Mi padre murió hace 18 años y siete meses. Lo vi por
última vez dos años y cuatro meses antes de su deceso, no fui a su funeral y
hasta el día de hoy, no he sido capaz de dejar de odiarlo.
Debo decir que odiar a un enemigo no es algo
incorrecto, en lo más absoluto. Ese individuo terrible, mi padre, fue un
narcisista maligno, un psicópata. Durante mi temprana infancia, me hizo
responsable de todo lo que estaba mal en su vida —sin tomar en cuenta de que la
mayor parte de su problemática se originó años, décadas, antes de que yo
llegara al mundo—, y siendo todavía un niño, me hizo responsable de todo lo que
estaba mal en el mundo, a lo largo de toda la historia de la humanidad. Vivió
torturándome psicológicamente; mi madre no se percataba de ello, en el mejor de
los casos.
Odiar a mi padre —que parecería un ser demoniaco,
sádico torturador despiadado, por añadidura depravado en lo sexual y
manipulador— fue algo muy acertado, se dio de manera natural, porque —sin que
yo tuviera conciencia de ello— me dio la energía y la determinación para ser
muy diferente a él, y lo conseguí. No se cumplieron sus profecías; él decía que
en la edad adulta me convertiría en un individuo inculto, analfabeto funcional,
mamarracho, deforme en mi anatomía (sobrepeso, obesidad, abundante tejido
adiposo, abdomen abultado, lonjas, tetas, etc.,), adicto a tabaco y alcohol, a
fármacos y drogas no legales; terriblemente irresponsable, le fallaría
miserablemente a mi familia, a mi cónyuge y a mis hijos, etc.
Mi grave patología, neurosis (resultante de la
violencia que dominó mi vida desde mi temprana infancia) se manifiesta de
diversas formas. Una de ellas es recordar en todo momento y en todo lugar, vivencias
de violencia de todas las etapas de mi historia de vida, en las que los
personajes más frecuentes son mi padre y otros individuos que padecían
patologías narcisistas de diversa gravedad.
Uno de los individuos que me hicieron más daño fue un
compañero de la universidad. Su nombre es David, lo vi por última vez el día
que presenté mi renuncia al primer empleo de toda mi vida, que desempeñé
durante menos de tres meses, porque siendo mi jefe directo, intentó vejarme,
denigrarme. El objeto de esa violencia (en extremo cobarde) fue su muy grave patología
narcisista. Lo vi por última vez un lunes 2 de febrero de 1998, es decir, hace
28 años y cinco meses. No sé si desde esa fecha ha transcurrido un solo día en
que no haya pensado en él. Me atacó (como lo había hecho antes, en numerosas
ocasiones) con una furia de intensidad homicida, manifestando su cobardía
extrema (porque sabía que yo no iba a responder a su agresión, física ni
verbalmente, por las consecuencias que eso tendría), como una mujer menopáusica
o posmenopáusica en un ataque de histeria.
Mi padre y ese megalómano despreciable de nombre
David, son dos de los personajes más importantes que en mi historia de vida me
atacaron con furia de intensidad homicida, lo que me hicieron pudo haberme
costado la vida, o como mínimo, pudo haberme arruinado.
Necesito dejar de odiar. ¿Cómo conseguir eso?
Se me ocurrió que puedo asimilar esa violencia (y la
violencia perpetrada contra mí por muchas otras personas) como parte de la
naturaleza humana, la parte destructiva. De ahí surgió mi interés por el tema,
e incluso en fecha reciente traduje material que encontré sobre Erich Fromm,
una conferencia que dio en la ciudad de Nueva York sobre el tema, a finales del
año 1968.
Mencionaré algo muy importante en la siguiente
entrada, sobre ese antagonista terrible, David. Su debilidad era extrema, no
solamente en su físico, sino también en lo mental. Merecería lástima.
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