Desde mi más temprana infancia, mi padre me acusó de
haber sido la causa de su sufrimiento por la violencia de la que él fue
víctima, algo que sucedió décadas antes de que yo naciera. Siendo todavía un
niño, mi padre me hizo responsable de todo lo que estaba mal en el mundo, a lo
largo de toda la historia de la humanidad. Manipuló a muchísimas personas
durante no menos de 35 años, haciéndoles creer que yo era la causa de su
adicción al alcohol y de sus comportamientos terribles. Su éxito al hacer tal
cosa, manipular a un número indeterminado de débiles mentales, fue contundente.
Atticus
Finch defendió a Tom Robinson, a mí nadie me defendió.
No fui condenado a muerte, por supuesto, pero sí viví
señalado, estigmatizado y en el oprobio. Desde mi infancia comencé a esforzarme
para afrontar mi problemática, viviendo en desatención por parte de mi madre y objeto
de la violencia que mi padre perpetraba con una furia de intensidad homicida.
Como si eso no fuera suficiente, enfrenté desde mi más
temprana infancia dificultades muy severas porque nací neuro-divergente, y
padeciendo un trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) que
nunca se diagnosticó; por puesto, nunca se atendió. También nací sin visión en
el ojo izquierdo, o debería decir, con una visión muy disminuida; 35 por
ciento, periférica, sin poder enfocar. Por ello, mostraba una torpeza extrema
de movimientos —me tropezaba con mis propios pies, no pude aprender a atarme
los cordones de los zapatos y jamás me lavaba los dientes—, y pese a que mostré
siempre un desempeño académico en todo aquello que involucraba lectura y
escritura, en lo que involucraba números, mi desempeño fue deplorable.
Necesitaba una educación especial, un maestro particular que me ayudara a
aprender, pero mis padres no estaban dispuestos a hacer nada por mí.
Desde mi infancia, empecé a enfrentar esas
dificultades y a fortalecerme, tanto en lo físico como en lo intelectual.
Muchos años más tarde, ya en la cuarta década de mi vida, al interactuar con
otros individuos (durante mi primer empleo, por ejemplo, que obtuve con 33 años
y medio de edad), compañeros de trabajo, débiles en lo mental —ni que decir de
su debilidad física, ratones emasculados— me detestaron al percibir en mí
características deseables poco comunes (cualidades) e incluso hubo quienes me
odiaron por ello.
Perdí ese primer empleo al comenzar el año 1998, tres
meses antes de cumplir 34 años de edad, porque un ex compañero de la
universidad que era mi jefe directo (él me contrató) en una empresa de la
maquiladora electrónica recién llegada al país, reencarnó a mi padre. Su
patología narcisista era extremadamente grave y al percibir que yo no era
infinitamente inferior a él en lo intelectual, me atacó con una furia de
intensidad homicida mediante agresiones verbales. Mutante que padecía una
distrofia muscular, persona gordiflaca, arranques de furia característicos de
una mujer menopáusica, megalómano monstruoso.
Lo que me hizo ese mutante de características
antinaturales (de lo cual yo no soy responsable en lo más absoluto), pudo haberme
costado la vida. Meses más tarde, mi familia (mis padres y mis hermanas, con
participación de sus cónyuges) completaron la agresión y mi vida cayó a un
precipicio.
Perdí la voluntad de vivir y durante más de un cuarto
de siglo he deseado no haber nacido jamás. Sin embargo, durante los últimos
años (a raíz de haber perdido ese empleo que desempeñé en una empresa
farmacéutica por negarme a aceptar la impunidad que le obsequiaron a un
individuo que me acosó laboralmente, un narcisista maligno, como mi padre) he
cobrado conciencia de que pese a toda mi problemática, mi calidad de vida es
mejor que la de muchísimos hombres considerados normales.
¿Qué significa la palabra normal? En el pasado (hace muchos años, no podría decir cuántos), era sinónimo de sano. Cambió su uso, no sé por qué. Ahora tiene que ver con estadística, norma, mayoría.
La mayoría de las personas están peor que yo. Lejos de
avergonzarme por ser un anormal, me enorgullezco de ello.
Cito una vez más a Erich Fromm. Capítulo 3 “la
naturaleza humana y el carácter” del libro Ética y Psicoanálisis:
Las dicotomías existenciales e históricas en el hombre … permanece insatisfecho, ansioso e inquieto. Existe solamente una solución a su problema: enfrentarse con la verdad, admitir su soledad fundamental en medio de un universo indiferente a su destino, reconocer que no existe ningún poder que lo trascienda que sea capaz de resolverle su problema. El hombre debe aceptar la responsabilidad para consigo mismo y también el hecho de que solamente usando sus propios poderes puede dar significado a su vida.



.jpg)
















