Vas a trabajar, llevarás una vida productiva, contraerás nupcias; formarás una familia; “un nido”.
¿Será posible que
ese fenómeno terrible, esa debilidad de tantas personas —ese mecanismo de evasión,
conformidad automática— esté disminuyendo y muchas personas estén aprendiendo a
decidir lo que desean hacer con sus vidas?
Que la respuesta
fuera afirmativa sería algo verdaderamente muy afortunado.
Poco antes de que
muriera mi padre, a principios del año 2007 (me acercaba a 43 años de edad),
empecé a asistir a un grupo de autoayuda, de 12 pasos. Al Anon, para familiares
y amigos de alcohólicos, paralelo a Alcohólicos Anónimos. Cuando se celebraba
un aniversario de la formación del grupo en cuestión, se invitaba a
profesionales de la salud mental, como psicólogos(as) —profesión en la que
predomina el género femenino, psicólogas— y en ocasiones, a médicos
psiquiatras.
En aquella época,
yo no detestaba a los médicos, aunque me percataba de que no me resultaban
particularmente agradables. En uno de esos aniversarios, se invitó a uno de
esos profesionales de la salud mental, un médico psiquiatra, que decía haber
estudiado su especialidad en Oxford, Inglaterra; algo que yo dudo, pues el
nivel de esas instituciones educativas (igual que Cambridge), es de los más
altos de todo el mundo, y este individuo presentaba características que yo
percibí como indeseables, en extremo.
Ese Dr. (PhD) en
Narcisismo Patológico (Magna Cum Laude) —además de (según él) doctor en
psiquiatría— exhibió una estupidez característica del género femenino.
Antes de
continuar, debo aclarar que no considero que la mujer sea menos que el hombre —inferior—,
sino que las manifestaciones de estupidez son diferentes, o lo fueron, porque hoy
la masculinidad parece encontrarse en un proceso muy acelerado de extinción.
La estupidez es lo
más democrático que existe. Se da en muchísimos individuos, independientemente
de su origen socioeconómico o su escolaridad, pero las manifestaciones de
estupidez masculina y estupidez femenina solían ser diferentes.
Mencionaré ahora
algo que expresó Albert Einstein: Solamente
existen dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana; y del universo
no estoy seguro.
Ese médico
psiquiatra —según él “oxfordiano”— mencionó a un individuo del género masculino
que ha egresado de la universidad, ha ejercido una profesión durante años, pero
no se ha casado y por ello no ha comenzado a formar una familia, usando una
violencia verbal extrema al llamarle “parásito”.
Por si hiciera
falta, debo mencionar que se le llama “parásito” a alguien que, contando con
posibilidades reales para trabajar, evita hacerlo, con toda intención, para
vivir a expensas de alguien más. Quien no muestra interés en contraer nupcias y
formar una familia —o no tiene prisa por hacer tal cosa—, no merece el término
ofensivo (adjetivo) “parásito”.
Ese médico
psiquiatra, además de padecer un narcisismo muy patológico (como la mayoría de
sus colegas, médicos) exhibe un afeminamiento antinatural y una estupidez
característica de mujeres entradas en años, ancianas muy tontitas que quieren
que todos formen un nido.
Otra motivación
frecuente para traer hijos al mundo es la incapacidad de tantas personas
conocerse a sí mismas, requisito indispensable para ser capaz de desarrollar
sus potencialidades —para lo cual es requisito indispensable conocerse a sí
mismo, lo cual involucra soledad y aislamiento; como mencioné antes— y así ser capaces
dar sentido a sus vidas; y por ello, depositan en sus hijos una carga de peso
descomunal, incluso antes de que lleguen al mundo: aliviar ese vacío
existencial tan doloroso.
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