El 15 de septiembre de 1963, cuatro jóvenes de color
(raza negra) acudieron a la Iglesia Bautista en la Calle 16 en Birmingham,
Alabama, a servicios dominicales. Addie Mae Collins, de 14 años de edad;
Cynthia Wesley, de 14; Carole Robertson, de 14; y Denise McNair de 11 años de
edad, se dirigieron al sótano a hacer sus preparativos para ese día cuando
explotó una bomba que miembros del Ku Klux Klan ahí habían colocado ahí. Las
cuatro jóvenes murieron, y más de una docena de personas resultaron heridas.
El templo no había sido elegido al azar. La Iglesia
Bautista en la Calle 16 se había convertido en un lugar de congregación
importante para la Comunidad Negra y en un centro de reunión para el Movimiento
de Derechos Civiles. Birmingham era ya bien conocido por la violencia racial y
se había ganado el sobrenombre Bombingham
porque en repetidas ocasiones se habían colocado bombas con la intención de
destruir viviendas, templos y negocios. Los atentados con bombas se dieron
durante un periodo en el que activistas desafiaban la segregación en escuelas y
en la vida pública, convirtiendo a la iglesia en un blanco especialmente
significativo para quienes tenían la intención de intimidar a los integrantes del
movimiento.
Lo que hace que resulte tan doloroso mirar esta imagen es
que estas víctimas no son símbolos o estadísticas. Eran hijas con familias,
amigos, personalidades y futuros; y de todo ello fueron despojadas. Addie Mae,
Cynthia, Carole y Denise debieron crecer y vivir existencias ordinarias. En
lugar de ello, sus nombres fueron vinculados permanentemente con uno de los
actos más devastadores del terror racial de la era de los Derechos Civiles. El
uso de bombas provocó trauma colectivo en el país e incrementó la atención a la
violencia que se usaba para defender la segregación.
Sin embargo, la justicia no llegó pronto. Aunque el
atentado con bomba sucedió en 1963, pasaron décadas antes de que los
perpetradores fueran juzgados de manera exitosa. Rose Chambliss fue declarado
culpable en 1977, mientras que Thomas Blanton y Bobby Frank Cherry fueron
condenados en 2001 y 2002. Otro sospechoso, Herman Cash, murió sin ser condenado.
El retraso extremo por sí mismo se convirtió en parte de la historia del uso de
bombas y en un recordatorio de cómo la injusticia racial fue incorporada en las
instituciones que se suponía debían procurar la justicia.
Recordemos sus nombres: Addie Mae Collins. Cynthia Wesley,
Carole Robertson. Denise McNair. Cuatro
jóvenes que nunca debieron convertirse en mártires de un conflicto del que no
eran responsables. Recordarlas implica recordar que la segregación exigía, lo
que la violencia supremacista blanca estaba dispuesta a hacer para preservarla,
y por qué la lucha por los derechos civiles era tan importante.
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