lunes, 13 de julio de 2026

Decir adiós a un enemigo, y cultivar una rosa blanca

 


¿Por qué me has buscado? No sé por qué formulo la interrogante, pues sé bien la respuesta. Tu vida se acaba, eso te aterra e intentas negociar conmigo. No te recibiré y no cruzaré una palabra contigo. Sé que quisieras decirme que si mueres yo me voy contigo.

En primer lugar, yo no creo eso. En segundo, si tal fuera el caso, no me importaría. Estoy cansado de vivir y llegar al final me libra de la molestia de poner fin a mi existencia. De hecho, no hice tal cosa porque no tuve el valor, he sido un cobarde.

Recuerdo que una vez, cuando tú y yo éramos jóvenes, llegando a la década de los 30s, expresaste el cliché idiota y agresivo, que quitarse la vida “es una cobardía”. Además de unirte a la legión de imbéciles que expresan semejante idea, te agredes a ti mismo, pues de los acontecimientos que se han dado a lo largo de los últimos años, independientemente de lo que haya sucedido antes, ha dejado claro a todas las personas que se enteraron —en particular fu familia, tu esposa y tus hijos— que careces del menor vestigio de valor y por ello se avergüenzan de ti y no se esfuerzan mucho en disimular el desprecio que sienten. En otras palabras, tú no estás para tachar a nadie de cobarde.

Casi valdría la pena escuchar tus argumentos en lo referente a lo que hiciste cuando las tuviste todas contigo, intentando negarlo o justificarte. Me ofendiste, intentaste denigrarme, vejarme, humillarme. Al hacerlo, proferiste las palabras increíbles “somos amigos”, y al pronunciar semejante aberración, encarnaste a mi padre. Con el paso del tiempo, pude descubrir un gran parecido entre ese mal individuo y tú, sobre todo en lo referente a un narcisismo muy patológico, un carácter sádico, una furia homicida expresada a mansalva —lo cual implica una cobardía descomunal— y una destructividad a la que, a quien la esgrime no le es posible escapar. Cuando te eché en cara que me estabas agrediendo verbalmente, lo negaste, profiriendo además “son tus complejos de inferioridad”. Eso se llama añadir insulto a la injuria, algo que yo no perdono.

Tu violencia verbal, tus ofensas y tu afán por denigrarme me motivaron a irme, a renunciar al primer empleo de toda mi vida, en el que me había desempeñado de manera sobresaliente, lo cual despertó en ti un odio de tal magnitud que te motivó a intentar aniquilarme; no satisfice tu expectativa, ser intelectualmente infinitamente inferior a ti, o tal vez debería decir, que intelectualmente tú eras infinitamente superior a mí.

Mi vida rodó por un precipicio, sobreviví a la caída, pero mi libido quedó dañada para siempre. En los años que siguieron, intenté sobreponerme, realicé esfuerzos titánicos para intentar salvarme a mí mismo, mas todo fue inútil. Un día, en mis tempranos 40s, cuando murió una persona muy cercana a mí, cobré conciencia de que había vuelto a perder la voluntad de vivir.

Seguí por mi senda como un autómata, procurando no sentir dolor, o que cuando este fuera demasiado intenso, me resultara indiferente. Muchas veces tomé un objeto punzocortante, lo acerqué a uno de mis brazos, presioné hacia abajo y provoqué una hemorragia que no provocó una pérdida de sangre de la magnitud deseada, suficiente para poner fin a mi problemática. Fui un cobarde.

Mas esa cobardía no me define. Durante mi infancia, sin tener conciencia de ello, comencé a esforzarme para superar los síntomas físicos provocados por los síndromes que padecía, que no eran otra cosa que la manifestación de un funcionamiento inadecuado de mi encéfalo. Tampoco era físicamente fuerte, y esa fue otra deficiencia que acometí. Pasó el tiempo, dejé de ser un niño, pasé por la adolescencia y llegué a la temprana juventud. Durante esas etapas, mis enormes deficiencias me motivaron a decidir superarlas. Me hice del valor y de la determinación para realizar esfuerzos muy prolongados, en circunstancias difíciles por la violencia que dominaba mi entorno, el infierno que que era mi vida en familia, y crecí, me realicé en cierta medida. Aprendí a amarme y a respetarme, a enorgullecerme de mis logros y de mis modestas victorias.

En cambio tú, en mejores circunstancias que las mías, habiendo llegado al mundo sin alteraciones neurológicas, te esforzaste en aquello que te resultó fácil, en las áreas del intelecto para las que estabas bien dotado. Mas aquello que involucraba algún tipo de dificultad, independientemente de su magnitud, optaste por considerarlo poco importante, racionalizando tu cobardía y desarrollando un narcisismo descomunal. He de reconocer tu enorme estatura como un megalómano.

Muchas veces sentí el deseo de buscarte y derramar tu sangre, de golpearte con todas mis fuerzas y acabar matándote. ¿Qué me detuvo? Una inclinación natural a amar la vida y por ende, respetarla; también la firme determinación de evitar arruinar la mía.

¿Vamos a morir? Sé que no tienes la respuesta en lo que a mí respecta, pero sí la certidumbre de que tienes un pie en la tumba.

Quisiera decirte que no puedo hacer nada por ti, mas no hago tal cosa porque sospecho que eso no es cierto. Al cabo de unos días, los síntomas de la enfermedad que carcome tus entrañas se habrán agravado lo suficiente para indicar si el final está cerca. Yo no estaré cerca de ti para observar tu inmolación, no tanto porque ver tu destrucción resulte doloroso, sino porque tu persona me resulta en extremo desagradable, de hecho, repulsiva.

No supliques, no te pongas de rodillas, no te denigres, no te vejes ni te humilles a ti mismo; no podrás conmoverme. Y eso no se debe a que yo sea implacable o despiadado, sino a que reservo mi empatía y mis buenos sentimientos para quienes los merecen, no para infames que teniéndolas todas consigo, violentan a otros para exorcizar sus demonios. Como decía antes, el problema es tu megalomanía.

Hablé con tu terapeuta, el galeno que se autodenomina “doctor”. Me divertí al señalarle su narcisismo a ese respecto, pues en este país, una especialidad en medicina no es un doctorado. Un Narciso no puede ayudar a otro. Lastimé al ególatra, sin pegarle con los puños, haciendo uso de mi discurso y mis capacidades intelectuales.

El mediquito argumentó, a modo de respuesta, que yo también soy narcisista. Me tomó por sorpresa y le pedí unos minutos para reflexionar. No fue difícil darle la razón. Tengo una buena opinión de mí, me valoro, me aprecio y me he colocado en un pedestal de un tamaño modesto, acorde con el de mis éxitos.

Y es que, como decía antes, he sido cobarde en lo que respecta a no poner fin a mi vida, mas no en lo referente a intentar mejorar mis capacidades físicas, a la par de adquirir una formación académica en campos que parecían inaccesibles, lo que se complicó aún más porque vivía y cohabitaba con un grave trastorno mental sin conocer siquiera su existencia.

De ello, concluyo que sí soy narcisista, mas en mi caso, ese rasgo no parece patológico.

¿Orgulloso de ti mismo, hombrecito?

Sí.

Si no vuelves a saber de mí, dale mis saludos al Príncipe de las Tinieblas. Sé bien que ese destino también podría ser el mío, pero tengo la seguridad de que no llegaré contigo. Te vencí en una pelea a muerte a la que tú me arrastraste, teniéndolas todas contigo, sin que yo tuviera conciencia de ello.

Has perdido. Ser mejor que tú hace posible que evite escupir en tu tumba.

Cultivaré una rosa blanca para ti, tal vez así recupere mi corazón.

Adiós

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario