Ingresé en la universidad un año tarde, pues en
preparatoria (bachillerato) perdí un año, por haber sido expulsado de una
institución en la que se consideraba a uno de los más grandes genocidas (Adolfo
Hitler) y a sus secuaces, héroes incomprendidos de la historia, porque habían
combatido el comunismo.
David era un año menor que yo. Él era un excelente
estudiante, yo era lo más opuesto a eso, se me dificultaba aprender casi todo,
me había matriculado en una licenciatura que no era para mí (ingeniería) porque
había percibido a quienes se dirigían a cursar estudios que no llevaban números
(matemáticas) como débiles, y yo no quería ser eso, débil. Fue un error, pero
no me arrepiento porque aprender matemáticas, física y otras materias de
ingeniería me fortaleció en gran media, algo que hice como autodidacta.
David y yo fuimos compañeros durante el primer
semestre, en un grupo único del turno vespertino. Al inicio del segundo, él se
cambió al turno matutino porque el maestro que nos asignaron para el segundo
curso de matemáticas no resultó de su agrado. Volvimos a coincidir en el cuarto
semestre, los primeros tres semestres eran “tronco común” y a partir de cuarto,
llevábamos las materias de la licenciatura en cuestión, ingeniería electrónica.
Él se graduó al cabo de los ocho semestres
reglamentarios, habiendo destacado, uno de los mejores alumnos de su
generación. En contraste, yo no había acreditado siquiera la mitad de las
materias del plan de estudio y mi familia (mis padres) no sabían eso. Mi
desempeño había sido terriblemente deficiente.
Unos años antes, cuando cursábamos el primero o el
segundo semestre, un día vi a David en una pista de atletismo en un lugar muy
lejano a nuestro plantel educativo. Yo había entrenado en ese lugar durante
años, intentando convertirme en un corredor de medio fondo. David recorrió una
distancia de 100 metros con un acompañante. La velocidad era extremadamente baja,
como alguien que camina apresuradamente. Él llevaba puesta una camiseta
deportiva de manga corta y unos pantalones deportivos, conocidos coloquialmente
con el nombre “pants”. Por ello no pude ver su anatomía, y al cruzar la meta,
la expresión del rostro de David era de agonía como si realizara un esfuerzo
extremo.
Años más tarde, en el verano en que él cumplió 21 años
de edad, llegué a su casa en compañía de una de mis hermanas. Bajé del auto y
accioné el timbre. Dialogaba con esa hermana cuando volví la cabeza y vi a
alguien en el umbral de la puerta. Un individuo septuagenario, vistiendo
pantalones cortos y camiseta sin mangas y por ello resultaba visible buena
parte de su anatomía: huesos cubiertos de piel, un anciano que padecía una
desnutrición grave. Él habló y reconocí la voz de David, lo cual hizo que me
percatara de mi error, no era un anciano septuagenario que aparentaba padecer una
inanición que pronto lo llevaría a la tumba, era ese compañero y “amigo” un año
menor que yo.
Durante la segunda mitad del año 1997, David me citó
en su vivienda un día entre semana, durante la tarde. Él había terminado su
jornada laboral a las 17 h, se hallaba con su esposa y su hijo, de dos o tres
meses de edad, y se había quitado la camisa y la corbata que debía usar en su
lugar de trabajo. Llevaba puesta una camiseta sin mangas (ropa interior), sus
brazos eran débiles, flácidos en extremo, y bajo las axilas comenzaban los
rollos de grasa, tejido adiposo (llamados coloquialmente “lonjas”), pese a que
su peso corporal andaría en 70 kg con 1.83 m de estatura.
Persona “gordiflaca”, término coloquial que describe
una anatomía anormal, cuyo origen podría ser una mutación, distrofia muscular.
Es por eso que David me odiaba. Muchos años antes
(durante la década de los años 1980s, tal vez en 1984 o 1985) él me había
visitado en mi casa, yo vestía prendas deportivas (practicaba la carrera
pedestre) y había observado mis características anatómicas, la musculatura de
mis piernas y el tono muscular por arriba de mi cintura.

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