Perdí el contacto con David durante unos cuatro años.
Cuando volvimos a encontrarnos (en la institución donde fuimos compañeros,
Universidad Jesuita), le informé que practicaba el ciclismo de ruta. Comenzamos
a frecuentarnos, si bien, eso sucedía de manera muy esporádica. La convivencia
con él siempre fue muy difícil, porque no podía (ni siquiera intentaba)
disimular el odio que le despertaba observar mis características anatómicas, la
potente musculatura de mis piernas y mi figura atlética.
Después de pasar por el periodo más difícil de toda mi
vida, David me contrató para mi primer empleo. Yo pensaba que encontrar un solo
amigo como él en la vida hacía que mi existencia fuera muy afortunada. Ingresé a
mi primer empleo, con 33 años y medio de edad, un 17 de noviembre. Mi desempeño
fue considerado excelente y eso hizo que se gestara en mi “amigo” una furia de
intensidad homicida. En la última semana de enero del año siguiente (es decir,
apenas unas nueve semanas más tarde), David me atacó haciendo uso de una
violencia verbal extrema, intentó vejarme, denigrarme, humillarme. El primer
día hábil de febrero presenté mi renuncia, mi vida cayó a un precipicio.
He odiado a ese mal individuo, no lo he buscado para
cobrársela —vengarme— porque no quiero arruinar mi vida, acabar privado de la
libertad. Quisiera cambiar eso, dejar de odiar a ese individuo débil en extremo
que vivió padeciendo una patología narcisista muy grave, megalomanía.
El origen de eso es su debilidad mental, tan grave
como su debilidad física; tal vez incluso aún más grave. A todas luces, su
sufrimiento tiene su origen en su anatomía, algo antinatural que hace de él un
mutante; persona gordi-flaca,
distrofia muscular.
Él me pegó (me apuñaló) por la espalda, mi familia
completó la agresión meses más tarde. Cuando sucedió eso, a mi padre le quedaban
nueve años de vida, y viviría torturándome hasta el último día de su
existencia. Cuando murió mi progenitor, mi situación no cambió (no mejoró)
mucho, seguí viviendo en la desesperación. Intenté trabajar, lo hice, pero todo
resultó inútil. A partir de que renuncié a ese primer empleo de toda mi vida,
en febrero de 1997, tuvieron que pasar más de 17 años, antes de que pudiera
conseguir algo a lo que pudiera llamar empleo, que no fueran ocupaciones
denigrantes porque involucraban labores para las que no se requiere casi nada
de capacidad mental/intelectual, como “operador”, eufemismo de la palabra
obrero.
David es un ejemplo típico de un individuo que evitó
enfrentar la realidad, la verdad, lo cual dio origen a su patología en extremo
grave, su megalomanía; y al cometer esa vileza, traicionar a un hombre que
confió en él, a quien llamó “amigo”, se dirigió hacia un precipicio, asegurando
así su autodestrucción.
Cuando recuerdos de él broten en mi mente, en mi
memoria, un mecanismo mental me permitirá suprimir el malestar muy severo que
me ha aquejado al recordar a un individuo como ese. Ya no me expresaré de su
persona usando adjetivos, palabras, muy ofensivas, como “ultra cobarde”, “ultra
maricón”, “histérico nivel mujer menopáusica o postmenopáusica”, etc.
Ya en la séptima década de mi vida (con 62 años de
edad), mi anatomía es la de un hombre delgado pero fuerte, físicamente apto, la
proporción masa muscular/tejido adiposo de mi anatomía es poco común incluso en
hombres que tienen la mitad de mi edad; mi nivel intelectual/cultural es poco
común, etc.
Dice Erich
Fromm (mi gran maestro) que el ser humano lleva consigo tendencias biófilas y
tendencias necrófilas. Eso da lugar a un conflicto interior y de ahí surge la
creatividad. En algunos individuos predominan las tendencias necrófilas; mi padre
y David son ejemplos de eso —con muchos otros, nunca escasos—; y en mí (a
riesgo de parecer narcisista) predominan las tendencias biófilas.
He sido considerado violento, la razón de ello es que
he sido emocionalmente inestable. En parte así nací (parte de mi constitución),
en gran parte el origen de ello es la violencia que dominó mi vida, perpetrada
principalmente por mi padre y por individuos que tenían mucho en común con él.
La verdad es que no soy tan violento.
Ahora que he sido capaz de asimilar mi realidad, mi
historia de vida, y estoy a punto de eliminar ese síntoma tan problemático de
la grave neurosis que me ha aquejado durante tantos años (décadas), la obsesión
—muchísimos recuerdos de violencia perpetrada en mi contra—, puedo alcanzar la
sanación; ello permitirá dar cauce a la creatividad, algo característico del
ser humano, según Erich Fromm, mi gran maestro.
Espero que así sea

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