lunes, 7 de septiembre de 2026

Un muy buen día, siento que finalmente he alcanzado la sanación

Excelente día ha sido este lunes 7 de septiembre del año en curso.

Salí en la mañana a caminar con mi mascota, Clara, linda perrita que ha estado conmigo durante nueve años y cinco meses; llegó un sábado 1 de abril de 2017, con cuatro meses de edad.

Mientras caminaba, volví a pensar en ese individuo que, en enero de 1998, —sí, hace ya 28 años y siete meses— me pegó un golpe (una puñalada por la espalda) que pudo haberme costado la vida. Tal vez pensé también en mi padre, ese narcisista maligno, psicópata, que vivió torturándome psicológicamente desde que empecé a tener uso de razón (siendo un bebé) y hasta el último día de su vida. Esto me hizo sentir mal, por supuesto.

Había pensado que empezaba a superar esa sintomatología tan problemática de la muy grave neurosis (patología) que he padecido durante no sé cuántos años, décadas; síntomas como la obsesión, sobre-pensar, vivir en el pasado y uno muy importante: comportamientos compulsivos, como el ejercitarme en mi bicicleta de carreras, realizando esfuerzos excesivos —buscando el agotamiento para anestesiar un sufrimiento psíquico tremendo—; atribuyendo además un significado a la suma de las distancias recorridas a lo largo de semanas, meses, años; función “distancia total” en el dispositivo electrónico montado en el manubrio de mi bicicleta, ciclo-computadora.

Al caminar con mi mascota esta mañana, me percaté de que había vuelto a caer en lo mismo, recordar vivencias de hostilidad, agresión y violencia verbal (muy frecuentemente extrema) perpetradas por David, que nunca fue mi amigo y por supuesto, nunca tuvo intenciones de ayudarme. Él me pegó un golpe durante ese mes de enero de 1998, que comenzó mi derrumbe y meses más tarde mi padre acabó de consolidar ese daño que trajó a mi vida una catástrofe, orquestando una violencia en la que participó el resto de mi familia y a la que de ahí en adelante se sumaron muchas otras personas.


Caminando con mi querida mascota, me propuse prestar atención a lo que estaba haciendo. Actividad física, caminata breve —si bien de baja intensidad, esfuerzo mínimo —, pero es parte de un estilo de vida saludable, con buenos hábitos de alimentación y todo lo que tiene que ver con higiene. Mi salud física parecería formidable, excepto por un agotamiento que he padecido durante los últimos años por haber realizado esfuerzos excesivos, pero me estoy recuperando.

Al regresar a casa, volví a dormir. Desperté cerca de las 13 h, preparé y comí un plato al que llamo “mi almuerzo nutritivo”, una combinación de cereal y leguminosa (arroz con frijol), huevo —la mejor proteína de origen animal, excepto por la leche materna (que por supuesto, no tenemos a nuestro alcance)—, con abundante cebolla morada, ajo y sal de grano.

Salí al patio trasero e hice algo con un armatoste metálico que la que ahora es mi hermana menor (la última en nacer murió hace 20 años) trajo a esta vivienda en diciembre de 2012 (es decir, hace cerca de 14 años); después entré al cuarto de servicio y retiré mucha suciedad, que introduje en un costal y llevé a un área cercana a mi vivienda donde el servicio recolector de basura retira periódicamente los desechos ahí depositados.

Subí a la habitación donde tengo mi bicicleta, cuadro de aluminio muy pesado (que me obsequió mi madre en noviembre de 2000, es decir, cerca de un cuarto de siglo), hice los preparativos y entrené sobre rodillos; cilindros metálicos sobre los cuales giran las ruedas de mi velocípedo mientras pedaleo.


Esta actividad es cosa seria. Requiere de guardar en equilibrio (algo que en realidad no es difícil), técnica del pedaleo, esfuerzo muscular de las piernas y capacidad cardiopulmonar. Me sentí muy fuerte, pero decidí no hacer ejercicios de musculación, entrenamiento de fuerza que realizo dos o máximo tres días por semana.

Los periodos de pedaleo son más o menos prolongados. Mientras me ejercitaba, brotaban en mi mente recuerdos de los antagonistas arriba mencionados, y de golpe (muy rápidamente) se activaba un mecanismo mental: “¿por qué revivir esas experiencias tan desagradables, dañinas, traumáticas?”

Cuando vi por última vez a ese individuo de nombre David, el primer día hábil del segundo mes del año 1998 (2 de febrero, lunes), él contaba con 32 años y siete meses de edad. Siendo un hombre muy joven, ya estaba irremediablemente perdido. Nunca lo volví a ver y no sé qué le pasó, pero siento (sin poder explicar por qué) que se ha ido de este mundo. Parece razonable suponer que pronto sentiré pena por él, sentimiento que contrasta fuertemente con el odio que he llevado conmigo durante poco menos de tres décadas, porque —como expresé antes—, lo que me hizo pudo haberme costado la vida; fue una verdadera vileza que él cometió con premeditación, alevosía y ventaja. Pero, nadie puede escapar de sí mismo y siendo presa de su debilidad mental e impotencia vital, debe haberse convertido en su mayor enemigo, en su propio verdugo.

Pensé en mi padre, en esa violencia que perpetraba con tanta frecuencia, algo a lo que en la actualidad se da el nombre de “luz de gas”. Sabotear mi discurso, deformar lo que yo decía con toda intención (yo me expresaba de manera clara, lo que decía no se prestaba a confusión), como ocupación de tiempo completo. Me hacía responsable además de todo lo que estaba mal en su vida, así fueran acontecimientos ocurridos años y décadas antes de que yo naciera, etc. Me hacía parecer el individuo más tonto que jamás existió, además de parásito que vivía en la opulencia sin trabajar —un Playboy—, que vivía en la holganza, la irresponsabilidad y por toda la depravación que ello implicaba, me hacía responsable de su adicción al alcohol etílico, que acabaría matándolo; su hígado se deshizo.

Surgió en mi mente la conciencia de que, al sobrevivir a la violencia sistemática perpetrada por ese torturador, sádico despiadado que tuve por padre, lo vencí a él y el aprendizaje resultante de todo eso me permitió enfrentar a otros narcisistas malignos que al atacarme —sin que yo les diera el menor motivo—, se arruinaron (o incluso se liquidaron) a sí mismos.

Me deshago de una muy pesada carga de resentimiento, odio, amalgamado con un irrefrenable deseo de venganza. Empiezo a cosechar el fruto de mi esfuerzo, se libera mi creatividad, eso me da la oportunidad de trascender; aumenta mi capacidad para sentir empatía y solidaridad por otro ser humano: hoy cuento con la posibilidad de comenzar a vivir en plenitud.

Se extinguen mi vulnerabilidad y mi inestabilidad emocional, mi proclividad a la violencia desaparece, triunfan mis tendencias biófilas, que siempre fueron más fuertes que mis tendencias necrófilas; términos tomados de la teoría de la personalidad de Erich Fromm. Sigmund Freud lo había expresado de otro modo y de acuerdo con eso, puedo decir que en mí triunfa mi Eros sobre mi Tanatos.

Sea como sea, hoy he sido feliz 


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