Vi a ese psiquiatra en la institución de salud pública
donde él trabajaba (me atendía en su consultorio particular), habiendo pasado
tiempo en dos maquiladoras electrónicas a donde ingresé como operador
(eufemismo de obrero) básico —un trabajo denigrante y ganando una miseria— con
intención de informar a Recursos Humanos sobre mi escolaridad y mi dominio de
una lengua extranjera, capaz de hablar, leer y escribir en inglés y de traducir
al español.
Todo fue inútil. Esa era mi historia de vida (yo ya no
era muy joven, había cumplido 42 años de edad), había realizado esfuerzos
titánicos para aprender —convertir mis debilidades en fortalezas, algo que
había conseguido en muy buena medida— y expresé la idea de que en esa primera
maquiladora (Solectron, después comprada por Flextronics, que más tarde cambió
su nombre a Flex), no tuve la buena fortuna de toparme con alguien que
identificara mi nivel intelectual, mi muy sólida formación académica y que me
ayudara a obtener un puesto mejor que el de operador básico.
El psiquiatra perverso me interrumpió, no me permitió
terminar de expresar la idea.
—¿Suerte? Se dice que el hombre es el arquitecto de su
propio destino—, al expresar tal infamia (agresión verbal encubierta, no muy
disimulada), este médico parecía evitar sentarse sobre su ano; muy
probablemente padecía hemorroides.
Ese mal individuo no me informó (ni a mis padres) que
mi patología es muy grave, el índice de suicidios es muy alto, el abuso de
sustancias (drogas legales como tabaco y alcohol, e incluso drogas no legales)
es también muy frecuente y la disfuncionalidad que conlleva dificulta en
extremo llevar una vida productiva, trabajar.
Lo que ese médico psiquiatra pretendía es que yo
acabara atentando contra mi vida, presa de la desesperación; o como mínimo, que
acabara arruinado, convertido en una piltrafa humana, adicto a alcohol y/o
drogas no legales.
De hecho, había hablado con él en un momento de
desesperación unos meses antes —unas semanas después del deceso de mi hermana
menor. Le había dado el número de teléfono de mi padre —que vivía en otra
entidad, con la mujer (concubina) con la que había engendrado tres hijos) y había
expresado la idea a este médico delincuente de que mi sufrimiento me provocaba
una ideación suicida:
—Quisiera matarme.
Él habló por teléfono con mi padre (narcisista
maligno, psicópata) y le dijo que su hijo no se sentía bien porque no contaba
con un empleo, manejando el asunto como si se tratara de un malestar leve, una
incapacidad para manejar frustración de intensidad menor.
Miles de veces he pensado en todo esto (y más, en lo
que tiene que ver con ese médico canalla y criminal), algo comprensible —a mi
manera de ver—, que a la vez es un síntoma de mi neurosis: la obsesión, que se
acompaña de vivir en el pasado.
Una manera de superar / suprimir este síntoma tan
problemático es activar un mecanismo mental cuando un recuerdo de una de esas
personas brote en mi mente: ya no existe,
ya es historia.
El megalómano que me contrató para el primer empleo de
toda mi vida ha fallecido, o algo así. Desapareció su cuenta en una red social
(Linkedin), y el psiquiatra miserable —henchido de odio contra la vida— a todas
luces ya está arruinado. Era el titular del Colegio de Psiquiatras del Estado,
fue sustituido hace algunos años, muy probablemente porque se supo de los
delitos que cometió contra ese paciente —muy conocido, considerado muy
problemático— y quién sabe cuántos más.
Hace siglos y milenios, muchas personas pensaban que
el planeta (la Tierra) era plana. Hoy, en la tercera década del s. XXI, existen
individuos que sostienen que así es, que la forma del mundo en que viven no es
esférica con polos achatados. Terraplanistas.
¿Cambia eso algo?
El megalómano necesitaba desesperadamente percibir en
su amigo a un individuo de talla
infinitesimal en lo intelectual; siendo él (ese débil mental que padecía una
patología narcisista grave en extremo) del tamaño del Monte Everest, en lo
intelectual.
El psiquiatra perverso, delincuente, necesitaba
arruinar o incluso destruir a un paciente que vio en él a un auxiliador
(incluso llegó a estimarlo, en una ocasión le obsequió una maceta con plantas
ornamentales para su consultorio particular).
¿Para qué pensar más en todo eso?
Esos dos remedos de ratones eunucos (como mínimo emasculados en lo mental) son muy parecidos a los Terraplanistas, si bien, los últimos limitan la afectación de su postura a ellos mismos. Admito que pudiera estar equivocado.
Ok, antagonistas terribles. Megalómano y médico
psiquiatra delincuente, individuos arruinados (tal vez uno de ellos ya
fallecido), disfruten sus grandes logros, cometer vilezas incalificables.
Decidieron no fortalecerse, contando con circunstancias favorables para
siquiera intentarlo.
Al atacar con saña, de manera perversa (podría
calificarse de maquiavélica) y ultra cobarde a un hombre que confió en ustedes,
aseguraron su propia ruina, o incluso su autodestrucción.
Hoy salen de mi mente, siguen siendo parte de mi
historia de vida —que ahora soy capaz de asimilar—; lo que hicieron no me
afecta más.
Adiós




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