lunes, 30 de enero de 2017

Cae la noche del lunes 30 de enero de 2017


En 17 minutos serán las 20 horas de este primer día de la primera semana del segundo mes de este año que comienza, en que cumpliré 53 años, la sexta década de mi vida, cuando finalmente he comenzado la etapa productiva de mi vida, bastante tarde.

Finalmente se depositaron los vales de despensa y fui a Wal mart a comprar el mandado, lo que hizo que mejorara un día que había transcurrido con un poco de incomodidad, pese a que en el trabajo había estado traduciendo un artículo médico, que es algo preferible a lo que hago normalmente: traducir archivos maestros de fármaco, bastante tediosos.

Durante las horas que estuve trabajando, entre las siete de la mañana y las cuatro y media de la tarde, pensé en mis hermanas Mónica (de mi edad, que vive en Katy, Texas) y Yolanda (que vive en Jalisco, cerca de Puerto Vallarta, cuatro años más joven que yo) y en el hecho de que con sus respectivos cónyuges, dos individuos despreciables, me han atacado, cometiendo una verdadera bajeza, pensando que soy inofensivo.

Las dos están al tanto de que hace cerca de nueve años, una psicóloga del sector salud aquí en el estado de Jalisco, se involucró sentimentalmente conmigo, y cuando se arrepintió de haberlo hecho, cometió un acto incalificable que incluso está tipificado como delito. Esta mujer inmoral procedió de esa manera porque pensó que yo era inofensivo, y lo que hizo tuvo consecuencias extremadamente graves, para ella. Estuvo muy cerca de terminar en una tragedia. No entiendo por qué tantas personas son tan idiotas para seguir pensando que no tienen nada que temer de mí.

Bueno, mi hermana Mónica me agredió en junio de 2003 junto con su esposo Jeffery Alan Jung. Mi hermana Yolanda me agredió junto con su esposo Enrique Manuel Cano Hernández. El par de hienas creen que pueden vivir sus vidas muy quitadas de la pena y que lo que hicieron no va a tener consecuencias.

Muy pronto se van a dar cuenta de lo equivocadas que están.

Mi padre, su carácter sádico, su cobardía y su homosexualidad latente


En 34 minutos habrá concluido el primer día laboral de esta semana que comienza hoy, el penúltimo día del primer mes del año 2017. Me encuentro muy molesto porque en la empresa donde trabajo no me han depositado los vales de despensa y eso es una irregularidad bastante seria. En las horas de la mañana y lo que va de la tarde, he pensado también en mis hermanas Mónica y Yolanda, en el hecho de que las dos están muy enojadas conmigo porque les he devuelto los golpes que me han asestado. He escrito sobre ellas, particularmente sobre sus cónyuges, sobre el par de hijos de puta con que se casaron; resulta muy curioso que el par de cabronas quieran pegarme, pero no quieran que yo me defienda, que les devuelva los golpes.

Pienso mucho también en mi padre, en el hijo de puta que era y en el hecho de que todo lo hizo mal, de plano no daba una y se la vivía defecándola por todas partes. Recuerdo mucho que era profundamente homofóbico y al mismo tiempo tenía una fijación con otro hombre al que decía querer como a un hermano, con un amigo compañero en la Escuela Nacional de Agricultura y Ganadería ubicada en Texcoco, en el Estado de México, mejor conocida como Chapingo. El nombre de ese amigo era Luis Martínez Villicaña. Este señor obtuvo cuadro de honor durante los seis años de su generación (1956-1962) y la adoración que mi padre le profesaba rayaba en la homosexualidad. Yo lo escuché decirle “porque te quiero”. Pinche viejo puto.

Pues bien, ese señor, Luis Martínez Villicaña, tuvo a mi padre como “socio” en un negocio (con dinero que Martínez Villicaña le había robado al erario, como buen político ratero) que intentaron a principios de la década de los ochentas, cuando en realidad era su subalterno, su gato, y en sus discusiones, en que mi padre trataba de revelarse (Martínez Villicaña era en aquel entonces Secretario de la Reforma Agraria) ese corrupto ratero le decía: “Rafael, dime que sí”, humillándolo, denigrándolo, pisoteándolo. Nada más faltó que el pendejo que tuve por padre le besara los huevos. Unos días más tarde, mi papá, en la sala de mi casa, trató de violentarme diciéndome las mismas palabras, diciéndome: “Rafael” —mi segundo nombre, me llamo Oscar Rafael— “dime que sí”. No, pinche viejo abusivo y maricón, tú no eres Luis Martínez Villicaña y yo no soy Rafael Madrid Escobedo, el alcohólico abusivo homofóbico con una homosexualidad latente. Chinga tu madre, aunque sea mi abuela.

¿Por qué no le dijo Mónica, mi hermana a su esposo Jeffery Alan Jung que nuestro padre era todo eso? ¿Por qué no le dijo que era un depravado que padecía el complejo de Edipo y que incluso había tratado de violar a una de sus hijas? Mis hermanas Mónica y Yolanda han elegido odiarme a mí en lugar de a nuestro padre, que era un defecador.

Mis hermanas Mónica y Yolanda también son unas defecadoras.

domingo, 29 de enero de 2017

Consulta en psiquiatría, 2ª parte


El viernes anterior, 20 de enero, había ido a la misma institución, a laboratorio, para que me tomaran muestras de sangre para biometría hemática, química sanguínea y perfil tiroideo (descartar hipertiroidismo, aunque con mi sobrepeso sería de esperar más bien que tuviera hipotiroidismo), y el miércoles, Edith, la joven residente que me atiende, al ver los resultados de los análisis, me dijo que todo había salido excelentemente bien, algo poco común en un hombre de mi edad.

Para mí esto es mucho más importante de lo que parece. Desde que llegué a la adolescencia, hace ya casi cuarenta años, comencé a disciplinarme en lo referente a la actividad física y a mi alimentación (siempre con la oposición sistemática del pendejo hijo de puta que tuve por padre, que en este momento se pudre en el infierno). Antes de la pubertad me dio por saltar la cuerda y unos años más tarde comencé a correr en la calle. Muy rápidamente esto se convirtió en algo muy serio y de la mano vino la disciplina en mi alimentación. Hasta la fecha, como avena todas las mañanas, no como azúcar, evito todo tipo de grasas saturadas, no abuso del alcohol, como ensalada todos los días y pocas carnes rojas. Si bien es cierto que tengo sobrepeso, esto no es evidente y en cambio puedo hacer esfuerzos que muchos hombres mucho más jóvenes que yo no son capaces de realizar. En mi país, el sobrepeso y la obesidad son endémicos de la mano con la hipertensión arterial y enfermedad cardiaca y muchos otros padecimientos.

Durante unos ocho años, fui un atleta serio, traté de convertirme en un corredor de medio fondo pero no tuve mucho éxito porque la naturaleza no me dio buenas dotes para eso. Debido a lesiones por correr en superficies duras (propias de la carrera a pie), comencé a ejercitarme en una bicicleta de diez velocidades y con el paso del tiempo me convertí en un ciclista, que es mi deporte hasta la fecha. La actividad física se convirtió en un mecanismo de evasión, pero me mantuvo lejos del alcohol y de las drogas y es posiblemente lo más afortunado que me ha pasado en mi vida.

De paso quisiera decir que he observado a compañeros de trabajo que se van a laborar sin desayunar y en el transcurso de la mañana salen a almorzar tacos de barbacoa o algún tipo de carne, siendo muchos de ellos profesionistas. ¿No saben el daño que se están haciendo? ¿Por qué una persona como yo, padeciendo un trastorno psiquiátrico grave ha tenido tanto éxito en el cuidado de su salud y ellos cayendo dentro de la normalidad se dedican a hacerse daño?

Al salir del consultorio, Edith me felicitó de una manera muy efusiva. He hecho poco con mi vida, pero no soy un fracasado ni lo parezco. Las cosas rara vez son lo que parecen.

Consulta en psiquiatría, miércoles 25 de enero


El pasado 25 de enero tuve cita en psiquiatría en la institución pública donde me atienden y como sucede siempre, el ingreso al hospital, hacer cola para pagar y esperar mi turno fue un verdadero fastidio por mis características de misantropía, porque detesto tener gente a mi alrededor, gente jodida, desarrapada, tonta, ignorante, con un muy mal aspecto, etc., etc.

Al llegar al piso más alto del edificio donde se encuentra psiquiatría, después de entregar mi tarjetón en la ventanilla correspondiente me dirigí al baño porque necesitaba orinar y me encontré que había agua para lavarme las manos, pero no había jabón ni toallas de papel, algo característico de un país tercermundista. Después de unos minutos sentado en una silla de aluminio, rodeado de gentuza, salió una enfermera bonita, pulcra, de aspecto muy agradable y dijo mi nombre en voz alta. Yo levanté la mano y me puse mis lentes. Salí a su encuentro y la seguí. Ya adentro, ella me explicó que me iba a tomar la presión, a medir mi estatura y a pesarme. Me quité el suéter y esta bonita joven, de nombre Diana Mariscal me tomó la presión y después me pesó y me midió. Mientras lo hacía me comentó que ya me había buscado antes y le informé que había ido al baño. Me preguntó entonces qué libro estaba leyendo y le respondí que una novela de un escritor argentino. “La noche de la usina” de Eduardo Sacheri. Fue de lo más agradable tratar con una persona tan bonita en medio de gente tan jodida y tan dada a la chingada.

Sé que todo esto suena terrible, el desprecio con el que me expreso del prójimo, de mis conciudadanos, pero la verdad encuentro peor mentir y convertirme en un hipócrita y decir que estoy muy orgulloso de ser mexicano y una sarta de mentiras. Me parece que la realidad terrible de mi país tiene mucho que ver con una sobrepoblación que no tiene ninguna justificación. Hasta donde yo sé, somos alrededor de 120 millones de mexicanos y eso es una cifra monstruosa. ¿Cómo se puede explicar que hayamos llegado a ser tanta gente? ¿Qué pasa por en la cabeza de tantísimas personas, que carecen de los medios para si quiera procurarse una vida digna a sí mismas como individuos y se ponen a traer hijos al mundo? Sé muy bien que es una realidad tremendamente compleja y en eso tiene mucho que ver la religión, el segmento del cristianismo compuesto por la iglesia católica, posiblemente la institución más nefasta que ha existido en toda la historia.

Hoy hablé por teléfono con Ariadna, una psicóloga joven, muy inteligente, bien preparada y muy competente y le comentaba que salgo de casa muy temprano para ir a trabajar y por lo regular checo la entrada unos veinte minutos antes de la hora. Lo hago así para tomar el camión como a las seis de la mañana porque si lo hago unos minutos más tarde ya va mucha gente a bordo y eso me pone de malas. La presencia de otras personas a mi alrededor me enferma, más todavía su comportamiento. Quisiera que en mi país tuviéramos una población de unos cuarenta millones de habitantes, compuesta por gente alfabetizada que comprendiera la importancia de la buena salud, que no consumiera comida rápida ni chatarra, que no tomara refresco ni abusara del alcohol, que le interesara la política y estuviera dispuesta a esforzarse y no confundiera el deporte con sentarse como idiota en un sillón a ver el futbol engordando y poniéndose como cerdo, que comprendiera lo que es la concentración de la riqueza en pocas manos y qué se puede hacer para evitar que existan los monopolios, en fin, todo eso.

¿Por qué el individuo se convierte en ateo? Porque Dios no existe.

lunes, 23 de enero de 2017

Cumpleaños de mi madre y las diferentes actitudes de sus tres hijos


Hace 75 años nació Yolanda, mi madre, en la ciudad de Pachuca, capital del estado de Hidalgo. Ahora septuagenaria, mi Osito tiene tres hijos vivos, de los cuales sus dos hijas mujeres tienen hijos, y un total de siete nietos: dos hijos de Mónica, dos hijas de Yolanda y tres hijos (un varón y dos niñas) de Verónica, que en paz descanse.

La vida de mi madre no ha sido fácil, pues sus padres fueron personas con muy poca humanidad, pobres en todos aspectos, incapaces de amar a sus hijos y darles una oportunidad en la vida. Debido a las carencias afectivas con las que creció, se casó y tuvo hijos con un mal individuo, que le arruinó la vida y estuvo muy cerca de matarla. Afortunadamente esa historia (la de mi horrendo padre) ya terminó hace nueve años, en diciembre de 2007.

Al día de hoy, Mónica y yo tenemos 52 años de edad, aproximándonos a los 53, que cumpliremos en tres meses, y Yolanda tiene 48 años. Mi actitud hacia mi madre, a la que llamo con mucho cariño “mi Osito Dormilón” es de gratitud y amor, si bien la convivencia con ella es difícil sobre todo por mi trastorno de personalidad, que me provoca que pierda la paciencia y me enoje con ella con mucha frecuencia, pero le demuestro el cariño que le tengo dándole lo que puedo de acuerdo con mis ingresos (que si bien no son cuantiosos, sí me mantienen económicamente estable) y obsequiándole libros (novelas principalmente) y revistas de historia durante todo el año y diferentes artículos que satisfagan algún tipo de necesidad o deseo.

Mi hermana Yolanda está metida en una muy mala relación con un sujeto del que creo no es necesario comentar nada más, pues le he dedicado bastantes entradas en este blog, y eso la mantiene en una situación difícil en lo económico; no obstante, en fecha reciente le envió dinero a nuestra madre como obsequio de cumpleaños. Yolanda se ha mantenido bastante alejada de nuestra madre desde hace meses (desde finales de septiembre) por el conflicto motivado por el veneno vertido por su esposo y las intrigas que este ha fabricado, que es para lo único que sirve y para lo cual cuenta con un talento innegable.

La situación con mi hermana Mónica es diferente. Ella parece vivir presa de un resentimiento y un odio que no tienen una explicación racional, pues si bien tuvo una infancia, una adolescencia y una temprana juventud difícil por pertenecer a una familia muy disfuncional, la adversidad que tuvo que enfrentar fue mínima, comparada con la que me tocó a mí y la que mandó prematuramente a la tumba a nuestra hermana Verónica.

Mónica sigue estando bajo el control mental de su esposo gringo, un individuo muy religioso que encuentra una enorme satisfacción en manejar a su esposa, la madre de sus hijos, como una marioneta carente de cerebro.

Le pregunté a mi madre vía whats app si le habían llamado Yolanda y Mónica y me respondió que la primera sí, y la segunda no. Imagino que Mónica podría llamar durante el transcurso del día, pero la verdad dudo que lo haga.

Y su comportamiento, su amargura, su rencor y su odio me llevan a pensar que Mónica está mucho más enferma que yo, lo que no sé es si esto tiene una base sólida (porque se basa más en sentimientos que en información) y me pregunto si en algún momento la salud mental de mi hermana gemela podría colapsarse como me sucedió a mí en 1995, a los 31 años de edad, una época que recuerdo como la más terrible de mi vida.

Lo que sí sé es que a Mónica alguna vez la quise y ese sentimiento ha desaparecido para siempre.

viernes, 20 de enero de 2017

De violencia, salud mental y tener descendencia


Y con lo expresado en la entrada anterior, no quiero decir que los pobres no tengan derecho a tener hijos, o que quienes no son pobres tengan un derecho mayor a tenerlos.

El padre que tuve nació en una familia de seis hijos (él fue el cuarto de seis hijos varones) en la que los recursos no eran abundantes, y pese a haber quedado huérfano a los 13 o 14 años estudió ingeniería en una universidad pública y logró bastante profesionalmente. De la mano vino un éxito económico, que si bien no fue espectacular, es digno de tomar en cuenta.

Mi padre fue un hombre terrible que trajo cuatro hijos al mundo (un varón y tres hembras) y a los cuatro les arruinó la vida. Mi madre fue una buena mujer que también provenía de una familia humilde, siendo hija de un obrero, y lo que tenía en común con mi padre es que sus progenitores eran gente que carecía de una buena salud mental y eran personas destructivas.

Mi madre cometió errores en la crianza de sus hijos y cerró los ojos ante el hecho de que estaba casada con un mal individuo, pero con el paso del tiempo, ha aflorado en ella la esencia de lo que es: un buen ser humano. En contraste, mi padre dio rienda suelta al odio que albergaba contra todo lo que se movía, contra todo lo vivo y lastimó a sus hijos (lo considero responsable de la muerte de Verónica, mi hermana menor, hace 10 años), lastimó aún más a su concubina y a los tres hijos que tuvo con ella (cuando murió casi los dejó en la vil calle) y acabó destruyéndose a sí mismo.

No quiero generalizar y decir que así son todas las personas, o la mayoría, pero sí creo que muchísimas personas (independientemente de su nivel económico) no tienen la salud mental para procrear y harían bien en abstenerse de tener descendencia, o por lo menos en retrasar el inicio de la paternidad.

En mi juventud cobré conciencia de que tenía pocas probabilidades de convertirme en un hombre productivo y ganar el dinero suficiente para enfrentar las responsabilidades de un padre de familia, y al mismo tiempo, me di cuenta de que había llevado una vida plagada de violencia y el daño que ello me ocasionó había hecho de mí un candidato perfecto para no tener hijos jamás, pues de hacerlo los violentaría terriblemente y habría sido muy difícil evitarlo.

Estas condiciones adversas son de lo más comunes, y cabe la pregunta ¿por qué tantas personas no se detienen a pensar en todo esto y en su lugar forman vínculos con la intención de procrear y tener hijos, haciendo su contribución a un problema gigantesco que por su magnitud parece no tener solución?

De misantropía, detestar al prójimo y sobrepoblación


En septiembre de 2016, fui a consulta psiquiátrica en la institución pública donde recibo la atención, y la joven que me atiende me dio cita para el 25 de enero de 2017. También me mandó a laboratorio para análisis clínicos y se me asignó cita para hoy, 20 de enero. Por esa razón llegué a mi trabajo tres horas más tarde de lo habitual.

El día comenzó bien, pues dormí una hora más que de costumbre, salí de la cama después de las 5:30 a.m. A diferencia de como hago todos los días, no bajé a la sala a tomar café con pan para después comer avena porque necesitaba acudir en ayunas a la cita para exámenes de laboratorio. Salí de casa a las 6:40 horas pero el camión tardó mucho en pasar y llegué al hospital como a las 7:20. La cola avanzó con bastante rapidez y antes de las 9:00 horas ya me habían tomado las muestras de sangre y me hallaba listo para dirigirme a mi trabajo.

Ese hospital es una buena institución, los servicios de salud son de muy buena calidad y la atención es eficiente, y sin embargo, acudir en muchas ocasiones me resulta un verdadero fastidio. Me sucede lo mismo en todas partes donde hay una alta concentración de gente, me sale mi faceta de misántropo, detesto a la mayoría de las personas y el hecho de que tengan mal aspecto —por una combinación de pobreza, mala salud, ignorancia, genética, raza, etc.— no disminuye el desprecio que siento por ellas y la furia que me despiertan.

Sé que todo esto suena terrible, pero no le veo ningún caso a mentir al respecto. De hecho creo que muchas personas son como yo, pero no lo admiten, ni siquiera ante sí mismas. Algo que me ha molestado desde hace muchos años, desde mi temprana juventud es la explosión demográfica, el hecho de que la población crezca tanto y de una manera tan acelerada, y entre más jodida y dada a la chingada está la gente, mayor es su interés y su determinación por tener hijos, por “criar una familia”.

Entre las vivencias más importantes de mi vida difícil está haber trabajado como operador (eufemismo de la palabra obrero) en dos empresas de la maquiladora electrónica, y una de la maquiladora metal-mecánica en la primera década del siglo XXI, en mis tempranos años 40s. Parece innecesario decir por qué fue una experiencia difícil, pero resulta inevitable. Yo tenía estudios de ingeniería (si bien inconclusa), dominaba el idioma inglés (lo leía, lo escribía y lo traducía) y contaba con una formación académica muy sólida y por estas razones, el trabajo de operador resultaba denigrante. Agreguémosle un salario miserable, condiciones de trabajo muy precarias, estar rodeado de gente de un nivel intelectual, económico y moral extremadamente bajo (si bien había excepciones) y mi trastorno límite de la personalidad y el resultado era una pesadilla de la que no fue posible despertar, que con mucha frecuencia se conviertió en un verdadero infierno.

Pues bien, en la maquiladora electrónica la mayoría de mis compañeros de trabajo (también operadores) eran gente joven. La escolaridad era secundaria (aunque el nivel real de muchos de ellos no llegaba a primaria, pues eran analfabetas funcionales incapaces de entender lo que leían, escribían con mucha dificultad y carecían de conocimientos básicos de aritmética) y a muchos de ellos les pregunté por qué quedarse con esa escolaridad; no había respuesta. La pregunta parecía tan innecesaria y tan absurda que no se molestaban en contestar. Los que sí lo hacían repetían la cantaleta “no me gustó estudiar”.

No he tenido la posibilidad de viajar y no conozco el extranjero, de hecho casi no conozco mi propio país. Sin embargo, me he enterado de que México fue el único país de Latinoamérica donde hubo mestizaje. El resto de América Latina está poblado por sectores de gente de raza blanca que coexisten con indios y minorías raciales y hasta donde yo sé, los países de esta región del continente donde la sobrepoblación es verdaderamente grave son dos: México y Brasil.

En mi país existen los poderes fácticos, uno de los cuales es Televisa, la inmunda empresa que ha contribuido a empobrecer a México económica, moral e intelectualmente con la basura que transmite y aliándose al poder (la mayor parte del tiempo el Partido Revolucionario Institucional [PRI]), y ha alcanzado un poder económico y político gigantesco por la cantidad de gente que sintoniza sus transmisiones, que en su mayor parte son auténtica basura.

Me parece que la única explicación razonable para este fenómeno es la pobreza, sobre todo intelectual y moral de una gran parte de nuestra población, y sin embargo, esto no me ayuda a comprender cómo es que tantos individuos carecen de la mínima inteligencia como para hacer un raciocinio simple, preguntarse ¿de qué medios dispongo para vivir? ¿Soy autosuficiente? Si la respuesta es afirmativa, ¿cuál es mi calidad de vida en relación con los medios económicos de que dispongo? Si estos existen, ¿cuántos hijos puedo procrear? El sufrimiento de millones de personas en mi país es muy severo, y el de otros millones es extremo. ¿Por qué no conciben la idea de no traer hijos al mundo para evitarles un sufrimiento enorme que no tendrán ninguna posibilidad de superar?