Excelente día ha
sido este lunes 7 de septiembre del año en curso.
Salí en la mañana
a caminar con mi mascota, Clara, linda perrita que ha estado conmigo durante
nueve años y cinco meses; llegó un sábado 1 de abril de 2017, con cuatro meses
de edad.
Mientras caminaba,
volví a pensar en ese individuo que, en enero de 1998, —sí, hace ya 28 años y
siete meses— me pegó un golpe (una puñalada por la espalda) que pudo haberme
costado la vida. Tal vez pensé también en mi padre, ese narcisista maligno,
psicópata, que vivió torturándome psicológicamente desde que empecé a tener uso
de razón (siendo un bebé) y hasta el último día de su vida. Esto me hizo sentir
mal, por supuesto.
Había pensado que empezaba a superar esa sintomatología tan problemática de la muy grave neurosis (patología) que he padecido durante no sé cuántos años, décadas; síntomas como la obsesión, sobre-pensar, vivir en el pasado y uno muy importante: comportamientos compulsivos, como el ejercitarme en mi bicicleta de carreras, realizando esfuerzos excesivos —buscando el agotamiento para anestesiar un sufrimiento psíquico tremendo—; atribuyendo además un significado a la suma de las distancias recorridas a lo largo de semanas, meses, años; función “distancia total” en el dispositivo electrónico montado en el manubrio de mi bicicleta, ciclo-computadora.
Al caminar con mi
mascota esta mañana, me percaté de que había vuelto a caer en lo mismo,
recordar vivencias de hostilidad, agresión y violencia verbal (muy
frecuentemente extrema) perpetradas por David, que nunca fue mi amigo y por
supuesto, nunca tuvo intenciones de ayudarme. Él me pegó un golpe durante ese
mes de enero de 1998, que comenzó mi derrumbe y meses más tarde mi padre acabó
de consolidar ese daño que trajó a mi vida una catástrofe, orquestando una
violencia en la que participó el resto de mi familia y a la que de ahí en
adelante se sumaron muchas otras personas.
Caminando con mi
querida mascota, me propuse prestar atención a lo que estaba haciendo.
Actividad física, caminata breve —si bien de baja intensidad, esfuerzo mínimo —,
pero es parte de un estilo de vida saludable, con buenos hábitos de
alimentación y todo lo que tiene que ver con higiene. Mi salud física parecería
formidable, excepto por un agotamiento que he padecido durante los últimos años
por haber realizado esfuerzos excesivos, pero me estoy recuperando.
Al regresar a
casa, volví a dormir. Desperté cerca de las 13 h, preparé y comí un plato al
que llamo “mi almuerzo nutritivo”, una combinación de cereal y leguminosa
(arroz con frijol), huevo —la mejor proteína de origen animal, excepto por la
leche materna (que por supuesto, no tenemos a nuestro alcance)—, con abundante
cebolla morada, ajo y sal de grano.
Salí al patio
trasero e hice algo con un armatoste metálico que la que ahora es mi hermana
menor (la última en nacer murió hace 20 años) trajo a esta vivienda en
diciembre de 2012 (es decir, hace cerca de 14 años); después entré al cuarto de
servicio y retiré mucha suciedad, que introduje en un costal y llevé a un área cercana
a mi vivienda donde el servicio recolector de basura retira periódicamente los
desechos ahí depositados.
Subí a la
habitación donde tengo mi bicicleta, cuadro de aluminio muy pesado (que me
obsequió mi madre en noviembre de 2000, es decir, cerca de un cuarto de siglo),
hice los preparativos y entrené sobre rodillos; cilindros metálicos sobre los
cuales giran las ruedas de mi velocípedo mientras pedaleo.
Esta actividad es
cosa seria. Requiere de guardar en equilibrio (algo que en realidad no es
difícil), técnica del pedaleo, esfuerzo muscular de las piernas y capacidad
cardiopulmonar. Me sentí muy fuerte, pero decidí no hacer ejercicios de
musculación, entrenamiento de fuerza que realizo dos o máximo tres días por
semana.
Los periodos de
pedaleo son más o menos prolongados. Mientras me ejercitaba, brotaban en mi
mente recuerdos de los antagonistas arriba mencionados, y de golpe (muy rápidamente)
se activaba un mecanismo mental: “¿por qué revivir esas experiencias tan
desagradables, dañinas, traumáticas?”
Cuando vi por
última vez a ese individuo de nombre David, el primer día hábil del segundo mes
del año 1998 (2 de febrero, lunes), él contaba con 32 años y siete meses de
edad. Siendo un hombre muy joven, ya estaba irremediablemente perdido. Nunca lo
volví a ver y no sé qué le pasó, pero siento (sin poder explicar por qué) que
se ha ido de este mundo. Parece razonable suponer que pronto sentiré pena por
él, sentimiento que contrasta fuertemente con el odio que he llevado conmigo
durante poco menos de tres décadas, porque —como expresé antes—, lo que me hizo
pudo haberme costado la vida; fue una verdadera vileza que él cometió con
premeditación, alevosía y ventaja. Pero, nadie puede escapar de sí mismo y
siendo presa de su debilidad mental e impotencia vital, debe haberse convertido
en su mayor enemigo, en su propio verdugo.
Pensé en mi padre,
en esa violencia que perpetraba con tanta frecuencia, algo a lo que en la
actualidad se da el nombre de “luz de gas”. Sabotear mi discurso, deformar lo
que yo decía con toda intención (yo me expresaba de manera clara, lo que decía
no se prestaba a confusión), como ocupación de tiempo completo. Me hacía
responsable además de todo lo que estaba mal en su vida, así fueran
acontecimientos ocurridos años y décadas antes de que yo naciera, etc. Me hacía
parecer el individuo más tonto que jamás existió, además de parásito que vivía
en la opulencia sin trabajar —un Playboy—,
que vivía en la holganza, la irresponsabilidad y por toda la depravación que
ello implicaba, me hacía responsable de su adicción al alcohol etílico, que
acabaría matándolo; su hígado se deshizo.
Surgió en mi mente
la conciencia de que, al sobrevivir a la violencia sistemática perpetrada por
ese torturador, sádico despiadado que tuve por padre, lo vencí a él y el
aprendizaje resultante de todo eso me permitió enfrentar a otros narcisistas
malignos que al atacarme —sin que yo les diera el menor motivo—, se arruinaron
(o incluso se liquidaron) a sí mismos.
Me deshago de una
muy pesada carga de resentimiento, odio, amalgamado con un irrefrenable deseo
de venganza. Empiezo a cosechar el fruto de mi esfuerzo, se libera mi
creatividad, eso me da la oportunidad de trascender; aumenta mi capacidad para
sentir empatía y solidaridad por otro ser humano: hoy cuento con la posibilidad
de comenzar a vivir en plenitud.
Se extinguen mi vulnerabilidad
y mi inestabilidad emocional, mi proclividad a la violencia desaparece,
triunfan mis tendencias biófilas, que siempre fueron más fuertes que mis
tendencias necrófilas; términos tomados de la teoría de la personalidad de
Erich Fromm. Sigmund Freud lo había expresado de otro modo y de acuerdo con
eso, puedo decir que en mí triunfa mi Eros sobre mi Tanatos.
Sea como sea, hoy
he sido feliz



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