El pasado 8 de abril, miércoles, busqué información
sobre Graeme Obree, ciclista escocés, porque recordé algo muy importante, que
tiene que ver con mi historia de vida.
Como he expresado antes, siendo un adolescente (con 16
años de edad, en 1980), vi por televisión unos Juegos Olímpicos, Moscú, Unión
Soviética, antes de la caída de la Cortina de Hierro, por supuesto. No había
llevado una vida sedentaria, pero no había practicado ningún deporte de manera
disciplinada. Siendo un niño, había comenzado a saltar la cuerda, algo que me
ayudó con mis problemas de coordinación, pues siendo neuro-divergente, adolecía
de una torpeza de movimientos extrema, me tropezaba con mis propios pies. Mis
padres no hacían nada por ayudarme y en lugar de eso, mi padre me violentaba de
todas las formas posibles, mi madre no se ocupaba de mí.
Pero volviendo al tema que me ocupa, que durante mi
adolescencia empecé a convertirme en un deportista, inspirándome en mirar por
TV los Juegos Olímpicos de Moscú, 1980, me dije a mí mismo: “voy a convertirme
en uno de esos, un deportista de alto rendimiento y en cuatro u ocho años, seré
campeón olímpico”. Al cabo de un tiempo breve, corría todas las mañanas, de
lunes a domingo, ocho kilómetros en cuarenta minutos; algo que no era difícil
en absoluto, pero a mí me parecía una proeza. Al cabo de unos años me di cuenta
de que mis capacidades eran muy modestas y eso no cambiaría jamás, por mucho
que entrenara. Los deportistas de alto rendimiento son súper-dotados, algo
análogo a las personas que tienen un IQ de 140 y más; no se hacen inteligentes,
nacen así. Un porcentaje muy pequeño de la población mundial nace con esas
potencialidades, un uno por ciento, algo así.
Yo no pertenezco a esa minoría, sino a la mayoría, el
noventa y tantos por ciento de la población, tal vez 97, 98 o 99 por ciento,
tanto en IQ como en capacidades físico-atléticas.
Después de unos 10 años de practicar la carrera
pedestre, me vi obligado a abandonar la práctica de ese deporte por lesiones en
los tendones de Aquiles. Entonces empecé a practicar el ciclismo de ruta;
contaba con unos 26 años de edad. Al cabo de un tiempo breve, recorría unos 1,100
km al mes, es decir, poco más de 250 km por semana, que en realidad es poco,
pero como decía antes, mis capacidades son muy modestas.
Durante la segunda mitad del año 2002 (posiblemente en
agosto de ese año), leí en una revista de ciclismo estadounidense, Bicycling,
la historia de Graeme Obree. No compré ese ejemplar, leí el artículo en una
sucursal de una cadena que pertenece a un magnate de mi país y tiene como
símbolo unos tecolotitos.
Al leer sobre Graeme Obree, su historia de vida, sus
problemas de salud mental, etc., identifiqué algo en mi historia de vida.
Durante muchos años (no podría decir cuántos), había vivido provocándome
agotamiento físico mediante la práctica de mi deporte, para anestesiar un
sufrimiento psíquico muy severo porque vivía de manera muy disfuncional. El
origen de ello era una patología mental grave. Pese a haber sido atendido por
médicos psiquiatras desde 1990 (es decir, durante 12 años hasta ese momento),
no sabía que padecía un trastorno de personalidad, el límite (TLP, Borderline
Personality Disorder en inglés) y por ello, había vivido en un aislamiento y
una soledad muy patológicos, en un ambiente familiar terrible (violencia), sin
ser capaz de trabajar y valerme por mí mismo, pese a haber pasado muchos años
estudiando como autodidacta para superar mis muy graves deficiencias académicas
(algo que logré en buena medida) y pese a ello, no fui capaz de concluir una
licenciatura en ingeniería (electrónica).
Me pregunté entonces, ¿por qué dedico tanto tiempo y
energía a la práctica de un deporte, es porque me gusta, o se trata nada más de
una actividad compulsiva? Lo comenté a mi médico psiquiatra, un individuo
terrible, de nombre Flavio. Él no le dio la menor importancia; muchos años más
tarde entendí el por qué de ello.





No hay comentarios:
Publicar un comentario