viernes, 5 de diciembre de 2025

Una crisis de intensidad menor

 

El sábado pasado, 29 de noviembre, algo me hizo sentir mal, algo que sucedió temprano por la mañana. Salí a caminar con mi mascota, mi perrita Clara, que ha estado conmigo durante más de ocho años. Había recorrido unos 60 metros, me topé con un vecino al que conocí en agosto de 1983 (es decir, hace más de 42 años) cuando ambos ingresamos a la universidad. Él estudió ingeniería civil y ha vivido en las proximidades durante no menos de 30 años.

Siendo vecinos, él (Federico) y yo nos topamos con cierta regularidad, pues también tiene mascotas (un par de perros, pequeños) y en ocasiones entablamos un breve diálogo de unos dos o tres minutos de duración. El sábado nos encontramos, caminando por banquetas opuestas, lo saludé con la mano (escuchaba música en un reproductor mp3, usando audífonos), él fingió que no me había visto y siguió su camino.

Esto había sucedido antes. Ese individuo es seis meses menor que yo, que nací en abril, él en octubre, hace 61 años. A riesgo de parecer narcisista, diré que, en la séptima década de mi vida, proyecto una imagen poco común no solamente entre hombres en mi rango de edad (sexagenarios), sino incluso entre hombres 10, 20 o incluso 30 años menores que yo. ¿Por qué?

Por una parte, pese a que nací con problemas (habiendo llegado al mundo acompañado, con una hermana gemela, en los partos múltiples frecuentemente la salud es menos robusta, presenta una mayor vulnerabilidad), no veo con el ojo izquierdo, soy neuro-divergente y he vivido con un TDAH que nunca se identificó, no se trató y por ello enfrenté dificultades enormes para educarme. Mi padre psicópata me violentó, me trató como al peor criminal de toda la historia; me hizo responsable de todo lo que estaba mal en su vida y de todo lo que estaba mal en el mundo.

 Sin embargo, mi genética es buena en otros sentidos. Durante mi adolescencia comencé a convertirme en un deportista; mis capacidades físicas no son gran cosa (siempre fueron muy modestas, pese a que he sido muy disciplinado en el entrenamiento y he vivido con muy buenos hábitos de alimentación y todo lo que tiene que ver con higiene). No obstante, mi apariencia (pese a ser muy delgado) parecía la de un deportista de alto rendimiento.

Pese a todas las dificultades que me vi obligado a enfrentar por ser hijo de un hombre y una mujer que formaron una simbiosis sadomasoquista, no parecer un mexicano mestizo (es lo que soy, nunca he pretendido ser otra cosa) y un cociente intelectual alto, muy arriba del promedio –algo que no se hizo evidente en mi desempeño académico, fui un estudiante terrible por lo antes mencionado, neuro-divergente y TDAH– pese a todo ello, ese conjunto de características que he presentado toda mi vida (en buena parte por mérito propio), ha provocado envidia en muchos individuos (la mayoría del sexo masculino) y por ello he sido objeto de violencia de todo tipo.

Ese vecino, Federico (su abuelo materno era alemán), es más alto que yo, unos cinco o seis centímetros, pero su aspecto es el del individuo típico que no vive con buenos hábitos, lleva una vida sedentaria. Abdomen abultado, músculos débiles, poco desarrollados, flácidos, piel y pelo muy deteriorados, etc. Parece altamente probable que, al percibir las características de un hombre de su edad, delgado, razonablemente fuerte y físicamente apto, sienta un malestar que no es capaz de manejar.

Regresé a casa con mi mascota, Clara. Al entrar a mi vivienda, vi a un vecino con el que tuve problemas que pudieron haber acabado en una pelea a golpes, enfrascado en un diálogo con un patán (también vecino), que durante años mostró actitudes muy agresivas en mi contra, de una manera cobarde, es decir, manifestadas con actitudes; la expresión de su rostro, fingir al pasar junto a mí que no me veía porque miraba la pantalla de su teléfono celular, su lenguaje corporal, etc. Ese individuo despreciable se llama Ramón y trabaja en Fiscalía, lo cual no me preocupa en lo más absoluto.

Esos dos vecinos mencionados en el párrafo anterior se involucraron en un acto indebido (que incluso sería una violación a la ley de protección de datos personales), en el que participó una vecina de nombre Marcela, que es una burócrata corrupta. Propagaron información sobre mí entre los colonos del lugar donde he vivido durante más de 44 años (llegué aquí en octubre de 1981, con 17 años de edad, cursaba la preparatoria). Dijeron que soy un matón, un psicópata o quién sabe qué disparate.

Un empleado de un negocio que en las proximidades tiene dos sucursales, un minisúper (donde compro alimento con mucha frecuencia) ha mostrado una actitud un tanto hostil hacia mí en tiempos recientes. Parece altamente probable que esa mujer, Marcela, haya continuado con sus conductas que violan normatividad, o incluso la ley.

Este último fin de semana, sábado y domingo, me sentí muy mal. Se dio una especie de crisis, si bien la afectación no fue tan severa como lo habría sido en tiempos pasados.

Es la historia de mi vida. He sido objeto de mucha violencia, cuando he respondido, se me ha calificado de violento y desde hace muchos años vivo con la reputación de un hombre peligroso. Esto me ha hecho sentir muy mal porque no soy tal cosa, no rindo culto a la violencia, no simpatizo con canallas, con ningún tipo de criminales.

No es que sea peligroso, lo que sucede es que no soy inofensivo.

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