viernes, 16 de enero de 2026

Epístola a un antagonista canalla. Mi padre

 


Padre:

Narcisista maligno, psicópata, sádico torturador despiadado. Falleciste hace 18 meses, un mes, y dos días. Vivo como si te tuviera junto a mí.

Cuando te fuiste de este mundo, tu hija favorita (cuatro años menor que yo) pagó para que incineraran tu cadáver. Dos años y nueve meses más tarde, tu único hijo varón —al que culpaste desde su más temprana infancia de todo lo que estaba mal en tu vida, y siendo todavía un niño lo hiciste responsable de todo lo que estaba mal en el mundo—, se enteró de que en la vivienda que había habitado durante cerca de 29 años, en un recipiente se hallaban tus cenizas. Eran aproximadamente las 20 horas de un 1 de septiembre, un miércoles. Antes de las 22 horas, tus cenizas ya habían sido vertidas en un retrete; un excusado.

No creo que sea necesario decir por qué. ¿Por dónde se va lo que es sucio en extremo, la inmundicia?

Esos antagonistas que atacaron a ese hijo tuyo —al que tú viviste torturando psicológicamente—, sin saberlo, se vincularon contigo. Cadenas invisibles de eslabones de metal grueso, tan fuertes como el acero o incluso el titanio los unieron a tu destino y por ello los arrastraste en una caída cuya fuerza de atracción es una masa de tamaño, peso y densidad análoga a la fuerza de atracción (gravedad) que gobierna el Cosmos.

¿Debo agradecerte eso?

No tengo la respuesta, pero si he de hablar con la verdad, deberé decir que lo dudo.

Ellos —esos antagonistas—, como tú, me atacaron convencidos de que podían hacerme daño y no tenían nada que temer de mí, igual que tú.

Hoy yacen en un descomunal Retrete del Cosmos. En espacio en el Universo donde yo habito, ya no existen.

Epístola a un antagonista canalla. Megalómano David

 

Megalómano David:

¿Ya falleciste, o te encuentras tal vez en fase terminal?

¿Cuál es tu diagnóstico, cáncer colorrectal? Recuerdo lo que había grabado en ese video-cassette (formato VHS) que me diste para copiar un material sobre control de calidad, que grabé sobre el contenido original de esa cinta: un análisis clínico de un padecimiento tuyo: prurito anal. Año 1997, tu edad era 32 años, ya estabas así de mal.



La vida te jugó rudo. Tu genética —constitución— era de precariedad extrema, así naciste. Jodidez que te heredaron tus padres, tus ancestros. Persona gordi-flaca eres, o fuiste, si ya estás muerto. Proporción terrible masa muscular / tejido adiposo; predomina lo segundo, lo primero es tan escaso que no resulta visible. Por eso me odiabas; el contraste entre tú y yo resultaba extremo.

Despreciable pendejo

Sabes lo que me hiciste. Por supuesto, sabes cómo te respondí, cómo devolví el golpe.

Como buen narciso, construiste una edificación de gran tamaño, sin cimientos, sin castillos y sin vigas. Aquel lunes 2 de febrero de 1998 —hace 28 años menos 16 días— en que yo presenté mi renuncia a ese empleo en el que permanecí apenas dos meses y medio, donde tú intentaste vejarme, denigrarme porque me odiabas y no satisfice tu expectativa —ser infinitamente inferior a ti en todo lo que tuviera que ver con intelecto—, al pegarme esa puñalada por la espalda, iniciaste una confrontación a muerte.

Si no estás muerto, estás perdido irremediablemente. Morir será lo más deseable para ti porque dejar de vivir es dejar de sufrir.

Eres, o fuiste, un ser despreciable; personificación de la miseria humana. Tu debilidad mental era acorde con tu debilidad física, que (como expresé antes) era extrema.

Hay demasiada porquería en este mundo. ¿Para qué se suman individuos como tú a las legiones necrófilas? Hoy tus allegados, hermanos, tu cónyuge, tus hijos, te identifican como lo que eres, o como lo que fuiste. Tus delirios de grandeza te condenaron a acabar así. Al decidir destruirte, en realidad no hiciste nada indebido; es parte (negativa) de la libertad (individual) de todo ser humano, pero eso no te daba el derecho a intentar aniquilar (o como mínimo arruinar) a un hombre al que llamaste amigo.

Adiós, individuo despreciable. Podrido por elección

Epístola a un antagonista canalla. Flavio, médico delincuente, criminal

 

Flavio, médico delincuente, criminal:

¿Cómo atentarías contra tu vida? ¿Usarías un arma de fuego, un arma blanca, deglutirás trozos de vidrio, o ingerirías un fármaco (sobredosis), tal vez un ansiolítico?

Estás perdido irremediablemente. Atentaste contra la vida de un paciente, de un hombre que vivía en gran vulnerabilidad y te necesitaba, había confiado en ti, te estimaba, veía en ti a un aliado. Cometiste una vileza incalificable, un delito; violaste el juramento de Hipócrates.

Tu origen racial-étnico, no hace de ti un ser humano inferior. Tú optaste por incrementar tu debilidad en la mayor medida posible; te convertiste en tu peor enemigo. ¿Qué piensan de ti tu cónyuge y tus hijas? ¿Son esas jóvenes, tus hijas, descendencia biológica tuya, o fueron concebidas por inseminación artificial, algo así? Parecería innecesario mencionar que la semilla proveniente del varón (para esa concepción) vendría de un hombre que no sería el cónyuge de la mujer que se embaraza; sin embargo, no puedo evitar hacerlo.

¿Sienten esas mujeres lástima por ti, tu esposa y tus hijas; o en cambio te detestan, tal vez te odian e incluso se avergüenzan por su parentesco contigo; por llevar tu apellido paterno?

El contraste entre un hombre como tú y ese hombre al que intentaste arruinar (o incluso aniquilar) es algo cuyo origen se encuentra en la naturaleza; él no te despojó de nada.

Lo que te quede de vida será una pesadilla, en el mejor de los casos; será un infierno, en el peor de los casos. Lo mereces, inferior por elección propia.