lunes, 13 de julio de 2026

Antagonista David, primera parte

 


Ingresé en la universidad un año tarde, pues en preparatoria (bachillerato) perdí un año, por haber sido expulsado de una institución en la que se consideraba a uno de los más grandes genocidas (Adolfo Hitler) y a sus secuaces, héroes incomprendidos de la historia, porque habían combatido el comunismo.

David era un año menor que yo. Él era un excelente estudiante, yo era lo más opuesto a eso, se me dificultaba aprender casi todo, me había matriculado en una licenciatura que no era para mí (ingeniería) porque había percibido a quienes se dirigían a cursar estudios que no llevaban números (matemáticas) como débiles, y yo no quería ser eso, débil. Fue un error, pero no me arrepiento porque aprender matemáticas, física y otras materias de ingeniería me fortaleció en gran media, algo que hice como autodidacta.

David y yo fuimos compañeros durante el primer semestre, en un grupo único del turno vespertino. Al inicio del segundo, él se cambió al turno matutino porque el maestro que nos asignaron para el segundo curso de matemáticas no resultó de su agrado. Volvimos a coincidir en el cuarto semestre, los primeros tres semestres eran “tronco común” y a partir de cuarto, llevábamos las materias de la licenciatura en cuestión, ingeniería electrónica.

Él se graduó al cabo de los ocho semestres reglamentarios, habiendo destacado, uno de los mejores alumnos de su generación. En contraste, yo no había acreditado siquiera la mitad de las materias del plan de estudio y mi familia (mis padres) no sabían eso. Mi desempeño había sido terriblemente deficiente.

Unos años antes, cuando cursábamos el primero o el segundo semestre, un día vi a David en una pista de atletismo en un lugar muy lejano a nuestro plantel educativo. Yo había entrenado en ese lugar durante años, intentando convertirme en un corredor de medio fondo. David recorrió una distancia de 100 metros con un acompañante. La velocidad era extremadamente baja, como alguien que camina apresuradamente. Él llevaba puesta una camiseta deportiva de manga corta y unos pantalones deportivos, conocidos coloquialmente con el nombre “pants”. Por ello no pude ver su anatomía, y al cruzar la meta, la expresión del rostro de David era de agonía como si realizara un esfuerzo extremo.  

Años más tarde, en el verano en que él cumplió 21 años de edad, llegué a su casa en compañía de una de mis hermanas. Bajé del auto y accioné el timbre. Dialogaba con esa hermana cuando volví la cabeza y vi a alguien en el umbral de la puerta. Un individuo septuagenario, vistiendo pantalones cortos y camiseta sin mangas y por ello resultaba visible buena parte de su anatomía: huesos cubiertos de piel, un anciano que padecía una desnutrición grave. Él habló y reconocí la voz de David, lo cual hizo que me percatara de mi error, no era un anciano septuagenario que aparentaba padecer una inanición que pronto lo llevaría a la tumba, era ese compañero y “amigo” un año menor que yo.  

Durante la segunda mitad del año 1997, David me citó en su vivienda un día entre semana, durante la tarde. Él había terminado su jornada laboral a las 17 h, se hallaba con su esposa y su hijo, de dos o tres meses de edad, y se había quitado la camisa y la corbata que debía usar en su lugar de trabajo. Llevaba puesta una camiseta sin mangas (ropa interior), sus brazos eran débiles, flácidos en extremo, y bajo las axilas comenzaban los rollos de grasa, tejido adiposo (llamados coloquialmente “lonjas”), pese a que su peso corporal andaría en 70 kg con 1.83 m de estatura.

Persona “gordiflaca”, término coloquial que describe una anatomía anormal, cuyo origen podría ser una mutación, distrofia muscular.

Es por eso que David me odiaba. Muchos años antes (durante la década de los años 1980s, tal vez en 1984 o 1985) él me había visitado en mi casa, yo vestía prendas deportivas (practicaba la carrera pedestre) y había observado mis características anatómicas, la musculatura de mis piernas y el tono muscular por arriba de mi cintura.

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