Tomaré en cuenta la
estructura de la personalidad, según la teoría de Sigmund Freud.
El Ello – El Yo – El
Superyó
Pasé mucho tiempo
internado en una clínica de rehabilitación, más de seis meses, entre diciembre
de 1995 y junio de 1996. Cuando fui dado de alta, presentaba sobrepeso, efecto
de los medicamentos psiquiátricos. Al comenzar el año siguiente, unos meses
antes de cumplir 33 años de edad, dejé de tomar esos fármacos y empecé a
entrenar en mi bicicleta de carreras, de ruta. Aumenté mi ingesta calórica,
perdí mucho peso, más de 10 kg; tal vez 12 o 13 kg.
Alcancé una cifra de
distancia total recorrida durante ese año, 10 mil kilómetros (que no es mucho,
más bien es poco). A mediados del penúltimo mes de ese año, 1997, mi “Amigo”
Antagonista Potencialmente Homicida, narciso de malignidad extrema, me contrató
para el primer empleo de toda mi vida, que desempeñé durante unos 73 días
(naturales).
La única motivación para
contratarme de ese individuo perverso (incluso de carácter maquiavélico), fue
llevarme a un espacio —actividad laboral, trabajo— para mí desconocido, donde
él se había desempeñado durante no menos de 10 años, para demostrarse a sí
mismo, a mí, y a quien estuviera presente, que él y yo nos hallábamos en los
extremos de las capacidades humanas. En lo intelectual, su nivel era superior
en una medida que no existe un adjetivo que sea de utilidad para describirla;
mientras que yo debía presentar carencias intelectuales que me colocarían muy
cerca (o incluso por debajo) de menos infinito (- ∞).
No satisfice su
expectativa. Mi “amigo” me agredió haciendo uso de violencia verbal extrema, lo
cual no fue otra cosa que un homicidio en grado de tentativa, porque antes de
eso, deformó todo, haciéndolo parecer lo más opuesto a lo que era; mi desempeño
había resultado brillante, excelente, y él lo describía como terrible; algo
peor que eso no podría haber existido.
Presenté mi renuncia, mi
vida cayó a un precipicio. Yo sabía el riesgo que implicaba rehusarme a ser
sometido, y lo había aceptado; algo natural en mí, hijo de un narcisista
maligno, un psicópata, que con su carácter sádico había intentado someterme,
algo que jamás consiguió.
Cinco años y 10 meses más
tarde, intenté ingresar una vez más a la maquiladora electrónica en el Silicon Valley de M. Trabajé en una de
esas empresas maquiladoras entre diciembre de 2003, desempeñando un trabajo
denigrante, turnos de 12 horas; tres días en semana corta (36 horas por semana),
y cuatro días en semana larga (48 horas por semana).
Entre marzo y abril de
2004 (en que cumplí 40 años de edad), trabajé traduciendo documentos de una
empresa cliente, desempeñando esa labor como tiempo extra de operador básico
(eufemismo de obrero), con la remuneración correspondiente.
El primer lunes de julio
de 2004, presenté mi renuncia a esa agencia de empleo, outsourcing, recurso neoliberal (como la maquiladora misma), para
la explotación más despiadada.
Me topé con individuos
que me consideraron indeseable por no ser (estadísticamente) promedio; esto es,
por no presentar las características comunes entre la mayoría de los empleados.
Alcanzar la cifra
significativa, 10 mil kilómetros, distancia total recorrida al ejercitarme en
mi bicicleta de carreras no trajo consigo el efecto que yo deseaba al
manifestar esa libido, energía vital, según la teoría de Sigmund Freud.
¿Ello?
El resto de ese año, 2004,
fue una pesadilla. En octubre ingresé a otra empresa maquiladora (esta del ramo
metal mecánico), que abandoné en diciembre para ingresar a otra de la
maquiladora electrónica.
Meses antes había
intentado ingresar a Flextronics, pero no aprobé el examen médico porque no veo
con el ojo izquierdo. No se me iba a contratar como piloto aviador, sino como
operador básico; pero eso es otra cosa, a nadie le importa.
Sanmina SCI, diciembre de
2004 a septiembre de 2005. Martes a domingo, de las 22:30 h de un día a las
6:30 h del día siguiente. Despido injustificado al amanecer de un 23 de
septiembre, viernes. Volví a caer en la desesperación. Durante ese periodo de
10 meses había pedaleado cada tarde, a partir de las 18 horas (habiendo
despertado una hora antes, dormía entre las 9 y las 17 horas), alcanzando una
vez más la cifra significativa, 10 mil kilómetros.
El Ello había permanecido
inalterable.
Año 2006. Ingresé a una
embotelladora de agua, un martes 25 de abril. El siguiente jueves cumplí 42
años de edad, el siguiente domingo murió mi hermana menor (1972 – 2006), un 30
de abril, con 33 años y medio de edad.
El golpe me hizo cobrar
conciencia de que había perdido la voluntad de vivir, por segunda vez. Desde
entonces (han pasado 20 años), he sentido que ya no me voy a recuperar.
A mi padre le quedaban 19
meses de vida, moriría un 14 de diciembre de 2007, un viernes. Casi consiguió
arruinarme, a mi hermana menor sí logró aniquilarla.
¿Siguió presente en mi
mente esa cifra, 10 mil kilómetros recorridos en bicicleta?
En marzo de 2014 (me
acercaba a 50 años de edad), una amiga de una vecina me contactó vía telefónica
para ofrecerme trabajo como traductor inglés-español, de documentos de una
empresa farmacéutica. No como empleado, sino como externo. Ella (la amiga de mi
vecina) me enviaría los documentos a traducir y al recibir la remuneración me
entregaría el pago correspondiente.
A principios del año
siguiente (2015) rompí con esa mujer y en abril, hice una búsqueda en la red.
Apareció Productos Maver, algo desconocido para mí. “No pierdo nada con
intentarlo”, pensé.
Un viernes 24 de abril aprobé
el examen médico, cumplí con los requisitos para ingresar, firmé contrato en
las oficinas de reclutamiento y selección, para ingresar el siguiente lunes, 27
de abril, en que cumplí 51 años de edad.
¿Es eso significativo, o
se trata de otro ejemplo de la irracionalidad de mi Ello?
Tres letras
significativas: a, v, e; en ese orden. AVEX Electronics de M, Silicon Valley en esta región del mundo; Maver, farmacéutica fabricante de
productos genéricos intercambiables.
No sé cuántas veces había
alcanzado la cifra que en esa estructura mental de mi psiquis —el Ello—, resulta
significativa, 10 mil kilómetros.
Durante años había vivido
en pobreza (y en soledad), carente de recursos, incluso padeciendo hambre. Por
ello había dejado de pedalear en mi bicicleta de carreras, esa actividad habría
acelerado mi metabolismo; parece innecesario decir más.
Entre el 17 de noviembre
de 1997 y el 2 de febrero de 1998 (fecha en que presenté mi renuncia en AVEX,
esa primera ave), había usado una ruta del transporte público para trasladarme
entre mi casa y mi lugar de trabajo.
Lo mismo hice entre el 27
de abril de 2015 y el 17 de julio de 2021, —es decir, durante un poco más de 75
meses— usando esa misma ruta del transporte público para trasladarme en el ir y
venir entre mi casa y el lugar donde me desempeñaba laboralmente. Ahora Maver,
si bien, la distancia era considerablemente mayor.
El Ello había permanecido
inalterable
Durante este segundo
periodo laboral en un ave, ¿cuántas veces alcancé la cifra significativa, 10
mil kilómetros al ejercitarme en mi bicicleta de carreras?
No sé y prefiero dejarlo
así.
Sin embargo, después de
ser dado de baja ese martes 17 de agosto de 2021, —fecha en que se consumó una
injusticia, ser despojado de un empleo por negarme a aceptar que otro individuo
que padecía una patología narcisista muy grave me acosara y se le obsequiara
impunidad— continué pedaleando, elevando en buena medida la intensidad de mis
esfuerzos.
Muchos años antes, AVEX
había fallecido.
Mi Ello concibió la idea
de que Maver también debía morir.
¿Sucedió?
No sé, pero lo deseo de
todo corazón. ¿Alguien podría culparme?
El ave fénix resurge de
sus cenizas, pero AVEX-Maver no son tal cosa, no lo fueron, aves fénix.
Fin de la historia





















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