viernes, 16 de enero de 2026

Epístola a un antagonista canalla. Megalómano David

 

Megalómano David:

¿Ya falleciste, o te encuentras tal vez en fase terminal?

¿Cuál es tu diagnóstico, cáncer colorrectal? Recuerdo lo que había grabado en ese video-cassette (formato VHS) que me diste para copiar un material sobre control de calidad, que grabé sobre el contenido original de esa cinta: un análisis clínico de un padecimiento tuyo: prurito anal. Año 1997, tu edad era 32 años, ya estabas así de mal.



La vida te jugó rudo. Tu genética —constitución— era de precariedad extrema, así naciste. Jodidez que te heredaron tus padres, tus ancestros. Persona gordi-flaca eres, o fuiste, si ya estás muerto. Proporción terrible masa muscular / tejido adiposo; predomina lo segundo, lo primero es tan escaso que no resulta visible. Por eso me odiabas; el contraste entre tú y yo resultaba extremo.

Despreciable pendejo

Sabes lo que me hiciste. Por supuesto, sabes cómo te respondí, cómo devolví el golpe.

Como buen narciso, construiste una edificación de gran tamaño, sin cimientos, sin castillos y sin vigas. Aquel lunes 2 de febrero de 1998 —hace 28 años menos 16 días— en que yo presenté mi renuncia a ese empleo en el que permanecí apenas dos meses y medio, donde tú intentaste vejarme, denigrarme porque me odiabas y no satisfice tu expectativa —ser infinitamente inferior a ti en todo lo que tuviera que ver con intelecto—, al pegarme esa puñalada por la espalda, iniciaste una confrontación a muerte.

Si no estás muerto, estás perdido irremediablemente. Morir será lo más deseable para ti porque dejar de vivir es dejar de sufrir.

Eres, o fuiste, un ser despreciable; personificación de la miseria humana. Tu debilidad mental era acorde con tu debilidad física, que (como expresé antes) era extrema.

Hay demasiada porquería en este mundo. ¿Para qué se suman individuos como tú a las legiones necrófilas? Hoy tus allegados, hermanos, tu cónyuge, tus hijos, te identifican como lo que eres, o como lo que fuiste. Tus delirios de grandeza te condenaron a acabar así. Al decidir destruirte, en realidad no hiciste nada indebido; es parte (negativa) de la libertad (individual) de todo ser humano, pero eso no te daba el derecho a intentar aniquilar (o como mínimo arruinar) a un hombre al que llamaste amigo.

Adiós, individuo despreciable. Podrido por elección

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