lunes, 13 de julio de 2026

El más terrible de mis antagonistas, mi padre

 

Mi padre nació 26 años y ocho meses antes que yo. Cuarto de seis hijos varones (sin hermanas, sexo femenino), su padre era un hombre de carácter autoritario extremo. Según Erich Fromm, el carácter autoritario se compone de una parte sádica y otra masoquista; el individuo sádico necesita someter a otros, el individuo masoquista necesita ser sometido.

Ese padre de mi progenitor, mi abuelo paterno, golpeaba a sus hijos salvajemente, cuando se disponían a tomar un baño, habiéndose despojado de sus prendas de ropa, desnudos, lo cual elevaba su sufrimiento por la intensidad del dolor resultante.

Mi abuela materna murió cuando mi padre contaba con unos 13 años de edad. Su padre volvió a contraer nupcias y por el conflicto entre mi padre y su madrastra, su padre lo echó de casa. No sé si eso es cierto.

Naturaleza humana, destructividad, necesidad de venganza, agresión desplazada… Mi padre sabía que yo no podía ser responsable de nada de lo arriba mencionado, la razón parece obvia y por ello no voy a mencionarla. No le importaba que yo no hubiera causado ese sufrimiento del que mi padre fue víctima (en el supuesto de que sea cierto, o lo sea al menos en parte), pues él no buscaba quién se la hizo, sino en quién desahogar la furia que ese sufrimiento le provocaba.

¿Qué hacer cuando alguno de los miles de recuerdos de vivencias difíciles con ese terrible progenitor que tuve broten en mi mente, en mi memoria?

Puedo asimilar mi historia de vida, cobrar conciencia de que fui capaz de vencer una adversidad terrible que pudo haber matado a otros hombres (muchos me han juzgado sin ningún derecho, sin elementos), me fortalecí, fui capaz de enfrentar la verdad —evité refugiarme en la fantasía, desarrollar una patología narcisista muy grave—, evaluarme a mí mismo de una manera objetiva y realizar esfuerzos (en algunos casos titánicos) durante periodos de tiempo muy prolongados, para fortalecerme.

Fui mucho más fuerte que mi padre, lo vencí contundentemente. Percibir a ese individuo como mentalmente débil, impotente en lo vital, y cobarde —tres características terribles del ser humano— puede convertirse en un mecanismo mental que me permitirá suprimir ese síntoma tan problemático de la neurosis que padezco: la obsesión.

Al pensar en él, o expresar algo, ya sea de manera verbal o escrita, seré capaz de referirme a mi padre como alguien a quien “se le salía la materia fecal (mierda) por el hocico”, o como un “sádico, torturador, despiadado, que se valía del llanto para manipular a quien tuviera cerca”, también como un “depravado, incestuoso que incluso atacó sexualmente a una hija (intentó violarla) y abusó sexualmente de tres hijos que tuvo con una concubina” —llevando una vida doble, algo característico de un psicópata.

Puedo pensar en él como en un individuo que por cobardía evitó percibir la verdad, se hizo prisionero a sí mismo, intentó anestesiar su sufrimiento psíquico mediante el abuso de alcohol etílico, lo cual lo llevó a una tumba prematura; su hígado se deshizo.

En algún momento dejaré de odiarlo —no lo perdonaré, no puedo hacer tal cosa—, sentiré indiferencia por él y tal vez algún día sienta pena (lástima) por ese individuo que decidió no evitar convertirse en una piltrafa humana.

Cuando eso suceda, habré alcanzado la sanación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario