lunes, 13 de julio de 2026

Mi interés en el tema de la destructividad humana, violencia. Segunda parte

 

Mi padre murió hace 18 años y siete meses. Lo vi por última vez dos años y cuatro meses antes de su deceso, no fui a su funeral y hasta el día de hoy, no he sido capaz de dejar de odiarlo.

Debo decir que odiar a un enemigo no es algo incorrecto, en lo más absoluto. Ese individuo terrible, mi padre, fue un narcisista maligno, un psicópata. Durante mi temprana infancia, me hizo responsable de todo lo que estaba mal en su vida —sin tomar en cuenta de que la mayor parte de su problemática se originó años, décadas, antes de que yo llegara al mundo—, y siendo todavía un niño, me hizo responsable de todo lo que estaba mal en el mundo, a lo largo de toda la historia de la humanidad. Vivió torturándome psicológicamente; mi madre no se percataba de ello, en el mejor de los casos.

Odiar a mi padre —que parecería un ser demoniaco, sádico torturador despiadado, por añadidura depravado en lo sexual y manipulador— fue algo muy acertado, se dio de manera natural, porque —sin que yo tuviera conciencia de ello— me dio la energía y la determinación para ser muy diferente a él, y lo conseguí. No se cumplieron sus profecías; él decía que en la edad adulta me convertiría en un individuo inculto, analfabeto funcional, mamarracho, deforme en mi anatomía (sobrepeso, obesidad, abundante tejido adiposo, abdomen abultado, lonjas, tetas, etc.,), adicto a tabaco y alcohol, a fármacos y drogas no legales; terriblemente irresponsable, le fallaría miserablemente a mi familia, a mi cónyuge y a mis hijos, etc.

Mi grave patología, neurosis (resultante de la violencia que dominó mi vida desde mi temprana infancia) se manifiesta de diversas formas. Una de ellas es recordar en todo momento y en todo lugar, vivencias de violencia de todas las etapas de mi historia de vida, en las que los personajes más frecuentes son mi padre y otros individuos que padecían patologías narcisistas de diversa gravedad.

Uno de los individuos que me hicieron más daño fue un compañero de la universidad. Su nombre es David, lo vi por última vez el día que presenté mi renuncia al primer empleo de toda mi vida, que desempeñé durante menos de tres meses, porque siendo mi jefe directo, intentó vejarme, denigrarme. El objeto de esa violencia (en extremo cobarde) fue su muy grave patología narcisista. Lo vi por última vez un lunes 2 de febrero de 1998, es decir, hace 28 años y cinco meses. No sé si desde esa fecha ha transcurrido un solo día en que no haya pensado en él. Me atacó (como lo había hecho antes, en numerosas ocasiones) con una furia de intensidad homicida, manifestando su cobardía extrema (porque sabía que yo no iba a responder a su agresión, física ni verbalmente, por las consecuencias que eso tendría), como una mujer menopáusica o posmenopáusica en un ataque de histeria.

Mi padre y ese megalómano despreciable de nombre David, son dos de los personajes más importantes que en mi historia de vida me atacaron con furia de intensidad homicida, lo que me hicieron pudo haberme costado la vida, o como mínimo, pudo haberme arruinado.

Necesito dejar de odiar. ¿Cómo conseguir eso?

Se me ocurrió que puedo asimilar esa violencia (y la violencia perpetrada contra mí por muchas otras personas) como parte de la naturaleza humana, la parte destructiva. De ahí surgió mi interés por el tema, e incluso en fecha reciente traduje material que encontré sobre Erich Fromm, una conferencia que dio en la ciudad de Nueva York sobre el tema, a finales del año 1968.

Mencionaré algo muy importante en la siguiente entrada, sobre ese antagonista terrible, David. Su debilidad era extrema, no solamente en su físico, sino también en lo mental. Merecería lástima.

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