmente— un antagonista.

Creo yo que además de eso, el deporte (especialmente el alto rendimiento), fomenta otra característica indeseable (y potencialmente muy destructiva) del ser humano: el narcisismo patológico, tanto individual como social (de grupo). Por eso, detesto el Campeonato Mundial de Futbol (la última edición se celebró hace algunos meses), así como prácticamente todo lo que es deporte espectáculo, cuando curiosamente, ver por televisión unos Juegos Olímpicos me motivó para convertirme en un deportista.

Sobre tener hijos, disminución de los índices de natalidad. Segunda parte

Vas a trabajar, llevarás una vida productiva, contraerás nupcias; formarás una familia; “un nido”.

¿Será posible que ese fenómeno terrible, esa debilidad de tantas personas —ese mecanismo de evasión, conformidad automática— esté disminuyendo y muchas personas estén aprendiendo a decidir lo que desean hacer con sus vidas?

Que la respuesta fuera afirmativa sería algo verdaderamente muy afortunado.

Poco antes de que muriera mi padre, a principios del año 2007 (me acercaba a 43 años de edad), empecé a asistir a un grupo de autoayuda, de 12 pasos. Al Anon, para familiares y amigos de alcohólicos, paralelo a Alcohólicos Anónimos. Cuando se celebraba un aniversario de la formación del grupo en cuestión, se invitaba a profesionales de la salud mental, como psicólogos(as) —profesión en la que predomina el género femenino, psicólogas— y en ocasiones, a médicos psiquiatras.


En aquella época, yo no detestaba a los médicos, aunque me percataba de que no me resultaban particularmente agradables. En uno de esos aniversarios, se invitó a uno de esos profesionales de la salud mental, un médico psiquiatra, que decía haber estudiado su especialidad en Oxford, Inglaterra; algo que yo dudo, pues el nivel de esas instituciones educativas (igual que Cambridge), es de los más altos de todo el mundo, y este individuo presentaba características que yo percibí como indeseables, en extremo.

Ese Dr. (PhD) en Narcisismo Patológico (Magna Cum Laude) —además de (según él) doctor en psiquiatría— exhibió una estupidez característica del género femenino.

Antes de continuar, debo aclarar que no considero que la mujer sea menos que el hombre —inferior—, sino que las manifestaciones de estupidez son diferentes, o lo fueron, porque hoy la masculinidad parece encontrarse en un proceso muy acelerado de extinción.

La estupidez es lo más democrático que existe. Se da en muchísimos individuos, independientemente de su origen socioeconómico o su escolaridad, pero las manifestaciones de estupidez masculina y estupidez femenina solían ser diferentes.

Mencionaré ahora algo que expresó Albert Einstein: Solamente existen dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana; y del universo no estoy seguro.

Ese médico psiquiatra —según él “oxfordiano”— mencionó a un individuo del género masculino que ha egresado de la universidad, ha ejercido una profesión durante años, pero no se ha casado y por ello no ha comenzado a formar una familia, usando una violencia verbal extrema al llamarle “parásito”.

Por si hiciera falta, debo mencionar que se le llama “parásito” a alguien que, contando con posibilidades reales para trabajar, evita hacerlo, con toda intención, para vivir a expensas de alguien más. Quien no muestra interés en contraer nupcias y formar una familia —o no tiene prisa por hacer tal cosa—, no merece el término ofensivo (adjetivo) “parásito”.

Ese médico psiquiatra, además de padecer un narcisismo muy patológico (como la mayoría de sus colegas, médicos) exhibe un afeminamiento antinatural y una estupidez característica de mujeres entradas en años, ancianas muy tontitas que quieren que todos formen un nido.

Otra motivación frecuente para traer hijos al mundo es la incapacidad de tantas personas conocerse a sí mismas, requisito indispensable para ser capaz de desarrollar sus potencialidades —para lo cual es requisito indispensable conocerse a sí mismo, lo cual involucra soledad y aislamiento; como mencioné antes— y así ser capaces dar sentido a sus vidas; y por ello, depositan en sus hijos una carga de peso descomunal, incluso antes de que lleguen al mundo: aliviar ese vacío existencial tan doloroso.

Sobre tener hijos, disminución de los índices de natalidad. Primera parte

 

En fecha reciente, se anunció que la población de mi país, México, alcanzó la cifra (aproximada, no la conozco con exactitud) de 130 millones de habitantes. Muchas personas ven esto como un fenómeno preocupante, incluso tal vez decadente. Eso sucede también en prácticamente toda la Unión Europea, donde ha prevalecido un déficit demográfico desde hace no sé cuántas décadas.

A título personal, puedo decir que yo lo percibo de lo arriba expresado como algo muy afortunado. Siempre he pensado que en mi país hay demasiada gente (pese a que su área se acerca a dos millones de kilómetros cuadrados), que sus tasas de natalidad han sido demasiado altas.


En una video columna de un hombre muy letrado, al que seguí durante algún tiempo en la red social X (antes Twitter) —que es prácticamente la única red social que uso—, Germán Castro (doctor en letras), habló del tema, poniéndole como título “Menos ‘bebes’ ‘mas’ solotes”, algo así como una analogía —paralelismo— con una expresión coloquial en la cultura mexicana: “menos burros, más olotes”.

Las palabras mal escritas (faltas de ortografía), “bebes” y “mas” (en lugar de bebés y más, respectivamente) parecen ser las limitaciones de la Inteligencia Artificial (IA), algo que yo detesto y considero un potencial riesgo para las capacidades mentales/cognitivas de un alto porcentaje de la población de mi país (independientemente de lo que suceda en el resto del mundo), en una nación en la que sus habitantes adolecen de un nivel intelectual/cultural nivel paupérrimo; algo que en un pasado no lejano fue para mí motivo de vergüenza, hoy eso ha disminuido y se ha convertido en motivo de preocupación.

Con este recurso, IA, se escribe atrocidad y media, además de que se empobrece cada vez más el idioma y el de por sí muy deficiente vocabulario del habitante promedio, que se limita a unos pocos cientos de palabras.

Soy muy dado a usar analogías. Se me viene a la mente el mal uso de la calculadora, muchísimas personas no pueden hacer las operaciones aritméticas más sencillas sin usar ese dispositivo electrónico; ya sea mentalmente o a mano (usando lápiz o bolígrafo y papel). Así, usan la calculadora para hacer una resta como: 29 – 12 = 17; una multiplicación como 16 x 4 = 64, u 8 x 25 (que sería exactamente lo mismo que 4 x 50) …

—                      ¿Cuánto es 5 x 4? — Habría que multiplicar el resultado [20] por 10, algo de lo más elemental, 200.

—                      No sé, no cuento con un doctorado en matemáticas.

Dejaré este tema para otro escrito. Abordaré aquí ese asunto de la disminución en la tasa de natalidad.

A riesgo de que lo que me dispongo a expresar parezca innecesario, debo mencionar que el crecimiento poblacional se calcula con una ecuación muy sencilla, una resta:

Número de personas que nacen en un periodo de tiempo, menos el número de personas que mueren. Así, si la primera cifra es mayor que la segunda, aumenta el número de habitantes; si sucede lo contrario, el sustraendo es mayor que el minuendo, se obtiene como resultado un número negativo, lo que significa que la población decrece; lo cual siempre me ha parecido algo muy deseable.

Yo estimo a Germán, un hombre que llegó al mundo casi ocho meses después de mí. Muy letrado, muy culto y no narcisista, pese a su grado académico de doctor; que evita usar como un título nobiliario (que en nuestra cultura nunca hubo), como hacen la mayoría de los médicos, pese a que, en mi país, una especialidad en medicina no es tal cosa —un doctorado— e incluso lo hacen médicos generales que no cuentan con una especialidad porque nunca aprobaron el examen de residencias médicas. Patéticos narcisos que no pueden con la aritmética más elemental, y pese a conocer la fisiología del organismo humano, no viven con buenos hábitos. Estas son generalidades, por supuesto; existen excepciones a todo (médicos no narcisistas, sin las deficiencias intelectuales mencionadas y que viven con buenos hábitos).

Esa expresión, (que escrita correctamente rezaría Menos bebés, más solotes), me molestó, en parte por mi historia de vida (mi padre era un narcisista maligno, un psicópata, parecería un ser demoniaco) y en parte porque el ser humano debe aprender a…, mencionaré eso a continuación.

Erich Fromm (un hombre al que admiro, un genio, un gran humanista, uno de los padres del psicoanálisis), en su libro El Miedo a la Libertad, expresa la idea de que muchas personas no se conocen a sí mismas porque hacer tal cosa conlleva soledad y aislamiento, algo que aterra a la mayoría y por ello evitan hacer algo tan importante.

Hablando de mí, debo decir que, desde mi más temprana infancia, mostré una tendencia al aislamiento, si bien no extrema. Durante mis tempranos años 20s, habiendo fallado (miserablemente) en la universidad, habiéndome matriculado en una licenciatura en ingeniería, decidí superar mis muy graves deficiencias académicas. Entonces me encerré en mi habitación, dormitorio, y se intensificó mi soledad y mi aislamiento, excepto porque vivía con mis padres y con tres hermanas, pero sin un círculo social, mucho menos con una pareja; ni siquiera una amiga. Con el paso del tiempo, el sufrimiento a que eso dio lugar, pudo haber sido el detonante para que pusiera fin a mi vida; lo cual, por supuesto, no sucedió.

En julio de 2025 (es decir, hace 15 meses), mi madre octogenaria (que vivía conmigo en la que fue la casa de la familia) se fue a visitar a una hija —la que ahora es mi hermana menor— y se quedó con ella. Durante este tiempo, he conseguido lo que tal vez es lo más importante en la vida de un ser humano, a aprender a estar conmigo mismo, he aprendido a convertirme en mi mejor compañía.

Me molesta mucho que una motivación para tener hijos sea evitar la soledad. Debo decir (a riesgo de parecer manipulador, algo que no soy) como mencioné antes, que mi historia de vida ha sido terrible. Mi padre, un narcisista maligno, trajo al mundo a su descendencia para que, con su cónyuge, formaran un grupo de adoradores que lo colocaran en un pedestal y se convirtieran en un suministro gigantesco e inagotable de admiración, para el resto de su vida.

 ¿Por qué tener hijos, formar una familia?

Creo que, en la mayoría de los casos, el origen de eso es lo que Erich Fromm denomina un Mecanismo de evasión, la conformidad automática; hacer lo que otros esperan de uno.

lunes, 12 de octubre de 2026

Declaración Balfour, tomado de Wikipedia en inglés

 




 

En agosto de 1917, cuando el gabinete británico examinaba la Declaración Balfour, Edwin Samuel Montagu, el único judío en el Gabinete Británico y ferviente anti sionista, “se oponía apasionadamente a la declaración con los argumentos de que (a) era una capitulación ante un fanatismo semítico, con la insinuación de que Palestina era el destino natural de los judíos, y que (b) sería percibida como grave un peligro por el mundo musulmán”. Referencias adicionales a los futuros derechos de los no-judíos en Palestina y la situación de los judíos en el mundo fueron introducidas por el gabinete británico, reflejando la opinión de su único miembro judío. Cuando el borrador fue finalizado, el término “estado” fue reemplazado por “hogar”, y opiniones fueron requeridas a sionistas en el extranjero. Louis Brandeis, un miembro de la Suprema Corte de los Estados Unidos, influyó en el estilo del texto y sustituyó las palabras “raza judía” por “personas judías”.


 El 2 de noviembre, el Secretario de Asuntos Exteriores Británico, Arthur Balfour, realizó su histórica Declaración Balfour, expresando públicamente la postura del gobierno a favor del “establecimiento en Palestina de un hogar nacional para las personas judías”, y haciendo notar específicamente que su creación no debería “representar un prejuicio para los derechos civiles y religiosos de las comunidades no-judías existentes en Palestina, o para los derechos y el estatus político de que disponían los judíos en ningún otro país”. Sin embargo, Rashid Khalidi señala que la Declaración Balfour no menciona derechos nacionales o políticos de los no-judíos en Palestina, que constituían el 94 por ciento de la población.


La declaración fue motivada en gran escala por consideraciones en tiempos de guerra y preconcepciones antisemíticas sobre la influencia putativa que judíos tenían sobre el gobierno zarista y en dar forma a la política estadounidense. Aunque su decisión fue también motivada por convicciones religiosas, el mismo Balfour había aprobado la Ley de Extranjería de 1905, que pretendía mantener a judíos de Europa Oriental fuera de la Gran Bretaña. Más decisivos fueron los objetivos británicos colonialistas e imperiales en la región, específicamente en su intención de mantener el control sobre el Canal de Suez mediante el establecimiento de un estado pro-británico en la región. El papel que Chaim Weizmann jugó en la obtención de la Declaración Balfour lo condujo a ser elegido como el líder del movimiento sionista. Conservó esa función hasta 1948, y entonces fue elegido el primer Presidente de Israel, una vez que la nación obtuvo su independencia.

Para Weizmann, Palestina era un país judío, y no árabe. El estado que él buscaba en ese periodo se extendería hacia el este del Río Jordán y hasta el Río Litani (un río en Líbano, que entonces era parte del Imperio Otomano). La estrategia de Weizmann involucró aumentar la aproximación de este objetivo durante un periodo de tiempo prolongado, como asentamiento y adquisición de tierras. Weizmann se mostró apertura ante la idea de que árabes y judíos gobernaran Palestina mediante un consejo electo con representación equitativa, pero no percibía a los árabes como sus semejantes en las negociaciones sobre el futuro del país. En particular, se mantenía firme en su postura sobre la “superioridad moral” de la demanda judía sobre Palestina, sobre la demanda árabe y creía que estas negociaciones debían realizarse con la participación exclusiva de la Gran Bretaña y los judíos. De acuerdo con el historiador israelí sionista, Simha Flapan, las presunciones de la estrategia de Weizmann fueron adoptadas más tarde por Ben-Gurión y por los subsecuentes líderes sionistas.


La declaración fue considerada por los bolcheviques del Gobierno Provisional Ruso como la confirmación de que el sionismo era una ideología reaccionaria apoyada por el imperialismo británico. También ayudó a estimular la aparición del masivo movimiento palestino nacionalista, con la fundación de Asociaciones Musulmanas - Cristianas en 1918 y el primer Congreso Árabe Palestino en 1919.


domingo, 11 de octubre de 2026

Temprano apoyo británico y estadounidense a un Estado Judío en Palestina

 


Las ideas de reubicación de los judíos a la Tierra de Israel fueron introducidas al discurso público británico a principios del s. XIX, simultáneamente con la Redención Protestante Británica.

No todas las actitudes favorecían a los judíos, concebidas en parte por una variedad de creencias protestantes, o por un rasgo pro-semita entre la élite británica de educación clásica; o por anhelos de extender el imperio (ver El Gran Juego).


Por insistencia de Lord Shaftesbury, el Reino Unido estableció un consulado en Jerusalén en 1838, el primer nombramiento diplomático en la ciudad. En 1939, la Iglesia de Escocia envió a Andrew Bonar y Robert Murray M’Cheyne a elaborar un informe sobre la condición de los judíos en el lugar. El informe fue publicado ampliamente, seguido de un Memorándum de Monarcas Protestantes de Europa para la reubicación de los judíos en Palestina. En agosto de 1840, The Times informó que el gobierno británico analizaba la restauración judía. La correspondencia en 1841-42 entre Moses Montefiore, el Presidente de la Junta de Diputados de los Judíos Británicos y Charles Henry Churchill, el cónsul británico en Damasco, es considerada el primer registro sobre el plan propuesto para el sionismo político.

Lord Linsday escribió en 1847: “El suelo de Palestina disfruta todavía sus sabbats, y solamente espera el regreso de sus hijos exiliados, y la realización de su trabajo industrial —proporcional a sus capacidades agrícolas—, para el surgimiento de una exuberancia universal, y sea todo lo que fue en los días de Salomón”.

 


En 1851, la correspondencia entre Lord Stanley, cuyo padre se convertiría en Primer Ministro Británico al año siguiente, y Benjamín Disraeli, que con él se convirtió en Canciller del Erario, registró las actitudes protosionistas de Disraeli: “Procedió a presentar un plan para restaurar la nación a Palestina —afirmó que el país se encontraba admirablemente apto para ellos— los financiadores en toda Europa podrían ayudar, el Gobierno Otomano es débil, los turcos/poseedores de propiedades podrían ser comprados; esto, dijo él, era el propósito de su vida…” “Coningsby (La Nueva Generación) era nada más un sondeo, mis puntos de vista no se habían desarrollado en su totalidad en la época; desde entonces todo lo que he escrito ha sido para servir un propósito. El hombre que debe restaurar a la raza hebrea en su país debería ser el Mesías, ¡el verdadero salvador de la profecía!” No agregó formalmente que él aspiraba jugar esa parte, pero su involucramiento resultaba evidente. Consideraba que los potenciales del territorio eran de muy alto nivel, y sugería que su objetivo más importante al adquirir poder en el lugar sería promover el regreso. Veintiséis años más tarde, Disraeli escribió en su artículo titulado “La Cuestión Judía es la Búsqueda Oriental” (1877) que, al cabo de 50 años, una nación de un millón de judíos habitaría Palestina bajo liderazgo británico.


Moses Montefiore, que visitó muchos países para ayudar a aliviar la opresión de sus poblaciones locales de judíos, visitó Palestina en siete ocasiones. Buscó desarrollar una autosuficiencia de la comunidad judía, de modo que no dependiera del apoyo de la diáspora. Mediante estos esfuerzos, ayudó a establecer asentamientos fuera de la Vieja Jerusalén, donde residía la mayor parte de la comunidad judía.

En 1842, Joseph Smith, fundador del movimiento de los Santos de los Últimos Días, envió a un representante, Orson Hyde, para que se dedicara a la tarea de conseguir que la tierra de Israel fuera devuelta a los judíos. El teólogo protestante William Eugene Blackstone presentó una petición al presidente de los Estados Unidos en 1891; el Monumento conmemorativo de Blackstone, que solicitaba que Palestina fuera entregada a los judíos.