Mi padre nació 26 años y ocho meses antes que yo. Cuarto
de seis hijos varones (sin hermanas, sexo femenino), su padre era un hombre de
carácter autoritario extremo. Según Erich Fromm, el carácter autoritario se
compone de una parte sádica y otra masoquista; el individuo sádico necesita
someter a otros, el individuo masoquista necesita ser sometido.
Ese padre de mi progenitor, mi abuelo paterno,
golpeaba a sus hijos salvajemente, cuando se disponían a tomar un baño,
habiéndose despojado de sus prendas de ropa, desnudos, lo cual elevaba su
sufrimiento por la intensidad del dolor resultante.
Mi abuela materna murió cuando mi padre contaba con
unos 13 años de edad. Su padre volvió a contraer nupcias y por el conflicto
entre mi padre y su madrastra, su padre lo echó de casa. No sé si eso es
cierto.
Naturaleza humana, destructividad, necesidad de
venganza, agresión desplazada… Mi padre sabía que yo no podía ser responsable
de nada de lo arriba mencionado, la razón parece obvia y por ello no voy a
mencionarla. No le importaba que yo no hubiera causado ese sufrimiento del que
mi padre fue víctima (en el supuesto de que sea cierto, o lo sea al menos en
parte), pues él no buscaba quién se la hizo, sino en quién desahogar la furia
que ese sufrimiento le provocaba.
¿Qué hacer cuando alguno de los miles de recuerdos de
vivencias difíciles con ese terrible progenitor que tuve broten en mi mente, en
mi memoria?
Puedo asimilar mi historia de vida, cobrar conciencia
de que fui capaz de vencer una adversidad terrible que pudo haber matado a
otros hombres (muchos me han juzgado sin ningún derecho, sin elementos), me
fortalecí, fui capaz de enfrentar la verdad —evité refugiarme en la fantasía,
desarrollar una patología narcisista muy grave—, evaluarme a mí mismo de una
manera objetiva y realizar esfuerzos (en algunos casos titánicos) durante
periodos de tiempo muy prolongados, para fortalecerme.
Fui mucho más fuerte que mi padre, lo vencí
contundentemente. Percibir a ese individuo como mentalmente débil, impotente en
lo vital, y cobarde —tres características terribles del ser humano— puede
convertirse en un mecanismo mental que me permitirá suprimir ese síntoma tan
problemático de la neurosis que padezco: la obsesión.
Al pensar en él, o expresar algo, ya sea de manera
verbal o escrita, seré capaz de referirme a mi padre como alguien a quien “se
le salía la materia fecal (mierda) por el hocico”, o como un “sádico, torturador,
despiadado, que se valía del llanto para manipular a quien tuviera cerca”,
también como un “depravado, incestuoso que incluso atacó sexualmente a una hija
(intentó violarla) y abusó sexualmente de tres hijos que tuvo con una concubina”
—llevando una vida doble, algo característico de un psicópata.
Puedo pensar en él como en un individuo que por
cobardía evitó percibir la verdad, se hizo prisionero a sí mismo, intentó
anestesiar su sufrimiento psíquico mediante el abuso de alcohol etílico, lo
cual lo llevó a una tumba prematura; su hígado se deshizo.
En algún momento dejaré de odiarlo —no lo perdonaré,
no puedo hacer tal cosa—, sentiré indiferencia por él y tal vez algún día
sienta pena (lástima) por ese individuo que decidió no evitar convertirse en
una piltrafa humana.
Cuando eso suceda, habré alcanzado la sanación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario