martes, 22 de septiembre de 2015

Psicóloga Lupita, una profesional de la salud mental no apta para ejercer

Si bien, Lupita no está apta para ejercer, su caso no es único, se da muchísimo entre profesionales de la salud mental.

Ella comenzó a atenderme en un servicio telefónico de atención en crisis, en fin de semana y algún tiempo después, pude conocerla en persona. Tuvimos una relación difícil de definir, en la que parte del tiempo ella era una interventora en crisis o alguien con quien hablar, y parte del tiempo era mi amiga. Quisiera decir algo que quiero que quede bien claro. Lupita me ayudó en momentos difíciles, en los que incluso no tuve nada que comer. Eso sucedió un cierto número de veces durante los años que siguieron, a partir del año 2011, e incluso en el presente año, ella me ayudó dando buenas referencias sobre mí durante mi proceso de contratación en la compañía que trabajo y después dándome una carta de referencia laboral. La gratitud es algo que no se debe de perder y en el caso de Lupita, no voy a olvidar lo que hizo por mí.

Sin embargo, también he sido objeto de agresiones muy serias por parte de esta psicóloga, como a finales de ese año 2011 en que me llamó mantenido. Este agravio resultó muy doloroso y lo he hablado con otras psicólogas y a todas les ha parecido absolutamente reprobable; una psicóloga jamás debe de decirle eso a un usuario.

Hace meses que no hablo con Lupita principalmente porque ha mostrado un comportamiento muy difícil hacia mí. Una de las últimas veces en que lo intenté, me trató como si estuviera hablando con un pendejito al que se le puede "cotorrear". Me parece que el narcisismo patológico de esta mujer la lleva a sentirse superior a mí, y parece difícil que me equivoque. Ese día comenzó diciéndome estupidez y media, que si había trabajado (era sábado y yo trabajo de lunes a viernes), que si podía ir a la institución pública donde me dan la atención psiquiátrica (la atención es entre semana) y más pendejadas de todo tipo. Me molestó mucho que le dije que estaba comenzando a tener ingresos y que quería comprar muchas cosas, y esta mujer tonta me dijo: "ahorra, ahorra", cayendo en una actitud de cerrazón y de tontería, sin detenerse a pensar que el tener ingresos me permite hacer muchas cosas que no pude hacer cuando viví en la pobreza. ¿Qué sentido tendría trabajar para seguir viviendo privado de aquello que necesito? La escasa inteligencia de esta mujer no alcanza para entender algo tan sencillo y se monta en su burro y no escucha.

Algo todavía más ilustrativo sobre lo mal que anda esta psicóloga es lo que me dijo uno de esos días, sábado en la noche al comenzar su turno de doce horas en el servicio de intervención en crisis. Me parece que comenzó cuando me molestó que me preguntara si había trabajado ese día (había mencionado que yo trabajo de lunes a viernes) y entonces Lupita me dijo que ella trabajaba todos los días. No sé por qué me echó eso en cara a mí, si no dependo de ella, no vivo en su casa y no me mantiene. Que ella trabaje todos los días es algo que no tiene nada que ver conmigo. Más aún, su trabajo como psicóloga clínica no sirve; no sé si el trabajo que hace en su otro empleo en Cruz Verde Zapopan sirva para algo (la verdad lo dudo), pero si su trabajo no rinde ningún fruto, haría mejor en dejar a otra persona capaz y dejar de estorbar.

Resulta inverosímil es que me haya dicho que ella viene de una "cultura del esfuerzo", siendo especialmente incompetente con los números, entiéndase con la aritmética más elemental. Lupita no puede hacer la operación aritmética más sencilla sin una calculadora. No podría calcular el área de un cuadrado, no domina el uso del punto decimal y por supuesto, tampoco las operaciones con fracciones. Lupita eligió una licenciatura que no lleva números, que junto con medicina, derecho, medicina y otras, se han convertido en un refugio de burros que no quieren ponerse a estudiar y superar sus deficiencias académicas. Por si esto fuera poco, Lupita ni siquiera sabe escribir correctamente, su redacción es muy defectuosa y no domina la ortografía (si bien hay que aclarar que eso es una verdadera pandemia en nuestro país). Lupita tampoco domina una lengua extranjera.

Las agresiones verbales de Lupita, hayan sido muchas o pocas, han constituido una manifestación de su falta de adecuación como ser humano, del malestar que siente al saber que ha fracasado y tiene que ver con las entradas anteriores, en que al verme a mí como un paciente psiquiátrico, un individuo con problemas serios de salud mental, me ha considerado el blanco perfecto de sus ataques porque ella puede argumentar que no hay tal, que por mi patología yo percibo hostilidad y agresión donde no la hay; una postura de lo más ruin. Por supuesto, si me considera débil, se permite probar sus fuerzas conmigo, comparándose para tratar de reafirmar su valía. Si no fuera un ser humano pobre y disfuncional, no tendría ninguna necesidad de compararse con nadie.
 
Si se comparara con una profesional de la salud mental exitosa, Lupita saldría muy mal parada, lo sabe perfectamente bien y por eso evita ese tipo de confrontación. En fin, habrá que dejarla que siga con su comportamiento no ético y vergonzoso.

Percepción de debilidad, ¿qué despierta en otras personas?

Yo sé lo que es ser débil, o lo que es vivir en una situación de debilidad. Cuando fui niño, fui extremadamente delgado y muchos de mis compañeros de la escuela eran más fuertes que yo, pero de alguna manera me defendía de las agresiones físicas ocasionales. Cuando llegué a la adolescencia, mi desarrollo no fue rápido, como el de muchos de mis contemporáneos. Durante tiempos prolongados, mantuve un peso corporal bajo con una masa muscular escasa y eso, junto con un brote de acné muy marcado y haberme roto los dientes frontales me hizo blanco fácil de muchos compañeros más fuertes y viví épocas bastante difíciles. Eso sucedía en la escuela, en casa mi padre utilizaba cualquier pretexto (si yo no le daba uno él lo inventaba) para atacarme verbalmente con insultos y humillaciones. Pasaron los años y yo comencé a hacer ejercicio y me fortalecí poco a poco, si bien no gané mucha potencia, sí mejoraron mucho mi coordinación y mi resistencia y mejoré mi capacidad para pelear, lo que me llevó a dejar de ser el blanco favorito de compañeros abusivos.

Sin embargo, con el paso de los años y pese a mis esfuerzos por superar mis enormes deficiencias académicas, resultado de tantos años con problemas de aprendizaje, desprovisto de la ayuda que necesitaba, caí en una patología muy grave en la que la constante fue un tremendo aislamiento del mundo, viviendo encerrado en mi habitación, sin trabajar, sin ingresos, sin amigos, sin pareja, etc., y con el paso de los años esta situación generó en una serie de crisis que por poco me cuestan la vida.
Llegué a tener más de 30 años sin jamás haber tenido un empleo y cuando tuve uno lo perdí, por una serie de circunstancias desafortunadas, y por el mal proceder de personas terribles (mi padre y mi "amigo" David principalmente), y así bien entrado en la cuarta década de mi vida, viví dependiendo económicamente de otras personas, sin la capacidad de ganarme la vida.

Todo esto me convertía en el blanco fácil de individuos con problemas de autoestima, que necesitaban probar su valía comparándose con alguien a quien consideraran débil. Yo había dejado de ser físicamente débil desde hacía décadas, pero quien quisiera medirse conmigo echándome a la cara su enorme capacidad para trabajar y para vivir, su inteligencia y cualquier característica que considerara deseable y valiosa en un hombre, me tomaba como su saco de boxeo, considerando que desde el principio yo tenía perdida la batalla por no saber ganarme la vida. Debo aclarar que yo nunca participé voluntariamente en este juego patológico y estéril, por lo menos no conscientemente.
Hasta la fecha, esto sigue sucediendo. El colmo es mi cuñado Enrique, esposo de mi hermana Yolanda, a quien me he referido en entradas anteriores. Quisiera hablar ahora de la psicóloga Lupita.
 
 

martes, 15 de septiembre de 2015

La naturaleza de mi resentimiento

Mi relación de amistad muy cercana con la bella K, psicóloga joven a quien conocí en una red social, me ha llevado a abrir los ojos ante una realidad: que vivo desahogándome al escribir en redes sociales o en mi blog, al igual que al hablar por teléfono a centros de atención psicológica, y finalmente he acabado haciendo lo mismo con ella, si bien nuestra relación no se ha limitado a eso.

Me doy cuenta de que este patrón de comportamiento no me va a llevar a nada, y mi problema más grande parece ser mi resentimiento, que está presente la mayor parte de mis horas de vigilia, especialmente contra personas como mi padre (ya fallecido), mi amigo “David”, el infame que me pegó por la espalda como el perfecto cobarde que es, mi madre (que vive conmigo y quien con mucha frecuencia es objeto de mi furia); mi hermana Mónica a quien no he visto en 13 años pero con quien he tenido comunicación esporádica; mi hermana Yolanda y su esposo, que viven en la misma ciudad, y contra una multitud de personas que han pasado por mi vida en algún momento. Parecería un problema con una solución sencilla, pero si así fuera, no lo tendría.

El odio que siento contra mi padre es muy intenso y de pronto, con ayuda de mi querida K, me doy cuenta de que seguir hablando o escribiendo sobre él con epítetos o palabras ofensivas no me va a llevar a superar esos sentimientos ni el dolor que ha dominado mi existencia. David, el individuo al que durante 14 años consideré mi amigo es especialmente significativo por el increíble parecido que su comportamiento presentaba con el de mi padre. Dos personas capaces de abusar del poder que se les confirió, capaces de llevar el abuso al extremo, deshonestas, mal intencionadas, sin principios y sin escrúpulos y como todos los abusivos, cobardes. He llegado a pensar que David, que en este momento tiene 50 años de edad, comparte un destino con mi padre, pues al pegarme por la espalda aquel mes de enero de 1998, al mandarme a un infierno más terrible del que me había sacado, hizo equipo con mi padre y no habrá jamás manera de romper ese vínculo entre ellos. Algo que me llamó siempre la atención de mi padre, fue su absoluta falta de conciencia sobre el daño que hacía, su mirada cruel y cínica, y su tendencia a valerse del llanto, como hacen las malas mujeres, en un patético intento de manipulación que solamente gente muy tonta podría creerle. A David no lo he visto desde el 2 de febrero de 1998, pero he visto fotografías en las que no puedo apreciar con claridad el posible deterioro físico o mental que pudo haber sufrido a lo largo de estos 18 años y medio, y me parece percibir en su mirada cansancio y frustración. Si tuviera razón en esto, este mal individuo podría estar rindiéndose ante la evidencia de su incapacidad para alcanzar sus metas, reconociendo el fracaso lenta e inexorablemente, ahora con un hijo de 18 años al que muy probablemente ha decepcionado, fallándole miserablemente. Algo de lo que estoy casi seguro, es que Iván, el hijo mayor de David, y Carmen, su esposa, lo consideran un cobarde por no defender a su familia del ataque de un enemigo que cultivó hace muchos años.

Cobrar conciencia de que seguir hablando de mi padre con odio, usando palabras ofensivas no me va a llevar a nada, me hace pensar en la posibilidad de escribir sobre él viéndolo como un individuo impotente ante su pobreza como ser humano, ante su incapacidad para dejar de violentar a las personas más cercanas a él que nunca fueron culpables de su infancia difícil, ni mucho menos de que su padre haya sido cruel y sádico, terminando sus días en la vejez, abandonado en un horrible asilo, como muy probablemente merecía. Mi padre perdió a la autora de sus días cuando tenía alrededor de 14 años y desarrolló un complejo de Edipo que lo llevó a proyectarla en cada mujer importante en su vida. Así, se casó con mi madre a los 26 años y le adjudicó todas las virtudes de su progenitora. Cuando comenzó a tener problemas con ella, le retiró todas esas cualidades, reales o ficticias y cuando nació la segunda de sus hijas (sexo femenino) vio encarnar en ella a la súper maravilla que era su madre.

Mi padre tuvo un progenitor terrible, que violentó a sus seis hijos varones y a su esposa, según la explicación de mi padre porque fue el único hijo varón con tres hermanas y a su vez su progenitora lo trató como al favorito, permitiéndole que cometiera todo tipo de abusos y faltas, impidiendo que su padre lo reprendiera, propiciando así que se convirtiera en un hombre malo. Mi padre me puso como nombre de pila el suyo, que era el de su padre y esto facilitó que proyectara en mi contra todo ese resentimiento (mi padre incluso culpaba al suyo por la prematura muerte de su madre, el acontecimiento más doloroso y traumático de toda su vida) y me considerara culpable de todo lo malo que le sucedió en la infancia, en su adolescencia, en su temprana edad adulta y más tarde me hiciera (junto con mi madre) responsable de su alcoholismo, de su cinismo y de su falta de pudor y de vergüenza.

Y al escribir estas palabras no puedo evitar sentir furia y resentimiento contra él, pero al mismo tiempo, puedo percibir lo que sería por lo menos una solución parcial al problema. Sería justo sentir pena por él, por haber fallado en todo, por haber hecho todo mal, por haberse destruido y por haber dejado un recuerdo triste, el de un individuo que pasó por la vida haciendo un gran esfuerzo para construir y pese a haber conseguido bastante, su naturaleza destructiva echó sus logros por tierra y su legado constituye una verdadera vergüenza. Durante su vida tuvo un conflicto interno (como lo tenemos la mayor parte de los seres humanos), en el que se debatió entre hacer lo correcto, por ejemplo al evitar tomar recursos del erario cuando trabajó en el gobierno, pero acabó perdiendo la batalla y no sólo robó con su amigo Luis Martínez Villicaña, político corrupto del infame Partido Revolucionario Institucional, sino que le robó a mi madre, despojándola del 50% que le correspondía tras su divorcio por estar casados por régimen de bienes mancomunados, cometiendo delito patrimonial y violencia económica, habiendo traído tres hijos al mundo fuera del matrimonio (a los que dejó en el desamparo cuando murió), y con daños muy serios en la salud mental de cada uno de sus hijos. 

jueves, 10 de septiembre de 2015

Mi existencia relativamente solitaria, y la esporádica necesidad de una pareja

En diciembre de 2012 dejé de vivir solo y mis condiciones de vida cambiaron radicalmente. Un mes más tarde, tuve internet en casa y comencé a usar la red social twitter sin medida, lo que por supuesto parecía inadecuado. Tuvo que pasar más de un año (marzo de 2014) para que comenzara a trabajar en casa, traduciendo documentos para una empresa farmacéutica. Fue entonces cuando comencé a contar con modestos ingresos, pero no hice nada para buscar una pareja, que tanta falta me hace.

Puede ser que inconscientemente haya elegido un estilo de vida en soledad, sabiendo que es doloroso, por tener la certidumbre de que enamorarme y formar una relación de pareja  con el paso del tiempo puede conducir a problemas de relación que resultarían aún más frustrantes y dolorosos. También existe la posibilidad de que haya esperado encontrar en twitter una mujer que se interesara en mí, a la que pudiera conocer y a quien no le importara mi estilo de vida tan poco convencional y mi ausencia de logros, mi precaria salud mental, etc. Esto sencillamente no ocurrió.

Y ahora encuentro una mujer muy bella que vive en otra ciudad (bastante lejos de la mía), con una licenciatura en psicología, una maestría y un diplomado, y una enorme capacidad de trabajo. Además de su belleza física me fascinan su personalidad, sus intereses, su actividad y su voz, su risa y su alegría. No me he encontrado con ella, físicamente, pero el enamoramiento parece real y ella lo sabe; se lo manifiesto cada vez que hablo con ella, o sea todos los días.

En una de nuestras primeras llamadas, al inicio de nuestra relación (ella no es mi novia ni me considera su pareja), le dije que quisiera tenerla conmigo, tendida en el sofá de la sala o en mi cama, abrazándola para poder dormir así, con nuestros cuerpos unidos y entrelazados. Entonces K dijo algo así como: ¿dormir? No..., sugiriendo que quisiera hacer más que eso. Sorprendido, le aclaré que no había manifestado otra cosa porque no quería que pensara que mi interés en ella era puramente sexual y entonces comenzamos a amarnos con palabras, expresando de manera absolutamente explícita lo que quisiéramos hacer manteniéndonos en todo momento dentro de los límites de lo correcto, evitando usar expresiones vulgares o irrespetuosas, pero sin carecer del sentido del humor. K me permitió explorar con mi boca la parte más íntima de su anatomía, y recorrer con mis labios la dermis que cubre el total de su maravillosa anatomía. Comenzó entonces ese vínculo tan poderoso que une a una mujer con un hombre, y esa dama, esa mujer a la que amo ha definido nuestra relación como la de amigos con derechos.

Me doy cuenta de que K busca mantener una distancia entre nosotros, por una parte porque trata de protegerse evitando enamorarse de mí, temiendo que la utilice y después me olvide de ella, como ha hecho un número de malos individuos. He tratado de tranquilizarla pero mis argumentos no resultan convincentes y no puedo culparla por ello. Al mismo tiempo, K quiere evitar que yo me involucre con ella más de lo prudente y acabe sufriendo ante la imposibilidad de que ella me corresponda y seamos pareja y podamos amarnos verdaderamente. La distancia es parte del problema.

Todo esto habla de la inteligencia, la sensibilidad y la consideración de esta mujer tan hermosa. Y algo que me llama mucho la atención es su incredulidad ante mis afirmaciones de que es una mujer con una belleza deslumbrante, tanto en el exterior como en su interior. K tiene la capacidad de querer a mucha gente, a personas a las que ni siquiera conoce, como las víctimas de los crímenes de estado en nuestro país, así como a personas que sí conoce, como sus pacientes niños con problemas de aprendizaje y sus alumnos en la universidad.

K es un bello ser humano, alguien que yo quisiera que trascendiera en mi vida, pero sé bien que las posibilidades no son muchas. Y al pensar en los acontecimientos afortunados que se han dado en mi vida en los últimos años imagino que si finalmente mi vida comienza a cambiar para bien, pudiera tener una oportunidad con K, pudiera convertirse en una compañera para mi vida futura y ese sería uno de los componentes más importantes de una vida plena, que me ha sido negada.

Ella y yo creemos en Dios, si bien mi fe es débil. Sigamos adelante, K amada mía.

Cansancio, sueño insuficiente, mi existencia difícil

En los últimos tres días he sido constante en levantarme temprano y pedalear con energía en el equipo que constituyen mi bicicleta de carrera y mis rodillos de equilibrio. Me he despertado durante la noche, en las horas de la madrugada permaneciendo despierto un tiempo indeterminado para volver a conciliar el sueño y despertar y alrededor de las 6:30 horas, saliendo de la cama poco antes de las 7:00.

Tomando en cuenta la hora a la que me quedo dormido, antes de la media noche, y la hora a la que salgo de la cama, ya por la mañana, parecería que no tengo un déficit de sueño, pero habría que considerar que estoy haciendo ejercicio y necesito más descanso, y que la interrupción del ciclo de sueño en la madrugada me impide tener un sueño reparador. En este momento siento un malestar acusado y un estrés considerable. Para colmo, continuamente tengo cerca de mí a Miguel, un adolescente que es algo así como office boy en mi lugar de trabajo, cuyo comportamiento me pone de malas.

Estos días tengo poco trabajo, a diferencia de mis compañeros que están trabajando bajo mucha presión. Esto no me ayuda en absoluto, pues aparece el tedio y el aburrimiento. Comencé a revisar la traducción de un manual de habilidades de laboratorio (químico) que dejé inconcluso, pero la verdad es que no logro interesarme en el material. Acabo de abrir un archivo de notas sobre química analítica y comienzo a leerlo, a “machetearlo” y me cuesta trabajo por la presencia de este muchacho Miguel, además de que tengo sueño, siento cansancio muscular y me duele una contractura muscular en un hombro.

Mi mente se remonta a mis años escolares, no a la enseñanza básica, ni a la media sino a la superior, la universidad, cuando me estaba yendo muy mal porque ya estaba enfrentando las consecuencias de haber aprendido muy poco durante todos los años anteriores. El asunto es que había una explicación para ello, sin que lo supiera, padecía TDAH y en consecuencia, problemas de aprendizaje. Me viene esta vivencia a la cabeza porque me resulta difícil concentrarme al intentar asimilar la definición de “solución.” Me enfoco en los términos “química”, “mezcla homogénea”, “fase”, dejando para un poco más adelante los términos “disolver”, “soluto” y “solvente”.

Mi narrativa da un salto abrupto porque mi mente hace lo propio, a haber vivido desde una edad muy temprana como un delincuente al que se le está castigando por sus numerosos crímenes. Y he ahí el origen del odio hacia mi padre. El pendejo bueno para nada me escogió para hacerme culpable de todo lo que estaba mal en su vida, y con el paso de los años, de todo lo que estaba mal en el mundo. Para aclarar un poco esta idea debo decir que desde el principio obtuve malas calificaciones en la escuela, algo difícil de justificar porque en ciertas asignaturas era muy competente y superaba al resto de mis compañeros; al desenvolverme en casa y en la escuela, resultaba evidente que mi cociente intelectual era bastante bueno, pero mi aprovechamiento era bastante malo. Mi padre tomaba eso como un pretexto para maltratarme y hacerme sentir culpable, inútil, digno de desprecio y un motivo de deshonra para toda la familia.

Para cualquier persona adulta con una mínima capacidad para sentir empatía debería ser fácil entender el sufrimiento que provoca vivir así, y sin embargo es de lo más difícil encontrar gente que lo comprenda y en su lugar encuentra uno por todas partes personas que juzgan y muestran furia y desprecio por alguien que no les ha hecho ningún daño y cuya forma de vida no les afecta de ninguna manera.

Mi padre era la clase de persona que nunca debió tener hijos, o mejor aún, la clase de persona que nunca debió venir a este mundo. Odiaba a su padre con toda su alma (en el supuesto de que la tuviera), pero su cobardía le impidió manifestárselo, pues mi abuelo, ese viejo decrépito, maldito y pendejo sí fue responsable de los problemas de mi progenitor; y mi papá, en lugar de manifestarle su odio a ese padre terrible que tuvo, la tomó conmigo. El progenitor pendejo e imbécil que tuve no buscaba quién se la había hecho, sino quién se la pagara. Para completarla, el pedazo de cerdo tenía un carácter sádico, su comportamiento cobarde, el tundirle a alguien más débil que no podía presentar ninguna defensa posible y ni siquiera comprendía lo que estaba pasando, le proporcionaba una satisfacción continua si bien efímera, por lo que había que repetir el comportamiento para volver a conseguir la gratificación; mientras tanto, la salud mental de su hijo se deterioraba, se gestaba la enfermedad mental, se fraguaba la ruina y la destrucción de su existencia.

Y el mundo dice que hay que honrar a los padres y que no tenemos derecho a juzgarlos. La pendejez  no conoce límites.

10 de septiembre de 2015, jueves

Ha transcurrido una semana del mes de septiembre, del año en curso y mi vida ha cambiado para bien. Ahora tengo una ocupación y una fuente de ingresos y mi rutina le da sentido al transcurrir de mis días. Si bien, mis ingresos son bastante modestos, son mucho dinero en comparación con el que dispuse durante tantos años, y me permiten salir paulatinamente de la precariedad económica, de la pobreza.

No tengo hora para levantarme, pero ahora que mi horario de trabajo comienza a las once de la mañana, lo hago temprano. Después de ver videos musicales en la sala mientras me tomo mi café, y preparar la avena que ingiero como desayuno, subo a mi habitación a ponerme mis prendas deportivas y uso mi bicicleta de carreras sobre rodillos. No hago esto todos los días, y el tiempo de ejercicio no es mucho, un poco más de 40 minutos. Después me baño con agua fría y me como mi avena, si no lo hice antes de ejercitarme.

Considero esa dedicación al deporte algo positivo en mi vida y prueba de eso es mi estado de salud física. Estoy en peso y la proporción músculo-grasa es casi óptima, el estado de mis pulmones y corazón, mi presión arterial, mi circulación, etc., es mejor que la de muchas personas más jóvenes que yo; pero más allá de todas esas consideraciones, la actividad continua tranquiliza una preocupación que se aloja en mi inconsciente y me hace temer que me suceda algo malo. En buena medida, mi vida está dominada por el miedo. Si me someto a una actividad física continua, siento que puedo mantenerme bajo un manto protector y si abandonara esa práctica, perdería lo que tengo y volvería a caer en una desesperación de la que solamente podría sacarme un acontecimiento afortunado fortuito, y si esto no sucediera, las condiciones tan difíciles de mi existencia futura acabarían llevándome a una tumba prematura.

También asocio en mi mente el avance del kilometraje que recorro en bicicleta con un destino trágico, inevitable y aterrador de un individuo que me arruinó hace 17 años y a quien he odiado durante todo este tiempo. Racionalmente sé que esta idea está fuera de la realidad, pero al mismo tiempo tengo presente que suceden muchas cosas en nuestras vidas que no tienen una explicación lógica. Hace tiempo hice algo en contra de ese Judas que tuvo una seria afectación en su vida familiar y en su psiquis; no parece descabellado pensar que ese acontecimiento podría provocar un cataclismo en su vida; bien merecido se lo tendría el maldito.

Busco información sobre mi patología, el trastorno límite de la personalidad (TLP) y encuentro lo mismo una y otra vez. El asunto es que no sé qué es lo que en realidad busco, posiblemente una respuesta a qué es lo que me mantiene enfermo y por qué no puedo superar mi condición, pues pese a la enorme mejora en mi situación laboral, el problema de origen sigue presente. Y al pensar que ese problema es el resentimiento, aparece la respuesta y cobro conciencia de que no parezco ser capaz de perdonar. Hay gente que me ha hecho daño y ha enfrentado consecuencias por ello, cosa que si bien no resuelve mi problema, sí constituye una satisfacción.

Mi “amigo” David, que durante muchos años acumuló odio contra mí por sentirse despojado de algo que le correspondía por derecho (aptitud física, entiéndase desempeño deportivo), pudo cobrársela cuando me tuvo bajo sus órdenes y llevó el abuso al extremo. Indudablemente, el tipo es un hijo de puta y un perfecto cobarde. Él y su cónyuge (y en consecuencia sus hijos) han sido objeto de una humillación pública y el pedazo de maricón no ha salido en su defensa. Este golpe a su ego y al honor, aunado a los argumentos que describen el origen de su pobreza y su pequeñez personal, sus sentimientos de inadecuación e insignificancia, podrían destruir la precaria estabilidad que le ha permitido funcionar a lo largo de 50 años de vida, y ponerlo al borde de un precipicio. Si cae o no al vacío parece irrelevante. Si esta supuesta fantasía se hiciera realidad, sería de lo más interesante (y satisfactorio) ver la vida de este pedazo de basura destruida por la adversidad, producto de las acciones de un enemigo. Castigo merecido.

En cuatro meses se cumplirán ocho años de que murió mi padre y el odio que sentía contra él el día que se fue de este mundo, no ha disminuido un ápice. Pienso que para poder perdonarlo hace falta que mi vida cambie para bien y recupere aunque sea un poco de lo mucho que perdí por toda la devastación que ese monstruo provocó en mi existencia. Una mujer bellísima a quien conocí en fecha reciente me dijo que para dejar de ser una víctima hace falta empoderarse. Creo que puedo lograr esto encontrando nuevos intereses, o renovar los que ya tenía, persiguiendo objetivos, planeando mi futuro, decidiendo qué es lo que voy a hacer con lo que me queda de vida.

Te quiero, Kiowa.

lunes, 7 de septiembre de 2015

¿Qué te puedo ofrecer, mi amada K?

Existe una distancia geográfica entre Kiowa y yo. Ella radica en la ciudad número uno de nuestro país, yo en la número dos. Es bonito quererla, pero quisiera tenerla entre mis brazos y recorrer su bella dermis con mis labios  y amarla con pasión  y darle todo lo que ella necesita para sentirse plena…, y parece difícil porque si voy a superar mi condición de hombre al que no le ha sido posible adquirir lo que necesita y merece, queda un largo camino por recorrer.

Y esta mujer tan bella ha sufrido mucho. Puedo ver parte del origen de ello, pero mi visión es incompleta. Comprensiblemente, K teme que el interés y la fascinación que siento por ella se desvanezcan y por ello, pese a tratarme bien y obsequiarme buenas dosis de felicidad, mantiene una distancia prudente. Le pregunto si me quiere y ella me responde: todavía no. Y tengo algunas imágenes en las que además de su belleza física puedo percibir a un ser humano complejo, con grandes talentos, con una gran alegría y una gran tristeza y una necesidad de amar y ser amada; entonces quisiera haber vivido de otra manera para proporcionarle todo eso, y esto, por supuesto que constituye un contrasentido pues en esas circunstancias jamás nos habríamos conocido.

He dejado de vivir en la dependencia, en la improductividad y eso ha mejorado mi salud mental y mi calidad de vida, pero no puedo conformarme. Habrá que seguir adelante.

Te amo, K.