En fecha reciente, busqué información en internet
sobre naturaleza humana, la parte negativa, la destructividad del ser humano.
He leído a Erich Fromm, parte de su obra. En El
Corazón del Hombre, menciona las diferentes formas de violencia (capítulo 2),
entre las más importantes, celos y envidia.
Desde mi infancia (o tal vez desde mi adolescencia) me
percaté de que un número de personas mostraban actitudes de hostilidad y
agresividad hacia mi persona sin razón aparente. Eso continuó a lo largo de las
diferentes etapas de mi vida. Al llegar a la pubertad, mi rostro se llenó de
acné y por ello fui objeto de burlas y agresiones que tienen que ver con eso.
También comencé en la adolescencia a convertirme en un deportista (practicando
la carrera pedestre), actividad que realicé durante unos 10 años y me vi
obligado a abandonar por lesiones en los tendones de Aquiles, por correr sobre
superficies duras (asfalto, cemento, concreto hidráulico).
Con unos 26 años de edad, empecé a practicar el
ciclismo de ruta. Competí durante algunos años y tampoco destaqué, más que en
una medida muy modesta (carreras domingueras de unos 100 km de recorrido); gané
una, en varias quedé entre los tres primeros lugares, en muchas, entre los 10
primeros lugares. Algo que no quedó registrado en ningún archivo, porque no
conlleva la menor importancia.
Mis capacidades físicas son muy modestas. El
entrenamiento fortalece tanto músculos voluntarios como otros músculos —corazón
y pulmones— pero el avance es limitado; la inmensa mayoría de los seres humanos
no contamos con la posibilidad de llegar al alto rendimiento. Yo fui un
deportista (lo sigo siendo, pero hace muchos años abandoné la competición) de
capacidades muy limitadas, pero mi apariencia era la de alguien que compite en
Juegos Olímpicos, Campeonatos Mundiales —en carrera pedestre, medio fondo— o en
carreras clásicas y de etapas en Europa, como el Tour de Francia, el Giro de
Italia, la Vuelta a España, el Giro en Suiza, etc.
No destaqué, pero sí dediqué mucha energía a esa
actividad deportiva, y —simultáneamente— me interesó mucho vivir con buenos
hábitos, consumir alimentos nutritivos, sanos, evitar el consumo de aquello que
no es tal cosa y en cambio resulta no nutritivo y tóxico. La imagen que
proyectaba (y eso no ha cambiado mucho, pese a que ya me encuentro en la
séptima década de mi vida, con 62 años de edad) era la de un deportista de los
que destacan al más alto nivel.
No sé de dónde vinieron mis ancestros, la verdad, no
quiero saber. Parece tener sentido suponer que vinieron de Europa central (tal
vez a finales del s. XIX, parte de la comitiva de un emperador importado del
imperio Austrohúngaro). Mi piel es muy blanca, mi fisonomía no es la de un
mestizo –que es lo que soy y no pretendo ser otra cosa. He aprendido a amar a
mi país y siento desprecio por esos conciudadanos míos que pretenden encarnar a
lo que antes de la independencia fueron peninsulares y criollos, hoy llamados
coloquialmente Whitexicans. No soy
eso.
Desde mi temprana infancia, muchas personas me
identificaron como muy inteligente. Aprendí a leer muy rápidamente, apenas un
mes y medio después de iniciar el primer año de mi educación básica, primaria.
Destaqué en todo lo que tenía relación con lectura y escritura, pero todo lo
que tenía que ver con números (matemáticas), mi desempeño era deficiente en
extremo, prácticamente deplorable. Nací neuro-divergente, padeciendo un
trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) que nunca se
detectó, crecí en desatención por parte de mi madre y objeto de una violencia
terrible perpetrada por un narcisista maligno —un psicópata—, mi padre.
Desde mi más temprana infancia me interesó mucho la
lectura, pasé mucho tiempo leyendo y eso representó un estudio autodidacta de
mi lengua materna, el español.
Fallé en mis estudios, pero me convertí en un
autodidacta, aprendí matemáticas, física y materias de ingeniería; mi formación
académica es muy sólida. También aprendí así —como autodidacta, principalmente—
una lengua extranjera, el inglés, y me convertí en un traductor inglés-español,
y así me he ganado la vida, por temporadas.
A riesgo de sonar narcisista, puedo decir que he
enfrentado una adversidad muy severa (a la que muchos hombres no habrían
sobrevivido), me he fortalecido, haciendo uso de un mecanismo psicológico de
defensa: Compensación.
Todo esto ha contribuido a que la imagen que proyecto,
con características como un nivel intelectual/cultural poco común, despierten
envidia en muchas personas; así ha sido a lo largo de mi historia de vida. En
muchos casos (decenas, tal vez cientos de ocasiones) las agresiones de que fui
objeto no fueron graves, pero el efecto fue severo, por ser tan numerosas; mas
hubo individuos que me detestaron o me odiaron, fingieron ser amigos o terapeutas
(médicos psiquiatras) dispuestos a ayudarme. También fui objeto de acoso
laboral (evito usar la palabra víctima porque no quiero parecer un manipulador,
no lo soy) y las consecuencias de eso fueron tan graves que pudieron haberme
costado la vida, o como mínimo, pude haber acabado arruinado por abuso de
sustancias (adicciones a drogas legales y no legales).
Continuaré en la siguiente entrada
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