martes, 1 de septiembre de 2026

Un mecanismo mental para suprimir un síntoma de mi neurosis: la obsesión, que conlleva vivir en el pasado. Segunda parte

 

Vi a ese psiquiatra en la institución de salud pública donde él trabajaba (me atendía en su consultorio particular), habiendo pasado tiempo en dos maquiladoras electrónicas a donde ingresé como operador (eufemismo de obrero) básico —un trabajo denigrante y ganando una miseria— con intención de informar a Recursos Humanos sobre mi escolaridad y mi dominio de una lengua extranjera, capaz de hablar, leer y escribir en inglés y de traducir al español.

Todo fue inútil. Esa era mi historia de vida (yo ya no era muy joven, había cumplido 42 años de edad), había realizado esfuerzos titánicos para aprender —convertir mis debilidades en fortalezas, algo que había conseguido en muy buena medida— y expresé la idea de que en esa primera maquiladora (Solectron, después comprada por Flextronics, que más tarde cambió su nombre a Flex), no tuve la buena fortuna de toparme con alguien que identificara mi nivel intelectual, mi muy sólida formación académica y que me ayudara a obtener un puesto mejor que el de operador básico.

El psiquiatra perverso me interrumpió, no me permitió terminar de expresar la idea.

—¿Suerte? Se dice que el hombre es el arquitecto de su propio destino—, al expresar tal infamia (agresión verbal encubierta, no muy disimulada), este médico parecía evitar sentarse sobre su ano; muy probablemente padecía hemorroides.

Ese mal individuo no me informó (ni a mis padres) que mi patología es muy grave, el índice de suicidios es muy alto, el abuso de sustancias (drogas legales como tabaco y alcohol, e incluso drogas no legales) es también muy frecuente y la disfuncionalidad que conlleva dificulta en extremo llevar una vida productiva, trabajar.

Lo que ese médico psiquiatra pretendía es que yo acabara atentando contra mi vida, presa de la desesperación; o como mínimo, que acabara arruinado, convertido en una piltrafa humana, adicto a alcohol y/o drogas no legales.

De hecho, había hablado con él en un momento de desesperación unos meses antes —unas semanas después del deceso de mi hermana menor. Le había dado el número de teléfono de mi padre —que vivía en otra entidad, con la mujer (concubina) con la que había engendrado tres hijos) y había expresado la idea a este médico delincuente de que mi sufrimiento me provocaba una ideación suicida:

—Quisiera matarme.

Él habló por teléfono con mi padre (narcisista maligno, psicópata) y le dijo que su hijo no se sentía bien porque no contaba con un empleo, manejando el asunto como si se tratara de un malestar leve, una incapacidad para manejar frustración de intensidad menor.

Miles de veces he pensado en todo esto (y más, en lo que tiene que ver con ese médico canalla y criminal), algo comprensible —a mi manera de ver—, que a la vez es un síntoma de mi neurosis: la obsesión, que se acompaña de vivir en el pasado.

Una manera de superar / suprimir este síntoma tan problemático es activar un mecanismo mental cuando un recuerdo de una de esas personas brote en mi mente: ya no existe, ya es historia.

El megalómano que me contrató para el primer empleo de toda mi vida ha fallecido, o algo así. Desapareció su cuenta en una red social (Linkedin), y el psiquiatra miserable —henchido de odio contra la vida— a todas luces ya está arruinado. Era el titular del Colegio de Psiquiatras del Estado, fue sustituido hace algunos años, muy probablemente porque se supo de los delitos que cometió contra ese paciente —muy conocido, considerado muy problemático— y quién sabe cuántos más.



Hace siglos y milenios, muchas personas pensaban que el planeta (la Tierra) era plana. Hoy, en la tercera década del s. XXI, existen individuos que sostienen que así es, que la forma del mundo en que viven no es esférica con polos achatados. Terraplanistas.

¿Cambia eso algo?


El megalómano necesitaba desesperadamente percibir en su amigo a un individuo de talla infinitesimal en lo intelectual; siendo él (ese débil mental que padecía una patología narcisista grave en extremo) del tamaño del Monte Everest, en lo intelectual.

El psiquiatra perverso, delincuente, necesitaba arruinar o incluso destruir a un paciente que vio en él a un auxiliador (incluso llegó a estimarlo, en una ocasión le obsequió una maceta con plantas ornamentales para su consultorio particular).

¿Para qué pensar más en todo eso?

Esos dos remedos de ratones eunucos (como mínimo emasculados en lo mental) son muy parecidos a los Terraplanistas, si bien, los últimos limitan la afectación de su postura a ellos mismos. Admito que pudiera estar equivocado.

Ok, antagonistas terribles. Megalómano y médico psiquiatra delincuente, individuos arruinados (tal vez uno de ellos ya fallecido), disfruten sus grandes logros, cometer vilezas incalificables. Decidieron no fortalecerse, contando con circunstancias favorables para siquiera intentarlo.

Al atacar con saña, de manera perversa (podría calificarse de maquiavélica) y ultra cobarde a un hombre que confió en ustedes, aseguraron su propia ruina, o incluso su autodestrucción.

Hoy salen de mi mente, siguen siendo parte de mi historia de vida —que ahora soy capaz de asimilar—; lo que hicieron no me afecta más.

Adiós

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