Durante la segunda
mitad del año 1997, un compañero de la universidad, de nombre David, obtuvo un
puesto de gerencia en una empresa de la maquiladora electrónica, que iba
llegando al país, a un territorio al que algunos le dieron el nombre Silicon Valley del lugar; algo por demás
inadecuado, absurdo, rayando en lo patético.
Eso porque en el
lugar donde se encuentra el verdadero Valle del Silicio, se desarrollaban
tecnologías muy avanzadas de la electrónica digital. El silicio es un metal
semiconductor, con el que se hacen las obleas diminutas que con tecnologías de
punta son convertidas en la parte medular de todo tipo de circuitos integrados,
algunos de complejidad gigantesca, como los microprocesadores y similares.
La maquiladora
existe porque quienes la concibieron buscaron elevar el lucro a su máxima
expresión, pagar a los trabajadores salarios míseros y por el mayor número de
horas posible, sin pagar impuestos, reparto de utilidades, con los trabajadores
sometidos a condiciones laborales terribles, expuestos a todo tipo de abusos.
Ese antagonista,
David, me dio en aquella época, durante la segunda mitad de ese año 1997,
material del tema “control de calidad” para que lo estudiara; él me contrataría
como auditor. Entre ese material habían unos videocasetes, formato VHS (hoy
obsoletos, ya en desuso). Yo concebí la idea de copiar ese material en video,
para lo cual necesitaría una segunda video casetera y videocasetes en blanco.
David me prestó su videocasetera para que me la llevara a casa y un videocasete
en el que un médico había grabado un análisis clínico al se había sometido ese
antagonista terrible al que yo consideraba mi amigo (error descomunal), para determinar
el origen de un padecimiento: prurito anal.
Yo copié ese
material sobre control de calidad, que finalmente no me fue útil porque mi
“amigo” me contrató para ocupar un puesto diferente, que tenía que ver con
seguridad e higiene en la empresa; pero eso es otro asunto.
He leído sobre
psicoanálisis, un tema que me ha fascinado, pero la verdad es que no he
prestado mucha atención a la teoría de Freud sobre esas etapas del desarrollo,
oral, anal, fálica, genital. Solamente recuerdo lo más elemental del asunto, en
parte porque he leído casi exclusivamente a Erich Fromm, un gran humanista,
genio, al que yo tengo en alta estima.
David debió haber
sido bautizado con el nombre de Goliat, salvo que su debilidad física era
extrema, un defecto verdaderamente terrible.
Al violentarme de
una manera terrible, durante la última semana del mes de enero de 1998,
manifestó una patología narcisista verdaderamente muy grave. Por ser una de las
personas que más daño me hizo en mi muy difícil historia de vida (plagada de
violencia), se ha convertido en uno de esos individuos cuyos recuerdos brotan
en mi mente de manera cotidiana porque lo que me hizo me pudo haber costado la
vida.
De pronto recordé
lo arriba mencionado, un padecimiento anal, eso trajo a mi mente a otro de mis
peores antagonistas, un médico psiquiatra que en esa época me atendía en su
consultorio particular, Flavio.
He mencionado
antes, en otros espacios (blogs), que ese médico psiquiatra es un delincuente,
un individuo dominado por el resentimiento, odio contra la vida, porque creció
en un entorno racista y su aspecto no es el de un mestizo, sino el de un
indígena; un indígena de características muy precarias, no por ese origen
étnico, racial, ya que ese tipo de individuos existen en todas las culturas del
mundo, sean de origen europeo, asiático (raza mongólica), polinesio, nativo de
América, Oceanía, África, lo que sea; así como en contraste, existen individuos
de características excepcionales en todos esos entornos, culturas.
Para que quede
clara esa idea arriba expresada, hace falta hacer énfasis en que su precariedad
no tiene nada que ver con su origen racial indígena. Tiene en común con David esa
precariedad física extrema, algo de lo que no se puede culpar a nadie; la vida
—la naturaleza— es así.
David carecía de
masa muscular, tan escasa en su anatomía que no resultaba visible, mientras que
la proporción de tejido adiposo era muy alta. A quienes presentan este rasgo se
les ha dado el nombre de “personas gordi-flacas”. Una vez lo vi vistiendo
pantalones cortos y camiseta sin mangas (él había dormido una siesta durante la
tarde, contaba con 21 años de edad), cuando abrió la puerta de su vivienda. Yo
me quedé estupefacto, no supe quién era ese anciano septuagenario que parecía
padecer una muy grave desnutrición (aparentaba 3.5 veces su edad cronológica).
Al escuchar su voz lo reconocí y la impresión que me causó quedó en mi memoria.
Once años más
tarde, en septiembre de 1997 (unos dos meses antes de contratarme), David me
citó en su casa un día entre semana, por la tarde, después de las 17 horas. Él
contaba con 32 años de edad, había llegado de su trabajo, donde debía vestir
camisa y corbata, se había despojado de esas prendas y vestía una camiseta sin
mangas, ropa interior. Sus brazos eran delgados y flácidos en extremo, debajo
de las axilas se acumulaba la adiposidad, conocida coloquialmente como
“lonjas”.
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