lunes, 13 de julio de 2026

Antagonista David, segunda parte

 


Perdí el contacto con David durante unos cuatro años. Cuando volvimos a encontrarnos (en la institución donde fuimos compañeros, Universidad Jesuita), le informé que practicaba el ciclismo de ruta. Comenzamos a frecuentarnos, si bien, eso sucedía de manera muy esporádica. La convivencia con él siempre fue muy difícil, porque no podía (ni siquiera intentaba) disimular el odio que le despertaba observar mis características anatómicas, la potente musculatura de mis piernas y mi figura atlética.

Después de pasar por el periodo más difícil de toda mi vida, David me contrató para mi primer empleo. Yo pensaba que encontrar un solo amigo como él en la vida hacía que mi existencia fuera muy afortunada. Ingresé a mi primer empleo, con 33 años y medio de edad, un 17 de noviembre. Mi desempeño fue considerado excelente y eso hizo que se gestara en mi “amigo” una furia de intensidad homicida. En la última semana de enero del año siguiente (es decir, apenas unas nueve semanas más tarde), David me atacó haciendo uso de una violencia verbal extrema, intentó vejarme, denigrarme, humillarme. El primer día hábil de febrero presenté mi renuncia, mi vida cayó a un precipicio.

He odiado a ese mal individuo, no lo he buscado para cobrársela —vengarme— porque no quiero arruinar mi vida, acabar privado de la libertad. Quisiera cambiar eso, dejar de odiar a ese individuo débil en extremo que vivió padeciendo una patología narcisista muy grave, megalomanía.

El origen de eso es su debilidad mental, tan grave como su debilidad física; tal vez incluso aún más grave. A todas luces, su sufrimiento tiene su origen en su anatomía, algo antinatural que hace de él un mutante; persona gordi-flaca, distrofia muscular.

Él me pegó (me apuñaló) por la espalda, mi familia completó la agresión meses más tarde. Cuando sucedió eso, a mi padre le quedaban nueve años de vida, y viviría torturándome hasta el último día de su existencia. Cuando murió mi progenitor, mi situación no cambió (no mejoró) mucho, seguí viviendo en la desesperación. Intenté trabajar, lo hice, pero todo resultó inútil. A partir de que renuncié a ese primer empleo de toda mi vida, en febrero de 1997, tuvieron que pasar más de 17 años, antes de que pudiera conseguir algo a lo que pudiera llamar empleo, que no fueran ocupaciones denigrantes porque involucraban labores para las que no se requiere casi nada de capacidad mental/intelectual, como “operador”, eufemismo de la palabra obrero.

David es un ejemplo típico de un individuo que evitó enfrentar la realidad, la verdad, lo cual dio origen a su patología en extremo grave, su megalomanía; y al cometer esa vileza, traicionar a un hombre que confió en él, a quien llamó “amigo”, se dirigió hacia un precipicio, asegurando así su autodestrucción.

Cuando recuerdos de él broten en mi mente, en mi memoria, un mecanismo mental me permitirá suprimir el malestar muy severo que me ha aquejado al recordar a un individuo como ese. Ya no me expresaré de su persona usando adjetivos, palabras, muy ofensivas, como “ultra cobarde”, “ultra maricón”, “histérico nivel mujer menopáusica o postmenopáusica”, etc.

Ya en la séptima década de mi vida (con 62 años de edad), mi anatomía es la de un hombre delgado pero fuerte, físicamente apto, la proporción masa muscular/tejido adiposo de mi anatomía es poco común incluso en hombres que tienen la mitad de mi edad; mi nivel intelectual/cultural es poco común, etc.

 Dice Erich Fromm (mi gran maestro) que el ser humano lleva consigo tendencias biófilas y tendencias necrófilas. Eso da lugar a un conflicto interior y de ahí surge la creatividad. En algunos individuos predominan las tendencias necrófilas; mi padre y David son ejemplos de eso —con muchos otros, nunca escasos—; y en mí (a riesgo de parecer narcisista) predominan las tendencias biófilas.

He sido considerado violento, la razón de ello es que he sido emocionalmente inestable. En parte así nací (parte de mi constitución), en gran parte el origen de ello es la violencia que dominó mi vida, perpetrada principalmente por mi padre y por individuos que tenían mucho en común con él. La verdad es que no soy tan violento.

Ahora que he sido capaz de asimilar mi realidad, mi historia de vida, y estoy a punto de eliminar ese síntoma tan problemático de la grave neurosis que me ha aquejado durante tantos años (décadas), la obsesión —muchísimos recuerdos de violencia perpetrada en mi contra—, puedo alcanzar la sanación; ello permitirá dar cauce a la creatividad, algo característico del ser humano, según Erich Fromm, mi gran maestro.

Espero que así sea  

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