Durante
los días que siguieron, del lunes 1 al jueves 4 de diciembre, pensé en todo lo
que ha ocurrido, que se extiende al resto de mi existencia, desde mi más
temprana infancia.
La
noche de ayer jueves 4 de diciembre, me percaté de que esas actitudes de
vecinos agresivos y cobardes, despreciables, no deben afectarme. Muchas
personas muestran ese tipo de comportamientos, todo el tiempo; el origen de
ello es su debilidad, que en muchos casos no tiene su origen en condiciones de
vida muy adversas (ser víctimas de la injusticia y la desigualdad social, haber
vivido en pobreza económica, o problemas de salud severos, que afectaron su
desarrollo, etc.,). La debilidad de muchos de esos individuos que me han
detestado o incluso me han odiado y el origen de ese odio ha sido envidia,
tiene su origen en que ellos mismos decidieron no esforzarse para fortalecerse,
no convertir sus debilidades en fortalezas —un mecanismo de defensa psicológico,
positivo; Compensación. Al adoptar esa postura, se debilitaron a sí mismos en
la mayor medida posible. La clase de personas que no necesitan enemigos, se
vuelven autosuficientes, deciden que no permitirán a nadie que arruine sus
vidas porque ellas se reservan el derecho de arruinarse a sí mismas.
En
mi país están cambiando muchas cosas, para bien. Hasta hace poco tuvimos uno de
los peores sistemas de impartición de justicia de todo el mundo, algo que se
está resolviendo de una manera muy acelerada.
Esos
vecinos burócratas, Ramón de Fiscalía y Marcela de alguna secretaría de
gobierno, son opositores al régimen que ha gobernado mi país (gobierno federal)
durante los últimos siete años, desde diciembre de 2018. Eso es un indicador de
que se trata del tipo de personas que han sido afectadas por acciones acertadas
tomadas por ese gobierno federal. A todas luces, esa mujer se ha vinculado con
alta burocracia, a gobiernos municipales y al gobierno estatal de la entidad
donde vivo, adoptando una postura pragmática (como tantísimas personas),
careciendo de la inteligencia para percatarse de que hacer tal cosa, faltar a
la ética, a la honestidad y a la decencia, propicia la desintegración mental y
emocional. Para completarla, una procuración de justicia competente (a
diferencia de lo que ha sido durante muchísimos años, algo que está llegando a
su fin) podría traer una catástrofe a la vida de ese tipo de personas, gente
como esos dos vecinos, Marcela y Ramón, este último de Fiscalía.
Además,
un cierto número de vecinos (no podría decir cuántos) están coludidos con
cárteles inmobiliarios y de otro tipo (delincuencia organizada) y en las
cercanías hay un templo al que un día por semana (los lunes) acuden miles de
personas provenientes de quién sabe cuántos lugares, lo cual recauda cantidades
de dinero que —por supuesto— representa un lucro muy deseable para el clero y
allegados. Su vinculación con cárteles inmobiliarios y lo que sigue es también
algo conocido, lo que se conoce coloquialmente como “un secreto a voces”.
Hablando
de mí, soy un hombre decente. No soy un delincuente y he evitado convertirme en
eso, un criminal, no solamente por temor a las consecuencias, sino por una
tendencia a apegarme a la ética, a la honestidad y a la decencia. Por haber
sido objeto de una forma de violencia muy dañina perpetrada por mi padre y
otras personas, difamación de honor, daño moral, he sido señalado y
estigmatizado. Lo que muy probablemente hizo Marcela (con posible participación
de Ramón y otras personas), difundir información sobre mí en esa junta de
colonos, no tendría por qué afectarme mucho.
Soy
un solitario, nadie viene nadie a mi casa. Nunca se me ha visto en compañía de
individuos con aspecto de delincuentes o algo parecido, gente de mal aspecto, “malas
pulgas” como se dice coloquialmente; nunca se me ha visto intoxicado por
alcohol, mucho menos por alguna droga no legal, etc.
En
tiempos recientes he decidido dejar de dar explicaciones. Escribir esto parece
contradecir lo anterior, pero me lo permitiré en esta ocasión, principalmente
porque me ayuda a enfrentar este tipo de situaciones.
Sería
útil añadir lo siguiente. Mi edad es 61 años. Nunca me he casado, no he tenido
hijos.
Un
cierto número de personas poco inteligentes (nunca escasas) dice idioteces
como: “soltero maduro, joto seguro”. Si alguien piensa que soy gay, homosexual,
no me preocupa en lo más absoluto. No soy tal cosa, soy heterosexual y nunca me
he propuesto demostrar que no soy homosexual; si alguien piensa que lo soy, que
piense lo que quiera, no me afecta en lo más absoluto.
Haré
extensiva esta actitud, a todo lo que tenga que ver con el modo como me
perciben otras personas, trátese de quien se trate, en cualquier lugar.
Estoy
muy cerca de la sanación. La violencia que dominó mi vida habría arruinado o
incluso aniquilado a muchos individuos, muchos de los cuales (como lo mencioné
en la entrada anterior) optaron por evitar enfrentar la adversidad que la vida
les deparó, evitaron fortalecerse y en cambio eligieron incrementar su
debilidad en la mayor medida posible.
Desde
mi más temprana infancia, muchas personas han dicho que soy muy inteligente.
Honestamente y a riesgo de que lo que voy a decir suene a falsa modestia, no
creo que lo sea tanto, que sea tan inteligente. Vivimos en un mundo de idiotas;
en entornos donde abundan los poco inteligentes —enanos– alguien que cuenta con
capacidades adecuadas parece un gigante.
No
es que yo sea muy inteligente; lo que sucede es que soy menos tonto que muchas
personas.
Se
me viene a la mente Albert Einstein
Solamente conozco
dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana; y del universo no estoy
seguro.
Así
las cosas



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