Padre:
Narcisista maligno, psicópata,
sádico torturador despiadado. Falleciste hace 18 meses, un mes, y dos días. Vivo
como si te tuviera junto a mí.
Cuando te fuiste de este
mundo, tu hija favorita (cuatro años menor que yo) pagó para que incineraran tu
cadáver. Dos años y nueve meses más tarde, tu único hijo varón —al que culpaste
desde su más temprana infancia de todo lo que estaba mal en tu vida, y siendo
todavía un niño lo hiciste responsable de todo lo que estaba mal en el mundo—,
se enteró de que en la vivienda que había habitado durante cerca de 29 años, en
un recipiente se hallaban tus cenizas. Eran aproximadamente las 20 horas de un
1 de septiembre, un miércoles. Antes de las 22 horas, tus cenizas ya habían
sido vertidas en un retrete; un excusado.
No creo que sea necesario
decir por qué. ¿Por dónde se va lo que es sucio en extremo, la inmundicia?
Esos antagonistas que atacaron
a ese hijo tuyo —al que tú viviste torturando psicológicamente—, sin saberlo, se
vincularon contigo. Cadenas invisibles de eslabones de metal grueso, tan
fuertes como el acero o incluso el titanio los unieron a tu destino y por ello
los arrastraste en una caída cuya fuerza de atracción es una masa de tamaño,
peso y densidad análoga a la fuerza de atracción (gravedad) que gobierna el
Cosmos.
¿Debo agradecerte eso?
No tengo la respuesta, pero si
he de hablar con la verdad, deberé decir que lo dudo.
Ellos —esos antagonistas—,
como tú, me atacaron convencidos de que podían hacerme daño y no tenían nada
que temer de mí, igual que tú.
Hoy yacen en un descomunal
Retrete del Cosmos. En espacio en el Universo donde yo habito, ya no existen.

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